El contrato popular

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Cuando la tristeza parecía haber ganado la batalla contra la lucha por mejores tiempos, cuando se humedecen los ojos de quienes sienten como propios los dolores de sus compatriotas, cuando el porvenir nos aprieta, aparece un soplo de aire fresco y renovador, un Pampero de esperanzas y sabidurías simples. Fue solo una ráfaga, un breve aliento del futuro, una muestra sencilla del poder determinante de su presencia, un instante veloz pero nutriente, donde el Pueblo fabricó de nuevo su argamasa mojándose en la lluvia que bendijo sus presencias. 

«El hombre ha nacido libre y, sin embargo, por todas partes se encuentra encadenado». Así define Jean-Jacques Rousseau la razón de su tratado “El Contrato Social”, obra que influiría notablemente en las concepciones que posteriormente se harían sobre las formas de relacionamientos sociales y en la organización de los Estados. En nuestra naciente Patria, fue Mariano Moreno quien contribuiría al conocimiento de esa obra, que luego se manifestaría en sus acciones, con la traducción al castellano que él mismo realizara. Lo que seguro no hubo, cuando aquella conceptual propuesta vio la luz, fue una repercusión masiva y popular, un respaldo de millares de embelesados manifestantes que gritara sus adhesiones, que se llenara de alegría por presenciar un hecho fundante, por vivir un tiempo trascendente, un breve espacio de felicidad en medio de tanta miseria conceptual de la política.

Hoy y aquí, en nuestro País, las circunstancias son otras. Muchas aguas han pasado por debajo de los puentes de las esperanzas frustradas, demasiados desvíos ha sufrido el motivo por el que ofrendaron sus vidas tantos y tantas patriotas que, claro está, no son solo aquellos que veíamos en los libros de textos escolares. De millones de desconocidos se nutre la historia que origina y mata los sueños populares, postergando mil veces el final anunciado, aplastando tantas veces la visión cercana de un horizonte que tapan con nubes de odios y falsos rencores, fabricados para impedir que se camine con el rumbo liberador que siempre buscan los pueblos.

Entonces, cuando las vallas de la estupidez impiden el paso hacia estadíos superadores de la nefasta realidad, cuando la tristeza parecía haber ganado la batalla contra la lucha por mejores tiempos, cuando se humedecen los ojos de quienes sienten como propios los dolores de sus compatriotas miserabilizados, cuando el porvenir nos aprieta contra el “muro de los lamentos” en que se ha convertido a la Nación, aparece un soplo de aire fresco y renovador, un Pampero de esperanzas y sabidurías simples, una andanada de palabras dulces y generosas, acariciándonos el alma, despertando de nuevo las conciencias adormecidas por los sopores del abandono y la desidia.

Es solo un momento más, un breve tiempo permitido para escuchar “el relato” que nos escondieron bajo la alfombra de la vergüenza politiquera. Son algunos minutos donde el vuelo poético de los viejos sueños recobran vida, retemplan las almas, iluminan los corazones y señalan el rumbo perdido. Es el simple acontecimiento de escuchar a la autora de un prodigio pocas veces vivido a lo largo de nuestra historia, tan perseguida como se persigue a los distintos, a los mejores, a los auténticos.

Es la traducción verbal de lo imprescindible, de la elaboración de conceptos a través de una vida contada con detalles, de una sucesión de anécdotas que enamoran más a la muchedumbre, que esperaba hace mucho la caricia de su voz y su compromiso, tan permanente como sus ideas, tan renovadas como su inteligencia apabullante.

Fue solo una ráfaga, un breve aliento del futuro, una muestra sencilla del poder determinante de su presencia, un instante veloz pero nutriente, donde el Pueblo fabricó de nuevo su argamasa mojándose en la lluvia que bendijo sus presencias. Las manos, las sonrisas, los cantos y los llantos, ritual reaparecido para esperar el momento de empujar a las desgracias devenidas de los paquidermos ocupantes de la Rosada.

Y se fue, dejando una estela de placeres imposibles de comprender por los idiotas y los obtusos, provocando otra vez a un Poder que ya no sabe como atacarla, enardeciendo las perversas mentes de los mandantes de nuestras miserias. Todo por seiscientas páginas de un libro azul y blanco, tan claro como aquel que, en otros tiempos, supo parar a un imperio y lograr el triunfo popular que cambió la historia nacional. Y esto es, Sinceramente, lo que ahora se necesita.

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