Cuarentena e inmunidad

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Aun cuando las estadísticas comparativas expresaran el éxito relativo de los países que impusieron el aislamiento frente a aquellos que no lo hicieron, la crisis sanitaria también dio lugar a polémicas formuladas por las limitaciones a los derechos individuales generadas ante la mayor tutela de la salud asumida por el Estado. En ese sentido, la libertad restringida por una necesidad colectiva y la economía supeditada a la atención de la salud fueron en Argentina focos de tensión.

En marzo de 2020, la Argentina como buena parte de la población mundial recurrió a la estrategia del aislamiento cuarentenario para evitar la propagación de un nuevo virus, el Covid-19, al evidenciarse que, ante la ausencia de una vacuna ese era el recurso más eficaz para evitar contagios masivos. Aun cuando las estadísticas comparativas expresaran el éxito relativo de los países que impusieron el aislamiento frente a aquellos que no lo hicieron, la crisis sanitaria también dio lugar a polémicas formuladas por las limitaciones a los derechos individuales generadas ante la mayor tutela de la salud asumida por el Estado. En ese sentido, la libertad restringida por una necesidad colectiva y la economía supeditada a la atención de la salud fueron en Argentina focos de tensión, los cuales se acrecentaron con la prolongación de la cuarentena hasta motivar planteos que llegaron a relacionarla con una dictadura y con el ghetto de Varsovia. Particulares reapropiaciones de la biopolítica llevadas a cabo por libertarios de derecha añadieron más condimentos a un encierro que, muy a su pesar, obedeció al sentido común y al consejo de expertos antes que a oscuros intereses de un Estado manipulador de voluntades.

En cualquier caso, intelectuales, periodistas y medios masivos de comunicación embanderados con la defensa de la libertad, fustigaron crecientemente la figura del aislamiento por atribuirle una injustificable excepcionalidad, obviando, claro está, las experiencias internacionales frente a una pandemia que puede constituirse en la mayor crisis mundial de la última centuria y, también, los antecedentes que la Argentina conoció como reapropiaciones de modelos cuarentenarios que tienen una larga duración en la cultura occidental.

En este sentido, desde su misma matriz medieval la cuarentena remite a dos modelos que Michel Foucault vio prolongar en el tiempo hasta imbricarse constitutivamente en la organización de las sociedades modernas. Ellos se asocian a los arquetipos patógenos de la lepra y de la peste, para prescribir, por un lado, la expulsión de los enfermos fuera de las murallas de la ciudad y, por otro, la igualitaria distribución de toda la población en domicilios particulares para facilitar el control sanitario.

Precisamente, fue por el clamor de las élites argentinas que en otro momento histórico se aplicó con mucha intensidad el aislamiento más excluyente al cual, quizás por su desconocimiento, se lo confunda con la forma asumida por la cuarentena actual. Vale decir, si hay alguna singularidad internacional en materia de restricción de libertades por aislamientos sociales que señalar, ella se sitúa en la aplicación taxativa del modelo cuarentenario de la lepra hasta avanzado el siglo XX, cuando ya habían dejado de existir experiencias similares en otras latitudes. Por eso cabe repasar acciones que, a diferencia de la ruidosa reacción al aislamiento de 2020, entraron en una sordina que impidió percibir sus implicancias en la cultura política que le dio sustento.

El ejemplarizador exilio del leproso confinado al interior del exterior (o, inversamente, el exterior del interior) donde Foucault identificó el sueño político de una comunidad pura, tuvo su establecimiento insignia en una isla que interpretaba con toda literalidad el espíritu de la ley que dio el marco de estas acciones. Se trató de la Isla del Cerrito, situada dentro de la provincia de Chaco, en la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay, donde una Colonia de aislamiento abrió sus puertas en cumplimiento de la Ley de Profilaxis de la Lepra que en 1926 prescribió las formas de abordaje de esa enfermedad. La norma distinguió explícitamente a los enfermos ricos y pobres, permitiéndole a los primeros seguir su tratamiento en forma domiciliaria y obligando a los segundos al confinamiento. Además, instituyó el primer impedimento matrimonial por razones eugénicas, debido a que se suponía que la procreación de leprosos turbaría la pureza de la raza. Por esa razón la detección de hijos de leprosos nacidos al margen de esa Ley originó para ellos otra complementaria Colonia de aislamiento llamada Mi Esperanza.

El funcionamiento de la Colonia en la Isla del Cerrito se extendió hasta 1969, cuando el modelo de aislamiento que lo inspiró ya había pasado a la historia hacía muchos años en el continente europeo, siendo las crónicas escritas por Rodolfo Walsh tras convivir con los enfermos uno de los últimos y más notables testimonios que se conservan de ella. Por su parte, la Colonia Mi Esperanza siguió en actividad hasta la década de 1990, aun cuando llevara mucho tiempo la certeza científica de que la lepra no era hereditaria como se pensó al establecerse el obligatorio aislamiento de los hijos de leprosos. Una figura central en esa Colonia fue el padre Julio César Grassi, mereciendo como reconocimiento quedar al frente de dicho establecimiento tras la reestructuración que lo colocó bajo la órbita de la Fundación Felices los Niños. Es conocida la larga serie de denuncias de abuso sexual infantil que terminó con la condena firme de Grassi a quince años de prisión. A ello se sumó la malversación de fondos (también confirmada en la Justicia) que motivó la intervención del Estado provincial para sanear esa institución y, cuando esa tarea fue completada, el gobierno de Vidal en el final de su mandato anunció que sería concedida a la Fundación CONIN del Dr. Abel Albino.

El modelo de aislamiento de la lepra nos ofrece así una trayectoria que recorre el pretendido afán de proteger la pureza de la raza, flagrantes violaciones a los derechos de enfermos por su condición de pobres, estigmatizaciones que se prolongaron a los hijos de esos enfermos, una Colonia reconvertida en lugar de encierro para niños vulnerables que serían a su vez víctimas de delitos sexuales y la acumulación de deudas privadas saldadas con fondos públicos para que otra vez las usufructúe una institución privada, en este caso una Fundación que en los últimos años acumuló tantos beneficios como polémicas por el fundamentalismo ideológico profesado.

Aquel iter verdaderamente siniestro podría resumirse en los resultados de una gestión de la enfermedad que tuvo como principal finalidad el ocultamiento (en el más amplio sentido del término) antes que la atención sanitaria.

Y habría allí motivos suficientes para sensibilizarse con las libertades individuales vulneradas en la forma asumida por ese tipo de aislamiento basado en el modelo más arcaico y excluyente del confinamiento de extramuros. Algunos intentos por reavivar ese modelo ante el arribo del Covid-19 tuvieron lugar con la decisión adoptada por el gobernador de Jujuy, Gerardo Morales, de expulsar de su provincia a sospechosos de haber traído de otros países de la región el virus, cargándolos en autobús para recrear la “nave de los locos” del mundo clásico. Afortunadamente, aquel impulso inicial no se replicó (aunque, curiosamente, careciera de reacciones públicas significativas) y lo que tuvimos entonces a nivel nacional fue una cuarentena de características muy diferentes.

Para entender los ataques a la cuarentena decretada por el gobierno nacional hace falta reconocer en sus impulsores la pertenencia real o simbólica a élites que juegan su partido aun, y especialmente, en tiempos de pandemia. Lo hacen desafiando la necesidad de participar de las obligaciones colectivas que devienen de la comunidad a la que pertenecen, algo que, siendo ya un modus operandi en circunstancias “normales”, tiene su inalterable prolongación en la “anormal” situación actual.

Hay un término que desde comienzos de 2020 pasó a convivir con todos nosotros a través de distintas formas discursivas que es el de inmunidad. Ya sea al hablar de la inmunidad del rebaño, o de la inmunidad artificial que proveerá la vacuna, el término se volvió tan usual como el Coronavirus o Covid-19 demandante de esa reacción esperada.

Pero Roberto Esposito nos ha hecho ver en la inmunidad el sentido de otra acepción que, por entrar directamente en tensión con la comunidad, puede ayudarnos a pensar la oposición entre lo colectivo y las libertades individuales hoy reclamadas. Se trata de una dialéctica compleja que con el auxilio de la etimología puede ser comprendida de una mejor manera.

En latín munus indica una relación de intercambio, a modo de sistema de compensación mutua, al cual el prefijo cum- da con una proyección social de donde deriva comunidad.
Por el contrario, immunitas es un vocablo privativo, negativo, que proviene de aquello que niega, o de lo que carece: la función, obligación, deber, que establece el munus a modo de carga. De ahí que se llama inmune a quien no tiene a cargo ninguna obligación y está dispensado de brindar prestaciones a otros.

Hay otros sentidos concurrentes que refuerzan esa idea de inmunidad. No es sólo lo que no se hace por los demás, sino que también, y primordialmente, es la excepción a una regla que siguen quienes tienen cargas que llevar sobre sí. De manera tal que su condición, además de ser privativa, es fundamentalmente comparativa, debido a que, más que en la exención en sí misma, su foco está en la diferencia respecto de la condición ajena. Por eso el verdadero antónimo de immunitas no es el munus, sino la communitas que encierra el cumplimiento de las obligaciones emanadas del munus. Vale decir, el sentido del inmune está en que exista la norma y que todos los demás la cumplan menos él, no en la inexistencia de la norma.

De manera que esa idea de la inmunidad posee un carácter antisocial y anticomunitario, pero a su vez necesita que otros alimenten el circuito social de interacción recíproca del munus. Por desligarse de esas obligaciones que recaen en los demás, el término tuvo otra asociación: inmune fue sinónimo de ingrato, del mismo modo que, en contraposición, quienes cumplían con el munus eran agradecidos y generosos.

Podemos colocar hoy al Estado en el lugar del munus y advertir el comportamiento inmunitario de quienes, aunque clamen por su desaparición, en verdad se oponen a la función social que pueda cumplir ese Estado, no al Estado en sí.

Esa es una verdadera confrontación entre inmunidad y comunidad que la pandemia expuso con claridad. Mientras que ciudadanos varados en el exterior por el incumplimiento de aerolíneas privadas pudieron ser repatriados por existir una aerolínea que en su momento el Estado expropió; una empresa privada que dejó impagas sus obligaciones con varios miles de pequeños productores, trabajadores y el Banco Nación de la Argentina, desde bastante antes de la llegada del Covid-19, al demandar más ayuda y recibir la propuesta de su expropiación se erigió en un emblema de la vulneración de derechos. La inmunidad logró allí, entonces, eliminar toda contradicción entre exigir el rescate del Estado (a través de una aerolínea o de un banco oficial) y romper la cuarentena para organizar protestas acusando a ese Estado de avanzar sobre las libertades individuales.

También a aquella idea de inmunidad entendida como ingratitud, nos remite la reacción de grandes empresarios que, ante la pandemia, lograron que fuera el Estado quien se encargara de buena parte del salario de sus trabajadores (aquellos que no fueron despedidos), mientras no dejaron de vociferar furiosamente contra la pretensión de establecer un impuesto a las grandes fortunas. Esa inmunidad permitió, asimismo, que quienes tomaran con naturalidad que el aislamiento medieval del modelo de la lepra fuera reproducido por una provincia ante la aparición del Covid-19, luego se desgañitaran protestando ante las supuestas libertades perdidas a manos de un gobierno nacional que morigeró el impacto de una pandemia estableciendo una cuarentena domiciliaria.

Después de todo, la inmunidad que poseen las élites argentinas estará allí para permitirles suponer que, sin intromisiones comunitarias, todo seguirá en su debido lugar, con la pandemia como una nueva oportunidad para reclamar por su libertad, que no será sino la de acrecentar beneficios en contraposición a quienes tienen sobre sí las mayores cargas que sobrellevar.

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