El peor de los cumpleaños

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Los mensajes oficiales en los medios narran logros inexistentes bajo el lema “hacemos lo que hay que hacer”. Además de soberbia, esta frase encierra una falacia porque no han hecho nada de lo que dicen que hicieron. El buen Mauricio operó para los más ricos y a los demás sólo ofreció meritocracia. A tres años de la Revolución de la Alegría muchos se entretienen con calificaciones numéricas como si esto fuera un secundario. No es ni un colegio ni una empresa. Argentina es un país y es necesario que lo entendamos.

El que no se sienta subestimado por algunos lemas que circulan desde la hegemonía mediática es porque renunció a la inteligencia. El otro día alguien me dijo, para justificar su adhesión al exterminio propuesto por la ministra Bullrich, que Argentina es el único país del mundo donde se roban celulares. Hoy, que Internet ofrece una manera rápida y cómoda de acceder a la información, ¿cómo alguien puede propagar semejante sandez sin rubor? Mucho se habla de las noticias falsas, pero para calar en el entendimiento de los lectores deben tener al menos un poco de verosimilitud. En este caso, como en muchos, ni siquiera hace falta eso: con la credulidad y el prejuicio basta para convertir cualquier patraña en una verdad.

En la tentación de entablar comparaciones con el resto del mundo, podría decir –sin riesgo al error- que un grupo con posición dominante en comunicación y otras áreas como Clarín sería inadmisible en los países que la tilinguería gobernante toma como modelo. Ninguna democracia en serio permitiría tanto poder. Más aún cuando sus titulares recorren las cabezas y se transforman en sentido común; cuando su parafernalia comunicacional condiciona elecciones, leyes y sentencias judiciales; cuando convierte un suicidio en magnicidio y un crimen de Estado en un accidente; cuando hace del peor candidato un presidente aceptable.

Y en todo esto que hace hay demasiada crueldad. En su afán de seguir incrementando su poder, Clarín y sus satélites militan tanto el ajuste que hacen de la crisis provocada por el Gran Equipo un desafío para la superación individual. Los ejemplos abundan: el negocio de ser mendigo, las ventajas de vivir en la calle o los consejos para vacacionar en la ciudad. Y siempre superan los límites del decoro, la solidaridad y la coherencia. En estos días en que muchos piensan en clave navideña, son capaces de afirmar que, según los pediatras, cuanto más simples sean los regalos es mejor para los pequeños. “Papá Noel y los Reyes están al caer, en un año en el que el bolsillo llega muy golpeado”, escriben estos manipuladores y aseguran que “las cajas de cartón vacías estimulan la imaginación y la creatividad”. Por supuesto, jamás dirán quiénes son estos pediatras ni qué fundamentos tienen y menos aún quiénes son los que han golpeado nuestros bolsillos ni para qué.

No sólo el abuso de su posición dominante produce estas cosas. También la impunidad. Ya es demasiado con los medios que tienen –más de 200- y las ramificaciones en muchas áreas de servicios y producción. Encima –y esto también es único en el mundo- es dueño de la única fábrica de papel para diarios y promueve una ley para desregular el precio y así condicionar a las demás publicaciones del país. La libertad de expresión, “ésa te la debo”.

La salida es por acá

En la última sesión de Diputados donde se trató esta muestra de sumisión al Poder Real, Nicolás Massot, presidente de la bancada oficialista, además de soltar una provocación dolorosa sobre Néstor Kirchner, esputó la frase “Clarín no tiene amigos”. En principio, parece hipócrita porque la protección mediática hacia la gestión amarilla es obscena. Pero no lo es: “Clarín no tiene amigos”, sino víctimas o sirvientes. Si no sos una cosa, serás la otra. Con esta bestial lógica, domina la vida de todos. Sumisión o destrucción para tener el país en sus manos.

Así logran que los escándalos que salpican a los saqueadores del Cambio no provoquen la indignación que provocaban sus inventos sobre el anterior gobierno. Gracias a esto, Mauricio Macri es el único presidente del mundo que no ha renunciado por tener más de 40 empresas fantasma en paraísos fiscales. Algo inaceptable en un tipo que se plantó como garantía de honestidad y transparencia. Por eso Macri puede tomar decisiones de Estado en beneficio de sus empresas y las de sus cómplices. Por eso Macri cumple tres años de mandato a pesar de no haber cumplido a propósito gran parte de sus promesas de campaña, de haber endeudado el país de manera monstruosa sólo para enriquecer a una minoría, de haber generado una decadencia imperdonable y de haber empobrecido a millones. Macri ya es el peor presidente desde el retorno de la democracia y está a pocos pasos de ser el peor de la historia. Sin embargo, sigue vistiendo banda.

Ya que ellos juegan con analogías imposibles, es necesario plantear una posible. El premier de Francia, Emmanuel Macron aún no ha cumplido dos años de mandato y las calles ya están pidiendo su renuncia por encabezar un gobierno para ricos. Por la eliminación del impuesto a la riqueza y el aumento de los combustibles, París se ha convertido en un campo donde se batalla por la dignidad. Y no sólo en la capital, sino en otras ciudades.

En nuestro país, en cambio, la reacción más extendida es una pasividad cercana a la resignación. Hasta se tomó con naturalidad que la final de la Libertadores se haya jugado en Madrid por la ineptitud de los funcionarios encargados de garantizar la seguridad. Tan torpe fue el operativo del traslado de los jugadores que parece a propósito. Y que el presidente del club donde se jugó sea Florentino Pérez, un empresario que ocupa el sexto lugar en obra pública argentina y sea el próximo beneficiario del aumento de las tarifas de peajes, no deja lugar a dudas de que todo formó parte de un plan.

El sometimiento de parte de la ciudadanía es tan alarmante, que uno ve con envidia la rebelión de los franceses que se identifican con el color amarillo. Un color que acá –por el contrario- simboliza colonización y rapiña. El engaño, además. Una representación cromática de un brillo que no tienen, que esconde la oscuridad que representan, que mimetiza las tinieblas que han desplegado sobre todo.

Los mensajes oficiales en los medios narran logros inexistentes bajo el lema “hacemos lo que hay que hacer”. Además de soberbia, esta frase encierra una falacia porque no han hecho nada de lo que dicen que hicieron y han hecho cosas de las que no se pueden enorgullecer. Como Macrón en Francia, el buen Mauricio operó para los más ricos y a los demás sólo ofreció meritocracia. Justo un heredero hablando de algo que nunca ha practicado. A tres años de la Revolución de la Alegría muchos se entretienen con calificaciones numéricas como si esto fuera un secundario. No es ni un colegio ni una empresa. Argentina es un país y es necesario que lo entendamos.

También es preciso aceptar que no es democrático un gobierno que hace lo contrario de lo prometido, que sigue engañando y que responsabiliza a los demás de sus propios yerros. Ni honesto que un presidente esté detrás de todos los negocios que impulsa desde el Estado. Ni auspicioso cuando ha embargado el futuro. Si hacemos lo que hay que hacer, deberíamos exigir la renuncia inmediata de este embustero y los malandras que lo secundan. Si esperamos que una tapa de Clarín nos diga cuándo es el momento, ya no tendremos salida posible.

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