El camino de Alberto a la Rosada: entre el desahogo del triunfo y la presión del contexto

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Cuatro años después de su peor derrota, el kirchnerismo construyó poder en tiempo récord y retomó las riendas de la Argentina de la mano del peronismo unido pero ante una dura crisis económica, la necesidad de contener un armado ideológico diverso y un macrismo que no quedó patas para arriba.

El clima fue de desahogo de principio a fin. El epicentro de los festejos estuvo en el tradicional barrio porteño de Chacarita, sede el bunker del Frente de Todos, la alianza sobre la cual se alistaron casi todas las diversas fuerzas del peronismo, entre ellas el kirchnerismo, la columna vertebral del movimiento. Para las seis de la tarde, con el cierre de las urnas, las calles ya se encontraban teñidas por la presencia de la militancia (y de quienes se reconocen como simpatizantes), banderas, insignias y canticos, lo que se fue multiplicando a un ritmo carnavalesco al caer la noche e hizo cambiar la conocida premisa del “vamos a volver” al definitivo “volvimos”.

En la muchedumbre que abarrotó por cuadras la Avenida Corrientes, que cruza buena parte de la Ciudad de Buenos Aires, confluyeron rangos etarios y grupos de diversos porvenires. Desde trabajadores, sindicalistas y jubilados hasta jóvenes, universitarios más acomodados y familias de clase media que, como el peronismo a nivel nacional, se unieron frente al deseo de terminar con el gobierno alicaído de Mauricio Macri y darle el triunfo a Alberto Fernández, quien en un puñado de meses pasó de ser un operador político que se enmarcaba detrás de candidatos a convertirse en el hombre encargado de tomar el timón del país.

Fue una espera muy larga para el kirchnerismo, que masticó por mucho tiempo el mal trago tras lo que fue el amargo final de su hegemonía hace cuatro años atrás con la pérdida conjunta de la Casa Rosada, la gobernación bonaerense y varios reductos provinciales. Aunque podíamos imaginarlo, no sabemos qué habría pasado si por entonces los resultados hubiesen acompañado, pero tras la gestión de Cambiemos los denominadores comunes que heredará el nuevo gobierno son el aumento sideral del desempleo, la pobreza y la desigualdad junto al desbarajuste cambiario, la nueva tutela del FMI y al incremento de la deuda externa.

No deberá ser una excusa para la conducción de Alberto Fernández, de todas formas, que en su primer discurso como nuevo presidente electo puso énfasis en que «lo único que importa es que los argentinos dejen de sufrir» y «vamos a volver a construir el país que soñaron nuestros mejores hombres y mujeres porque nos lo merecemos». Esos sí, lo hizo con cautela, sabiendo que los próximos meses, cuando baje la espuma del éxito, serán momentos duros y de reconstrucción. Las promesas giraron en torno a la reactivación de la economía, revalidación de la educación pública y jerarquización de la ciencia y ante referentes de organismos de derechos humanos. Palabras que deberán ratificarse con hechos en un contexto perfilado hacia un rumbo poco amigable, sobre todo, para la clase trabajadora.

Hace años, Alberto Fernández, ex jefe de gabinete de Néstor Kirchner, se constituyó como un enemigo doloroso tras su partida entre murmullos y discrepancias del mundo kirchnerista. Eso sí, aunque hubieron rencores mutuos, nunca dejaron de reconocer la pertenencia, secreta o publica, con la que comulgaban cuando la separación parecía lejana. Hoy, su salto al primerísimo nivel marca el reconocimiento de que con Cristina sola no alcazaba para copar las urnas y que los tiempos de la confrontación airada, que marcó el pulso de los últimos tiempos de gestión de la ex mandataria, parecen terminados. También, es cierto, aquellas personas del campo popular que creían que Perón y El Che podían entrar en un solo corazón, tendrán que adecuar una vez más su discurso y métodos.

Con un gran nivel de oratoria, demostrado sobre todo durante los debates presidenciales, Alberto Fernández no parece ser un simple acompañante ni un presidente de transición. A diferencia del anterior candidato, Daniel Scioli, su figura se confecciona claramente como la nueva cabeza del proyecto. A eso se le suma su enorme experiencia, con un nivel de contactos que pocos tienen en la Argentina. Esto incluye el ámbito internacional. Desde Washington a Moscú. Se trata de un hombre de formación liberal e identificado con las estructuras socialdemócratas. Su frase “tenemos el desafío de afrontar la globalización pero no de rodillas” certifican sus características de un armador, dialoguista y artesano político dispuesto a tratar con todos y todas.

Así como casi nadie anticipó en su momento la jugada que ideó Cristina para depositarlo al frente del movimiento, pocos vaticinaban semejante regreso triunfal a contra reloj, que tuvo el triunfo clave del candidato Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires sobre la oficialista María Eugenia Vidal, quien fuera catalogada como la política con mejor imagen. Sin embargo, hubo un cálculo no menor que falló. Finalmente, Macri no terminó con una derrota humillante. Es más, un 40 por ciento de la población lo volvió a elegir –en medio de una crisis económica– lo que significa que no está fuera de la carrera política y que el trabajo a partir del 10 de diciembre deberá ser quirúrgico. ¿Un ejemplo? En el territorio bonaerense, paradójicamente, Juntos por el Cambio retuvo un tercio de los diputados y más senadores que el Frente de Todos.

La llegada de Alberto Fernández, uno de los pocos que no afronta denuncias mediáticas o causas por corrupción ante la Justicia, pese a que el actual oficialismo en retirada intentó en su momento movilizar carpetazos, no deberán dejar sin luz algunas cosas innegables de su curriculum. Por ejemplo, su paso por el Banco Provincia durante la década neoliberal de los 90’s, su rol en la campaña presidencial de Eduardo Duhalde en 1999 o su filiación cavallista. La militancia de paladar negro tampoco debería olvidar el mote de “el hombre del Grupo Clarín”, el multimedio que trazó una histórica pelea con el kirchnerismo, que le atribuyeron ni sus aventuras recientes por el Frente Renovador de Sergio Massa, ex jefe de gabinete de Cristina, acérrimo opositor luego y repatriado por Alberto para estas elecciones.

Con una máquina fenomenal que no paró de avanzar tras el anuncio de la fórmula presidencial, el peronismo unido volvió a demostrar su poder de fuego en las urnas. La tarea ahora también deberá ser cómo contener toda la diversidad ideológica que ese trabajo de unificación conllevó. También las aspiraciones políticas de sus laderos (¿con Massa de un lado y Máximo Kirchner del otro?) y la de los gobernadores provinciales aliados, en su mayoría conservadores y siempre predispuestos a reciclarse para mantener el dominio territorial. Serán las labores puertas adentro de Alberto Fernández, que una vez sentado en el sillón de Rivadavia deberá mostrar el camino que elige para enderezar el tablero de la Argentina.

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