El aparato Cambiemos

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La carrera hacia 2019 ya comenzó. No parece casual el interés de Cambiemos y sus satélites extraoficiales en evaluar la unidad del peronismo. Podría decirse, sin muchos reparos, que se trata de una ostentosa demostración de capacidad de injerencia en la selección de opositores, con derecho a veto moral incluido.

Bajo un esquema de supuestos sin anclaje alguno en la realidad, plagado de contradicciones, se construyó la hasta ahora muy efectiva trilogía para invalidar personas e ideas discordantes con el plan de negocios PRO: supremacía ética, moral y técnica del equipo gobernante. Quizás por disparatado, el esquema ha venido rindiéndole frutos triunfales a Cambiemos. Es natural la resistencia a abandonarlo aunque, como se verifica desde diciembre, comience a desgastarse por acumulación de factores, grandes o pequeños, que se resisten a encajar.

Los peores momentos para la imagen del gobierno fueron aquellos en los que se vio imposibilitado de juzgar la trayectoria de sus adversarios, de pedirle explicaciones y, a regañadientes, tuvo que darlas. Sin el juicio moral a flor de labios, el grueso de las voces del cambio hace agua. La falacia conocida como argumento ad hominem es el único sostén retórico para justificar decisiones oficiales desde todo punto de vista cuestionables.

Con cierta monotonía, sin sucesos traumáticos de impacto profundo, la trilogía funciona perfectamente. La provocación, el desvío sistemático de cualquier debate y la retahíla de apelaciones al pasado o a la historia personal de los oponentes seleccionados como arquetipos de bajeza moral se ha convertido en una costumbre, por eso la sensación de tener un gobierno en eterna campaña proselitista ya no sorprende a nadie.

En un año como 2018, exento de urgencias electorales, la vidriera de la unidad en ciernes del peronismo podría convertirse en una cantera de espectros a ser usada en cualquier ocasión, como lo demuestran las declaraciones del oficialismo posteriores al cachetazo de la marcha del 21F, con intencionalidad resumida en una sola frase del hombre más visible del Clan Braun, Marcos Peña: “La única que faltó en el palco de la marcha fue Cristina Kirchner, quien lidera intelectualmente al grupo” (2).

Un auxilio inestimable: la agenda

La posibilidad del arbitraje moral en un paradigma de control de la protesta, la disidencia y la crítica, se refuerza con la imposición de una agenda pública que el oficialismo todavía está en condiciones de sostener, aunque los hilos se vean cada vez más en el revés del tapiz. El PRO cuenta, para esta y otras imposiciones, con los aliados declarados que integran Cambiemos, no tan numerosos como los adherentes que eludieron formalizar su pertenencia, más el apoyo firme de representantes de sectores que en teoría deberían esforzarse por mantener su independencia del poder de turno en Casa Rosada.

Una estructura así, amplia y difusa, asegura la permanencia de una temática comunicacional acotada de la que ni siquiera puede escapar el ínfimo porcentaje —tal vez un tres o cuatro por ciento respecto de los dominantes— de medios alternativos que aún sigue con vida, ni la oposición menos dócil, forzada a sentar postura frente a temas tan recurrentes como inverosímiles, engañosos o arcaicos.

La militancia apolítica

La virtud apolítica, que ahora registra un nuevo ciclo de esplendor, remozada como saludable actitud vital, probadamente seductora para las clases medias, sirve también para que cualquier signo de politización, actividad partidaria o militancia, se relacione indefectiblemente con el “populismo”, padre de todos los males, de acuerdo con el axioma primordial de las campañas PRO, internalizado en Cambiemos.

No por casualidad la imagen de la alianza ganadora en 2015, pariente directa de la que a principios de siglo hizo aflorar otro ciclo de anti política menos oportuno, en todo momento se ha presentado como un conjunto de gestores y no de políticos. Para el imaginario, el mito del equipo vocacional, ética y profesionalmente apto. Así, entonces, sería indicado atribuirle, por distancia autoproclamada, la potestad de arbitraje moral con vistas a velar por la sanidad administrativa del futuro, moderna y libre de la corrupción inherente a la política de políticos.

En base a semejante concepción, al gestor podría rozarlo el conflicto de interés pero nunca la corrupción, la dádiva ni el enriquecimiento ilícito a costa del erario público. Argumentos justificativos como los del Jefe de Gabinete en el caso Gilligan explotan esta lógica implícita: “no estamos hablando de fondos públicos, de corrupción, como antes, cuando lo que se discutía era qué habían hecho los funcionarios mientras estaban en el poder” (2), con su corolario de rigor: “Confiamos en nuestra gente”.

La nueva militancia, es decir: la militancia apolítica, para la que las usinas de pensamiento fidelizador de vecinos aún no han hallado el nombre más conveniente, se pregona como vocación de servicio; el cargo público, como un obstáculo para el desarrollo personal y empresarial del funcionario de turno. Un dolor de cabeza patriótico en aras de la gestión pura, ideal. A ningún integrante del equipo se le atribuye historia política ni relaciones previas con la administración pública —lo cierto es que todos tienen la suya, y muy amplia—, solo se los presenta como figuras provenientes del éxito forjado en la actividad privada o en las organizaciones más destacadas de la sociedad civil.

Del engaño a la naturalización

Ni el esquema con su tridente, ni la agenda ineludible, ni el juicio moral de la contradictoria apolítica —variante sin corbata de la politiquería—, carecen de altibajos. Desde las cuantiosas promesas incumplidas de campaña hasta el castigo a jubilados, enfermos y discapacitados, con escala obligada en la inflación, el endeudamiento y la bicicleta financiera, afloran cuestionamientos que no pueden atribuirse a populistas impenitentes. Son esos los momentos en los que Cambiemos endurece con extrema ideologización su discurso y naturaliza la desventura como inevitable, al tiempo que profundiza las acciones de política económica que, siempre, llevan aparejada alguna facilidad normativa para inmunizar la corrupción estructural.

La alternancia entre alegría y resignación es una constante para el equilibrio de la impostura oficial. La imagen decadente del triunvirato cegetista, en consonancia con la de los opositores que votan leyes retrógradas por temor al carpetazo o la pérdida del bienestar personal, refuerza la sensación de vacío de convicciones. Cambiemos o el caos plebeyo, descarado, es otra de las formas de naturalización electiva en pro de una aristocracia insensible al padecimiento ajeno a su clase pero celosa del orden, con derecho a gobernar por sobre la canalla oportunista e imponer jerarquías.

Frente a la insensibilidad puesta de manifiesto en cada medida de recorte, también hay un método, con su combo para naturalizar la macdonaldización de la sociedad: gradualismo, avance constante y normalización del país. Lo sostienen, a coro, funcionarios, economistas adictos y plumas interesadas gracias a la picardía de la manipulación estadística, basada en cambios metodológicos para mediciones de alto impacto, y la cita del dato duro seleccionado a discreción para justificar opiniones.

Juan Grabois sintetiza una de las facetas del método en breve crítica dirigida al editorialista estrella del conservadurismo: “Morales Solá, Ud. dice que hay 55 mil empleos más que en 2015 pero no dice que cada año se necesitan 220 mil para cubrir el crecimiento demográfico. Dice que se mantuvieron los planes sociales pero no que hay 400 mil indigentes más. Es matemática, no ideología”.

Cambiemos representaría el “es lo que hay” para volver a vivir en un país normal. Hace “de a poco” —por misericordia—, aunque le gustaría ir más rápido, pero se avanza. Las promesas fueron siembra a futuro, los notables y entendidos citan los números que llevarán hacia allí. Pedir más sería poco realista, descabellado, desestabilizador. La unidad del peronismo, un peligro a controlar, depurar y evaluar moralmente, un movimiento que por ahora no habría más remedio que tolerar como amenaza de fiesta populista, con el peligro del advenimiento de punteros desdentados, sindicalistas ricos a costillas de trabajadores ingenuos, incentivados a la vagancia de derecho fácil que espanta al gran empresariado, y piojos resucitados con ínfulas ministeriales.

El detrás de escena: politiquería rancia

En lo que va del verano, muchas fueron las señales de resquebrajamiento del esquema aludido. Nada con carácter decisivo, por cierto, aunque sí ameritaron contraofensivas directas e indirectas. El talón de Aquiles offshore, la tragicomedia de las low cost, la celada previsional de fines de diciembre, la acritud de la prensa internacional, coronada por la impericia verbal del ministro de economía, el 21F y los cantos que evocan la figura presidencial en canchas de fútbol o recitales, tuvieron como contracara un reajuste de política comunicacional, con refuerzo propagandístico y sospechosas aperturas al debate de cuestiones urticantes para la derecha, como la legalización del aborto, nunca aceptada como tema de salud pública, otrora vetada por Macri en sus tiempos de Jefe de Gobierno de la Ciudad ante la iniciativa protocolar de la legislatura porteña de aquel entonces.

Sin embargo, tras la virtual apertura a discusiones postergadas, purgas homeopáticas intramuros —estilo Gilligan— y el celo aséptico moralizante enfocado en la “unidad populista”, detrás de escena se perfeccionan maniobras dignas de la más genuina politiquería de las primeras décadas del siglo pasado. Al revanchismo, que sigue en alza bajo lawfare estricto, se le suman todas las acciones tendientes a asegurar la continuidad del modelo por si, bajo circunstancias imprevisibles o límites al endeudamiento externo, tuviera que dejar de ser régimen.

Con la intención de mantener una base ideológico-cultural de sostén en estratos municipales y reparticiones cercanas al quehacer cotidiano, sea a través de adherentes —el plebeyado, es decir: la quinta columna del cambio— o elementos propios, el trabajo va a la par de broncas contenidas y obsesiones: “Un alto dirigente de Cambiemos me confesó: “Macri y Vidal quieren sacarse de encima a Jorge Ferraresi como sea. Es una obsesión. Van a poner mucha guita en Avellaneda. Y la candidata de ellos es Gladys González”, publicó el 12 de febrero en su cuenta de Twitter el periodista Dante López Foresi, de Agencia El Vigía; más edulcorada, casi un mes antes, LPO había optado por “Vidal eligió a Gladys para desalojar a Ferraresi de Avellaneda. Larreta también le pidió que vaya por la intendencia en 2019. Torello la reemplazaría en el Senado.”

Voluntad de poder

Respecto de las medidas con las que se busca afianzar una configuración económico-social de mayor profundidad inequitativa, más sólida y duradera aún que la forjada en la década del noventa y en las restauraciones conservadoras que la antecedieron, no ha habido ningún paso atrás ni rectificación alguna por parte de Cambiemos: ostentan la misma aceleración que a principios del mandato de Macri aunque, por desgracia, ahora pueden aplicarlas con mayor sustento normativo y amplitud de alcance. Las recomendaciones del FMI, por ejemplo, se despliegan sin obstáculos para lesionar, con mayor contundencia, áreas tan sensibles para el bienestar general como son las de salud y educación.

No es necesario enumerar todos los riesgos y potenciales desencantos que la unidad en ciernes del peronismo entraña. Sí destacar que se trata de un proceso cooptado desde el vamos por el esquema de atomización cambiemita, abonado sin pausa por gobernadores justicialistas que en la práctica declinan convicciones que hasta ayer se presumían indeclinables, que en un mañana cercano no podrían justificarse por el pragmatismo de la urgencia. Para un caso entre tantos otros, el de Bordet, la periodista Débora Mabaires reflexiona, en el marco del resarcimiento de aproximadamente sesenta millones de pesos que Entre Ríos le abonará a SOCMA (3): “El tipo hunde a sus jubilados, que ayudan a agravar la crisis económica provincial; y la acelera sacando guita para pagarle sobreprecio a Macri. ¿Y este es peronista?”.

Sin elecciones, reválidas ni desafíos explícitos, 2018 promete una aún menos explícita campaña. Feroz y en las sombras, augura sucesos imprevisibles. Aunque las fisuras en el esquema multipropósito de Cambiemos parecen ensancharse al ritmo de una incredulidad que amenaza con invalidarlo, sus efectos podrían ser irreversibles. Lo cierto es que para el conservadurismo extremo la inédita victoria en las urnas ha significado una ventaja casi decisiva: en solo dos años le allanó el terreno para construir un aparato más recargado, efectivo e inclemente que cualquiera de los que se le atribuyeran al justicialismo como sustento de su voluntad de poder.

@ale_enric

1. La Nación: https://www.lanacion.com.ar/2111265-marcos-pena-la-unica-que-falto-en-el-palco-de-la-marcha-fue-cristina-kirchner-quien-lidera-intelectualmente-al-grupo

2. La Nación: https://www.lanacion.com.ar/2110340-pena-aseguro-que-el-gobierno-no-protegera-a-ningun-funcionario

3. El Disenso: http://www.eldisenso.com/politica/macri-visito-rios-se-trajo-3-millones-dolares-socma/

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