El olvido cómplice

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Los senadores y gobernadores “justicialistas” que justifican sus votos a favor de los proyectos del Poder ejecutivo en pos de la gobernabilidad no sólo han olvidado la falsa valentía de la que hacen gala en las campañas electorales, la profusión de frases de pretendidas autonomías que (saben) no cumplirán y esencialmente la Constitución. También han enterrado hace mucho las “20 Verdades” en la tumba de sus falsías. Pretendidos defensores de lo que no respetan, actúan una pertenencia que ya no tienen, levantando sus manos a requerimientos del Poder que los sustenta.

Se ha escuchado decir a algunos senadores “justicialistas” que sus votos a favor de los proyectos del Poder Ejecutivo es porque sólo a él le corresponde la responsabilidad de gobernar, porque para ello fue elegido por la “gente”. “No nos votaron a nosotros”, aclaran. Y oscurecen, porque opacan el estado de derecho, olvidan la Constitución que nos rige, liberal pero vigente; desatienden las obligaciones que el Senado tiene, junto a Diputados, de representar al Pueblo que los votó también, como parte de este sistema de representación que (se supone) está para servir de contrapeso a las acciones del Poder Ejecutivo.

Resulta interesante, cada tanto, leer lo que esta Constitución (desfalleciente) dice sobre temas que parecen de exclusividad del ejecutivo, pero no lo son tanto. Entre las atribuciones establecidas en el Artículo 75, está, según el Inciso 7, “Arreglar el pago de la deuda interior y exterior de la Nación”. Sin embargo, el ejecutivo acaba de establecer un convenio con el FMI por una suma sideral sin que el Congreso participara. Además, desde el inicio de su gestión viene tomando deudas que han multiplicado varias veces la existente al inicio de su mandato, sin que estos senadores hayan participado ni de cerca en esas decisiones fatales para nuestro futuro.

Más preocupados en salvar sus pellejos de las represalias judiciales y mediáticas prometidas por los gerentes que ocupan los cargos ejecutivos y conocen algunas de sus “trapisondas”, mienten en parecer “republicanos” y partícipes de la “gobernabilidad”, atados al carro de la destrucción económica, social y moral de una Nación que casi, casi, está por dejar de serlo.

El peronismo racional

Tan solícitos como estos supuestos “representantes”, son los gobernadores. En ellos, casi sin excepción, se da esta particular manera de “defender” sus provincias, degradando la vida de sus habitantes, aceptando cuanta medida disponga la runfla de mafiosos que ocupa la Rosada, en el mismo y podrido nombre de la “gobernabilidad”, sutil forma de denominar la entrega absoluta de la población a los designios fatales de las retrógradas políticas nacionales. Para justificar tales despropósitos, se habla de la imposibilidad de enfrentar al gobierno nacional sin recibir a cambio revanchas presupuestarias que ahoguen a las provincias que se atrevan. Con lo cual, la ética ha pasado a mejor vida, envuelta en la mortaja despiadada del neoliberalismo que no se cansa matar.

La falsa valentía de la que hacen gala cuando las campañas electorales, la profusión de frases de pretendidas autonomías que (saben) no cumplirán, son ya parte de un paisaje de miserias morales que solo sufren los de abajo. Los mismos a los que recurren una y otra vez para ensalzar sus oídos y destruir poco después los sueños que, prometen, estarán al alcance de las manos.

Aquellos “justicialistas” que olvidan la Constitución, también han enterrado hace mucho las “20 Verdades” en la tumba de sus falsías. Pretendidos defensores de lo que no respetan, actúan una pertenencia que ya no tienen, levantando sus manos a requerimientos del Poder que los sustenta, tanto como al payasesco personaje de una mala película que ocupa el famoso sillón del “insigne” endeudador primigenio.

Y no conformes con semejante latrocinio ideológico, se erigen en jueces de la pertenencia al origen peronista de quienes no concuerden con sus acciones cómplices, capacidades que, en apariencia, le fueran otorgados por una muy especial “divina providencia”, que suele pasearse por los pasillos parlamentarios a la hora de la votaciones, bajando o subiendo brazos que solo parecen impulsados por las indignas prebendas que anulan la voluntad popular.

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