Cristina y el Frente Nacional

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Las próximas elecciones de octubre nos obligan a preguntarnos sobre el objetivo de esta contienda electoral y la necesidad de conformar un gran Frente de Liberación Nacional. El dilema kirchnerismo-antikirchnerismo no es un falso dilema, pero no es un dilema entre partidos, es un conflicto entre fuerzas sociales: sectores dominantes y dominados.

Las condiciones políticas, económicas y sociales que imperan en el país y el curso que han tomado las discusiones sobre algunas candidaturas, ponen en evidencia hasta qué punto está desvirtuado el carácter de las elecciones.

Nadie en su sano juicio restaría importancia a los comicios en general y a los del próximo octubre en particular; sin embargo, si se pierde de vista que deben analizarse en el marco de una estrategia que contemple los principales objetivos a alcanzar, tienden a perder su naturaleza instrumental y -por lo tanto táctica- para convertirse en un fin en sí mismo, empujando al movimiento popular a un callejón electoralista cuya única salida conduciría a un nuevo triunfo de los sectores dominantes.

Conviene entonces recordar cuáles son esos objetivos principales, que es lo mismo que señalar la contradicción fundamental que envuelve a los argentinos y latinoamericanos desde el fondo de la historia, pocas veces tan clara a la vista incluso de los que no quieren ver: la lucha en los planos político, económico y cultural entre la entidad nación-sectores populares contra la unidad oligárquico-imperialista. Oligarquía que hoy tiene distintos rostros e imperialismo que no es una simple modalidad de la política de los países industriales avanzados, sino una necesidad existencial del capitalismo realmente existente. Es esto lo que define el enfrentamiento y lo que la alianza gobernante intenta ocultar con los más sofisticados recursos de manipulación, trampa en la que caen o se dejan caer algunos sectores cuyo ADN indica que deberían considerarse parte del movimiento nacional, popular y democrático. La maniobra no es nueva, lo nuevo está en los instrumentos.

Los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner realizaron un antiimperialismo práctico, plasmado en medidas concretas que conformaron un sistema defensivo. Sus antecedentes más cercanos se encontrarán en los aportes teóricos de Manuel Ugarte, en las políticas antiimperialistas aunque inorgánicas de Hipólito Yrigoyen -boicoteadas por su propio partido-, en el hasta ahora inigualado proceso transformador del primer peronismo, y en ciertas iniciativas de Raúl Alfonsín. La característica sobresaliente del proceso iniciado en 2003 no fue la coherencia global del proyecto ni su sustento teórico, sino la firmeza en la conducción política.

Los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner realizaron un antiimperialismo práctico, plasmado en medidas concretas que conformaron un sistema defensivo.

Ahora bien, si alguien pensó que las importantes transformaciones logradas en esos doce años eran irreversibles, los hechos que vivimos a diario son cachetones de una realidad que induce algunas reflexiones.

1) Aquella histórica disputa sigue irresuelta y por lo tanto la lucha debe continuar, pero en un contexto de evidente asimetría de poder real en favor del Régimen, cuya actual expresión política es el macrismo. Así, el objetivo central no es otro que la liberación nacional; es decir, abatir la dependencia respecto del imperialismo.

2) Es indispensable revisar la experiencia reciente aunque algunos vivos o desprevenidos insistan en que “no queremos discutir el pasado, queremos hablar del futuro”; hay que discutirlo, no para dormir en las glorias pasadas, sino para encarar la próxima etapa con más y mejores recursos.

3) El kirchnerismo -y con él Cristina- no van a desaparecer por sustitución, sino mediante superación dialéctica; es decir, no porque algunos pretendan negarlo -y/o proscribirla-, sino cuando se integre en una nueva síntesis, que es lo que pasó entre el peronismo y el kirchnerismo. Por el momento la transformación nacional es impensable sin el kirchnerismo, que es la forma política que han tomado las fuerzas sociales de tal transformación.

Por el momento la transformación nacional es impensable sin el kirchnerismo, que es la forma política que han tomado las fuerzas sociales de tal transformación.

4) En los avances alcanzados desde 2003, mucho tuvo que ver eso que podría llamarse espontaneísmo; pero las condiciones actuales exigen pasar a un estado de cosas en el que predomine la política que oriente nuestras acciones dentro de una estrategia global, a partir de concepciones teóricas que superen el burocratismo y la improvisación. Con burocratismo me estoy refiriendo a aquellos que reducen la política al mero electoralismo, que ante la agresión de la oligarquía no han abierto la boca y que buscan arreglos electorales tolerados y hasta alentados por el Régimen.

5) El kirchnerismo puso en marcha el proceso que permitía la expansión de las fuerzas nuevas comprimidas por los moldes de las viejas estructuras, que se perpetuaban cuando ya habían desaparecido las condiciones que les dieron origen. El kirchnerismo no es ni pretendió ser esa maravilla abstracta que siempre reclamaron las izquierdas vernáculas, tampoco es un partido de la burguesía ni una alienación de los sectores populares como pretende la izquierda pueril. Es el más alto nivel de conciencia al que han llegado vastos sectores del campo popular desde la caída de la última dictadura; aunque aún no ha elaborado una teoría adecuada a su situación real en las condiciones político-sociales contemporáneas, y hay que buscar en esta carencia una de las causas que explica la interrupción del proceso iniciado en 2003.

El kirchnerismo no es ni pretendió ser esa maravilla abstracta que siempre reclamaron las izquierdas vernáculas, tampoco es un partido de la burguesía ni una alienación de los sectores populares como pretende la izquierda pueril.

6) El dilema kirchnerismo-antikirchnerismo no es un falso dilema, pero no es un dilema entre partidos, es un conflicto entre fuerzas sociales; justamente las que disputan la hegemonía en el marco de la referida contradicción fundamental. Ya es hora de entender que a los sectores dominantes no les interesa -nunca les interesó- la política de partidos; lo que les interesa es la política económica del Estado, que en estos momentos definen y ejecutan con sus propios empleados. Por eso, sin desconocer matices, hay que desconfiar de los “dialoguistas” y de los cultores del consenso cual si fuera un fin en sí mismo; en tal caso, la historia se convierte en una lucha entre buenos y malos. Es la concepción según la cual el gorilismo deja de ser una expresión violenta de la conjunción oligárquico-imperialista para convertirse apenas en una acumulación de odios individuales, así -en el límite- los que afirmamos que no hay conciliación entre el kirchnerismo y el Régimen pasamos a ser una especie de gorila al revés; es decir, se trata de otra forma de la teoría de los dos demonios: verdugos y víctimas, ejecutores del odio clasista más irracional y quienes propugnamos el fin de la explotación, quedamos equiparados en el enfoque de esa tontera “centrista”.

7) Para la conformación de un Frente de Liberación Nacional no alcanza, pues, con un acuerdo entre partidos que, por otra parte, históricamente no han estado a la altura de las circunstancias; tanto es así, que resulta difícil encontrar una excepción a su comportamiento funcional a la entente dominante: no han buscado terminar con la opresión sino cambiar la mentalidad de los oprimidos, lo que explica que hayan emigrado cuadros y militantes comprometidos con los segmentos subalternos. Además, si la cuestión es combatir al Régimen, no podemos contar con los que se “oponen” al gobierno pero forman parte del Régimen: el enfrentamiento es contra el sistema, no contra una de sus variantes. Asimismo, reducir el Frente a la clase trabajadora sería asegurar su derrota, otro infantilismo “revolucionario”; obreros rurales, estudiantes, sectores industriales no dependientes del imperialismo son -por definición- parte del Frente.

Si la cuestión es combatir al Régimen, no podemos contar con los que se “oponen” al gobierno pero forman parte del Régimen: el enfrentamiento es contra el sistema, no contra una de sus variantes.

8) Lo que en 2011 fue una concentración de poderío electoral mediante la amalgama de fuerzas diversas, se transformó en causa de nuestra debilidad cuando esas fuerzas se desarticularon. En lugar de aquella unidad fue apareciendo una dispersión que se disimulaba por el liderazgo de Cristina, aceptado sin reservas por los sectores más vulnerables y con apatía creciente por una parte no desdeñable de “dirigentes”, hasta convertirse en simulación a la espera de la oportunidad para defeccionar. Durante un tiempo la capacidad y firmeza de Cristina evitaron las colisiones, algunas aparecieron antes de las elecciones de diciembre de 2015, otras después de la derrota. Lo cierto es que el frente quedó desarticulado.

9) El amplio apoyo popular al liderazgo de Cristina reconoce la misma causa que el fuerte rechazo que despierta en los sectores dominantes: su probada lealtad a los intereses de los más débiles; causa que por sí sola explica la potencia y unicidad de ese liderazgo. No hay que ser un avezado analista para advertir que esos apoyos y rechazos fueron creciendo al calor de la inquebrantable resistencia de la ex Presidente al acoso y la persecución, que ha tenido uno de sus capítulos salientes en la respuesta a la política de denuncias: la denuncia de las políticas del Régimen.

10) La acción transformadora no rechaza a nadie, llama a todos. No es mezquina como la de los burócratas; no es sectaria ni insensata como la de los seudorrevolucionarios. No teme a la capacidad de los grupos intelectuales sino que los convoca, porque necesita de todos los esfuerzos. La liberación será tarea colectiva de aquellos a quienes se ha querido reducir al precio de un choripán, que encontrarán -más tarde o más temprano- la oportunidad y las formas de conducir a la victoria la indomable vocación argentina por la realización nacional.

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