Cuestión de costos

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Racionalidad es lo que se requiere. Gestión de costos es lo que se demanda por sobre la casi imposible batalla por los precios. Estos procesos alternativos pueden generar un cambio real en la cultura de la apropiación de ventajas inmorales por parte de los grandes distribuidores y las cadenas de supermercados que solo actúan en nombre de sus fortunas mal habidas, siempre cubiertas con esa pátina resbalosa de la publicidad, por donde logran introducir el veneno que ha venido matando la alimentación sana y de cercanía.

Los gobiernos nacionales y populares tienen como paradigma básico la distribución más equitativa de la riqueza generada por el aparato productivo. En ese camino se atraviesan, siempre, los enemigos fundamentales de esos procesos inclusivos, las corporaciones que detentan el enorme poder que les otorga la concentración en sus pocas manos de la mayoría de los resortes fundamentales de las finanzas, la economía y la producción. Con esa carta juegan sus partidas ventajeras, apostando al fracaso de los planes promotores de justicia social, siempre tan denostada por estos oligarcas y sus adláteres del “mediopelo” empresarial, tan acostumbrado a seguir los dictados de estos oligopolios que han venido asolando la Patria desde hace ya demasiado tiempo, sea a través de gobiernos pusilánimes o directamente de sus gerentes, como fue el caso del período 2015-2019.

No resulta extraño ahora, recién asumido el nuevo gobierno, que comience la acostumbrada trama extorsiva sobre las variables económicas, anteponiendo sus intereses corporativos por sobre las acciones reparadoras de las más graves situaciones degradantes de la vida de millones de expulsados del sistema. “Sufrientes” empresarios lagrimean sus supuestas “pérdidas” ante cualquier intento gubernamental por convertirlos en parte de un aparato productivo virtuoso, antes que darle continuidad a sus especulaciones financieras que llevaron a la bancarrota a la Nación y, paralelamente, a la elevación exponencial de sus ganancias.

Entre las propuestas que intentan mejorar el acceso a los productos básicos por parte de la población de escasos o medianos recursos, figura el de “Precios Cuidados”, un sistema cuya virtud fundamental es la de referenciar los precios de una cantidad de artículos de primera necesidad en medio de la oferta general. Este sistema requiere de la participación honesta de supermercadistas, cuyas principales cadenas no son, precisamente, dadivosas ni generosas ante las dificultades de sus clientes, a quienes se los estafa de continuo con exorbitantes e injustificables aumentos.

Es ahí donde más se hace notar esa famosa “mano invisible del mercado”, la que todo parece poderlo, la que nadie parece ser capaz de doblar hacia el lado de los sufrientes compradores, inermes ante tanto poderío basado, antes que otra cosa, en sus posiciones dominantes. Podrán inventarse decenas de procedimientos para intentar reconducir a estos energúmenos antisociales hacia la comprensión de lo ventajoso del proceso inclusivo, incluso para ellos. Nada de eso será asumido de tal manera, sino que reproducirán sus gastadas consignas sobre “autoritarismos” u otras falacias semejantes, todo con tal de no retroceder un centavo en sus obscenas ganancias.

En pocas ocasiones se ha intentado correr la base del proceso de mejoras de precios hacia donde está el origen de los desfasajes entre los valores de mercado y la realidad productiva. Los costos, esos invitados de piedra en los análisis de la mayoría de los economistas, nunca terminan por conocerse del todo, impidiendo ver la trama fraudulenta que se esconde detrás de cada precio, método infalible para poder señalar culpables que no lo son y seguir acumulando riquezas por parte de los que dominan casi todo el espectro comercial de los alimentos y otros productos de primera necesidad.

Cuando alguna vez se intentó realizar un proceso de acceso al conocimiento de las cadenas de valores más importantes, se lanzaron como aves de rapiña sobre quienes lo ensayaron. No pueden permitir que se descubra la verdad escondida en cada número falsificado de sus góndolas, donde la “magia” de sus calculadoras convierte uno en diez, derramando fortunas en sus arcas a costa del padecimiento popular y la destrucción de los auténticos productores, a quienes solo les llegan migajas de lo que los poderosos deciden en sus oficinas transfiguradoras de la realidad económica.

El sistema productivo argentino está profundamente atravesado por incongruencias entre las dimensiones de nuestro territorio y la distribución poblacional concentrada en las grandes ciudades. Todo el proceso de ventas de los productos alimenticios se basa en una necesidad del manejo logístico de enormes distancias para la distribución de lo producido en las distintas regiones del País. Sin embargo, ese aparente apremio no sería tal, de contarse con una planificación estatal de los procesos productivos, priorizando las producciones locales frente a las ofertas que demandan recorridos que elevan innecesariamente los costos. Y, para aquellas que no puedan sustituirse, promover y desarrollar el transporte ferroviario y multimodal, única manera de disminuir los costos logísticos.

Casi no existe lugar en nuestro territorio que impida el desarrollo productivo de alimentos, con sus particularidades obvias de suelos y latitudes, pero admitiendo que se pueden generar producciones agrícolas y ganaderas capaces de abastecer cada localidad mediante el uso racional de sus espacios periurbanos, generalmente destinados a lo mismo que en la mayoría del territorio: la producción de aquellos cereales u oleaginosas de mayor demanda internacional. Solo con esa racional medida, acompañada con el imprescindible planeamiento y apoyo del Estado Nacional, junto a los estados provinciales y municipales, sería posible atender las necesidades primordiales de las poblaciones, bajando los costos de manera sustancial y multiplicando la capacidad de compra que, a su vez, mejoraría las ventas de los comercios locales, aquellos que más mano de obra demandan.

Racionalidad es lo que se requiere. Gestión de costos es lo que se demanda por sobre la casi imposible batalla por los precios. Estos procesos alternativos pueden generar un cambio real en la cultura de la apropiación de ventajas inmorales por parte de los grandes distribuidores y las cadenas de supermercados que solo actúan en nombre de sus fortunas mal habidas, siempre cubiertas con esa pátina resbalosa de la publicidad, por donde logran introducir el veneno que ha venido matando la alimentación sana y de cercanía.

Menuda tarea para el nuevo Gobierno Popular. Pero imprescindible si se quiere modificar esta estructura productiva y comercial anquilosada, que solo permite el hiper-desarrollo de los pocos ganadores de todo este desfasaje económico que mata de hambre, literalmente en muchos casos. E imposible lograr los objetivos virtuosos de semejante cambio socio-económico, sin la participación protagónica de los ciudadanos, convertidos en auténticos vigías de los procesos que lo estimulen. Ese es el simple “secreto” que podría generar el control “natural” de tan inmensa modificación de la realidad, esa que ilusiona y esperanza a millones de padecientes de un tiempo que, forzosamente, debe dejarse atrás. Y para siempre.

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