Cuando gime un bandoneón

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La tragedia nacional fue y sigue siendo la misma, pero los descendientes de aquellos inmigrantes pobres, consolidados en la mentalidad de clase media, hoy votan a los descendientes de los patrones que explotaron a sus antecesores. ¿Un trabalenguas le parece? Todo es herencia de aquella masa informe de inmigrantes pobres de principios del siglo pasado. Hasta el bandoneón que nombra el título de esta nota.

…Si tenés sentimiento lo tenés adormecido pues todo lo has conseguido pagando como un chabón. Tango “Muchacho” de Celedonio Flores

La Argentina es un país habitado por el diez por ciento de la población que potencialmente podría alimentar. Donde casi el ochenta por ciento de su gente se define como miembro de la Clase Media. Cuando votan, eligen candidatos referenciados con el diez por ciento más adinerado, asumiendo como propia la ideología de quienes en el Poder atentan contra sus propios votantes.

Esta controversia es más que una paradoja, es una tragedia alimentada en una convicción, hija de un deseo inmaduro y caprichoso, basado en apoyar a la “gente bien” contra el impulso avasallante de los sectores bajos que se creen con derecho a subsistir del esfuerzo de quienes viven del trabajo y sostienen la Patria.

La Clase Media argentina vota a los vagos ricos, a los nenes de mamá que jamás han trabajado, para que los pobres, o no puedan trabajar o se resignen a no conseguir un trabajo digno. Esta ecuación, que limita la conciencia del electorado e impide que los sectores medios se identifiquen consigo mismos, enluta el presente y el futuro de un país siempre adolescente, que permanece lejos de identificarse con el concepto de Nación.

Parece otra vez un Fin de Ciclo

Hace mucho que lo veo venir. Somos varios quienes lo intuimos. Claro, hay algunos, demasiados para mi insatisfacción, que viven toda esta situación política y social, como si estuvieran al margen de los acontecimientos. Como si se tratara de la historia de cualquier otro país. O como si las peripecias de su propio país les fueran ajenas. Por ello quiero contarle esta vez la historia de la defraudación.

No, no. Quédese tranquilo. No me refiero al accionar del gobierno. A la caída de la industria, a la implosión del mercado interno, a la debacle sanitaria, a la hecatombe de los salarios, a la explosión de los precios, al escándalo de las tarifas.

No, no. Le comento que esta vez el tema es respecto de una defraudación, no de una estafa. Porque a mí, como a tantos otros que piensan como yo, que razonan literalmente, nos ha defraudado el escaso nivel de conciencia política que posee la Clase Media argentina. Usted estará pensando: ¿Pero que creía este hombre?

Tiene razón. La Clase Media representa a ese sector social que continúa navegando a dos aguas. Surge de la matriz del sector más humilde del proletariado incipiente nacional, de las primeras fábricas de los primeros años del Siglo pasado.

Herederos de los europeos más pobres que tuvieron que emigrar a América para subsistir, que aquí obtuvieron descendencia. Hombres y mujeres recibidos por el país con escasa dignidad durante el primer tercio del Siglo XX, pero que con esfuerzo, muy lentamente y una minoría, lograron que sus hijos avanzaran dentro de la escala social, hasta acceder a formalizar la novedosa Clase Media escalando desde un sector paupérrimo.

Gracias al esfuerzo de la inmigración, por imperio de su explotación, la Argentina del Centenario fue uno de los cinco o diez países más importantes del mundo de acuerdo con su PBI y contabilizando la distribución de su ingreso. Cuantiosas ganancias ingresaron a la Argentina de la primera década del Siglo XX, pero la riqueza se concentró en muy pocas manos. Los que trabajaban vivían pauperizados y los dueños de la tierra como magnates.

La tragedia nacional fue y sigue siendo la misma, pero los descendientes de aquellos inmigrantes pobres, consolidados en la mentalidad de Clase Media, hoy votan a los descendientes de los patrones que explotaron a sus antecesores. ¿Un trabalenguas le parece?

Debe ser muy complicado de entender, porque de otra manera no se explicaría racionalmente el proceder de una importante porción del electorado.
Todo o casi todo es herencia de aquella masa informe de inmigrantes pobres de principios del siglo pasado. Hasta el bandoneón que nombra el título de esta nota. La cultura que recibimos de nuestros mayores, las costumbres, la valiente filosofía de salir adelante a través del esfuerzo personal.

¿Pero existe algún valor que a través del tiempo hayamos aportado nosotros para enriquecer lo aprendido?. Creo que sí. La estrategia del “sálvese quien pueda” es toda nuestra. ¿Sabe por qué se lo digo? Porque hace cien años, el europeo llegaba a nuestras tierras tentado por las noticias de algún pariente o amigo que ya se había radicado, el que recién llegaba vivía al principio de la hospitalidad del que se había instalado primero, el concepto de solidaridad estaba vivo, acompañaba la subsistencia del otro, del nuevo.

En el primer Censo Nacional del año 1868, época de Sarmiento, se contabilizaron un millón ochocientos mil habitantes. Para el Censo de Sáenz Peña en 1910 había más de cuatro millones, la mitad eran europeos y de ellos, el setenta por ciento italianos.

La cultura del trabajo y la de la solidaridad estaban al orden del día, pero los descendientes de aquellos sufridos pioneros creímos en otra cosa. Aceptamos que quien vive mejor es porque se lo merece, porque se esforzó más que el otro. La solidaridad se convirtió en un concepto vacío. Los descendientes de aquellos abnegados copiamos el modelo de los jefes de los pioneros. El que tiene más es porque tiene más. ¡Qué tanto!. El que tiene menos y quiere más tendrá que esforzarse, sin ayuda, sin contención, sin ambages. ¿Y si no tiene ayuda alguna?. ¡Dios proveerá!

Hablo de la época en la cual la Argentina era un territorio dispensador de producción agrícola y ganadera para el mercado externo y los dueños del capital tierra, los únicos “hacedores”. A través de una política de inclusión y a través del esfuerzo de sus padres, los hijos de los pobres de principio de Siglo XX que bajaron de los barcos, constituyeron la Clase Media y hoy, esos descendientes votan en contra de la política de inclusión.

¿Es paradójico verdad? ¿Se puso a pensar acaso que al eliminar la inclusión se consolida la miseria de los pobres de hoy y que esa pobreza es madre de la marginalidad, de la inseguridad y de la violencia?. ¿A que no lo pensó?

Mientras tanto, los otros descendientes, el grupo de herederos de la riqueza, se perpetúan y extienden su conducta discriminatoria hacia la Clase Media como si su postulado se tratara de una “tribuna de doctrina”.

Entre tanto sigue naciendo gente “bien” que justifica, por ejemplo, que cambiar el celular todos los años es oprobioso para la Clase Media. ¡Porque no sé si lo advirtió pero; hoy vienen por usted! ¡Hoy existen algunos miembros de ese sector social más encumbrado que se candidatean a Presidentes y ganan por los votos de la Clase Media!

¿Y la excusa cuál es?, ¿que el país no es de los pobres?. ¿Y de quién es?. ¿De usted o de los que usted vota en contra de los pobres?. ¿Vota en contra de los pobres o de usted mismo?. ¿A favor de quién?. ¿De ese grupo social que todo lo tiene?. ¡Porque el voto de usted no parece suyo!. ¿O en realidad al votar usted así como vota, está hablando de usted?

Los herederos del sector concentrado no han trabajado jamás. Tienen “todo pago” y todo “justificado”. ¿Pensó quien los justifica?

Este es un país generado a través de la cultura del trabajo, del esfuerzo mancomunado, del afán de realización de la Clase Media después de que sus ancestros fueran explotados en beneficio de los dueños de la riqueza. Si votamos a los mismos siempre seremos lo mismo.

Quienes trabajan merecen un estándar de vida mejor y quienes no trabajan merecen trabajo para incorporarse a un sistema prolífico, a un círculo virtuoso que los incluya dentro del espectro social. Si aislamos a los pobres a su miseria, obtendremos un país dividido en tres compartimentos estancos. El de arriba muy pequeño y muy rico, el de abajo mucho más amplio y paupérrimo, el del centro cuantioso, prolífico, individualista y único pagador impositivo que mantiene a los otros dos. ¿Está seguro que elije este camino?

El “niño bien” hijo de la alta sociedad cree en la cultura del trabajo para que lo realicen quienes trabajan para su propia comodidad, para que él no tenga que hacerlo.

¿Sabía usted que las Naciones Unidas establecen hoy cuatro estándares de países en todo el mundo?: Primero el grupo muy industrializado, segundo el medio industrializado, tercero el poco industrializado y cuarto el no industrializado. ¿Sabe en qué grupo estamos nosotros?. ¡En el primero!. Entre los cincuenta y ocho países de la primera camada, la Argentina figura en la posición cuarenta y siete. Esto se basa en su promedio salarial, en su evolución del PBI, en el desarrollo de su educación y nivel sanitario. Sin embargo en la Argentina, la tercera parte de su población es pobre. ¿Sabe por qué?. Porque no existe un correcto sistema de redistribución de la riqueza y por consiguiente muy pocos ricos conviven con una mayoría de pobres y en el medio, por supuesto estamos nosotros, padeciendo en el esfuerzo de que no decaiga nuestro nivel de vida, sobre todo cuando nos surge el terror a la cercanía de la pobreza. Sin embargo, paralelamente, a nivel ideológico aplaudimos las políticas impuestas por los gobiernos de elite que destrozan a los sectores bajos mientras fustigan al nuestro. Piense por favor en esta contradicción. No soportamos los “Planes” para la pobreza, porque decimos que es dinero para que los vagos no trabajen, pero toleramos que los ricos gobiernen y sigan engrosando sus arcas sin haber trabajado jamás.

Parece que el aroma del Fin de Ciclo viene asomando, se permite otear, se hace intuición. Esperemos que por el bien de todos, por la sana costumbre de vivir y dejar vivir, también se constituya en un aroma que nos deja respirar.

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