De la ciénaga al jardín

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Aunque parezca mentira –y sin demasiado esfuerzo- empiezan a notarse los contrastes a dos meses de la asunción del gobierno de Les Fernández. Tampoco sin fanatismo. No lo nota quien no quiere pero el aire empieza a ser más respirable, a pesar de las marcas térmicas agobiantes de la semana pasada en algunos puntos del país. Claro que no es un jolgorio y la reconstrucción no es un sendero de rosas pero, en comparación con la Revolución de la Alegría, hay un horizonte menos infeliz. Al menos con la convicción de que cada día estaremos un poco mejor y no lo contrario, como ocurría con el Farsante y su Gran Equipo.

Los casos empiezan a inflar el ánimo, como los veraneantes en centros turísticos locales, la reapertura de algunas fábricas y el lento incremento del consumo. De a poco, nos animamos a asomar la cabeza, seguros de que la tormenta amarilla se alejó por un tiempo. Los Precios Cuidados vuelven a cuidar un poco nuestros bolsillos y eso despierta algo de entusiasmo en los consumidores. La Tarjeta Alimentaria alienta la compra de productos saludables. Algo hay en el ambiente que permite distendernos. Lejos del tipo que nos retaba por andar en patas, que cercenaba derechos, que recortaba lo indispensable, que nos amenazaba a cada rato, que nos embaucaba en sus discursos; lejos de ese tipo, las cosas empiezan a andar mejor.

Mientras el Ingeniero que nos endeudó a cien años afirma que no tuvo la culpa de nada, el Primer Mundo se conduele con nuestros pesares y promete estar de nuestro lado. Hasta la nueva titular del FMI simula entender nuestras razones y echó a su segundo, David Lipton, emisario de Donald Trump y responsable del desmesurado crédito concedido a Macri. Quizá empiezan a comprender la metida de pata de ese préstamo histórico destinado sólo a la fuga de capitales, en contra de lo dictaminado por su estatuto. Todos han contribuido a la dramática situación de las finanzas nacionales después de que el Buen Mauricio abriera las puertas para la invasión de los depredadores. Ahora todos se hacen los sorprendidos y se calzan una máscara de comprensión, pero nadie protestó cuando Christine Lagarde –de la que debíamos enamorarnos- concedió al gobierno amarillo una cifra abultadísima que convirtió a la Argentina en el principal deudor del Fondo.

Desde Cuba, la otra Cristina –de la que muchos sí están enamorados- realizó la primera presentación en el exterior de su libro Sinceramente y allí lanzó una idea que podría convertirse en mandato constitucional: “así como hubo un ‘Nunca Más’ a los golpes de Estado que permitieron asegurar la continuidad democrática, debería haber una investigación similar sobre la deuda”. Primero, para evitar que irresponsables y ladinos nos hagan retroceder unos cuantos casilleros cada tantos años; y segundo para desalentar que los necios minimicen las consecuencias, como Patricia Bullrich que, lejos de cualquier experticia, consideró que “todo lo que se dice sobre la deuda consiste en una exageración del gobierno de Alberto Fernández para tener más tiempo». Predecible y lamentable.

Hacia una nueva Justicia

Los medios hegemónicos están desconcertados porque no saben cómo alentar el desaliento: el fracaso del candidato del establishment ha sido tan rotundo que hasta los cautivos se están dando cuenta. Por eso tratan de poblar las pantallas con videos de robos o peleas callejeras para construir un clima decadente. Ahora encontraron una brecha que intentan ensanchar con interpretaciones forzadas y titulares amañados: si hay o no presos políticos en Argentina. Y si la están aprovechando es porque ahí está la trampa.

Tanto el Presidente como su Jefe de Gabinete sostienen que hay ‘detenciones arbitrarias’ y no ‘presos políticos’. Sin embargo, muchos de los que se identifican con el Frente de Todos aseguran que Milagro Sala, Amado Boudou, Julio de Vido y muchos otros están detenidos injustamente como consecuencia de una persecución política pergeñada por Macri y sus secuaces. Lo mismo pero dicho desde responsabilidades institucionales diferentes. Si Alberto los nombrara como presos políticos, debería ordenar su liberación porque –como es presidente- ya son sus presos. En cambio, son decisiones judiciales las que provocaron la ilegalidad y debe ser el propio Poder Judicial el que resuelva el embrollo. Si no lo hace, justificaría plenamente una reforma y saneamiento de ese poder del Estado.

Si Alberto se metiera en eso, daría argumentos a los detractores en el sentido de garantizar la impunidad de los chorros K y no puede perder tiempo contestando tonterías y explicando cien veces lo que ya todos saben: que Milagro Sala está presa para que Gerardo Morales pueda desgobernar Jujuy a su antojo; que Boudou lo está por una venganza del Grupo Clarín por las AFJP y Ciccone Calcográfica; y que Julio de Vido le cae mal y de alguna manera querían castigarlo. Y éstos no son los únicos, porque la lista es extensa.

Si Alberto hablara de presos políticos, habilitaría que, cuando Macri y sus vándalos empiecen a desfilar por los Tribunales Federales como merecen, la prensa apologista del gobierno anterior utilice el mismo mote para estos delincuentes de verdad, comunes y a gran escala. La persecución la encaró Mauricio Macri aprovechando un brazo mercenario que no es propio, el de los medios hegemónicos y algunos jueces y fiscales que ocupan lugares inmerecidos. Por ahí debe pasar cualquier reforma que garantice la construcción de un país más vivible, sin los aprietes mafiosos de los grandes empresarios -los verdaderos corruptos de siempre- y el aval de magistrados cómplices.

Bonadío murió con las botas puestas, sin bajarse del lawfare al que se trepó sin dudar. Sus causas caerán cuando empiecen a prepararse para los juicios orales. La Corte Suprema debería poner fin a tanto descalabro y no esperar que mueran los jueces injustos. Algo debería pasar con las declaraciones del Supremo jujeño, Pablo Baca, en las que reconoció que la prisión de Milagro es un capricho del gobernador, en ciega obediencia a Pedro Blaquier. Algo debe cambiar en serio si queremos instaurar el Nunca Más para todo aquello que nos dificulta llegar al país que los justos queremos convertir en realidad.

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