El virus y la solidaridad

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Alguna razón debe haber para que miles de energúmenos con pasiones desatadas por la “libertad”, decidan trabajar gratis para el pandémico vector que está matando a millones de personas. Algo es seguro, y es que ninguna conoce el concepto de “lo solidario”.

La palabra “solidaridad” es utilizada con mayor frecuencia que la que se aplica de verdad. Es como un “caballito de batalla” de ciertos sectores que ni siquiera parecen conocer su significado. Forma parte de la retórica de cuanto comunicador transite las pantallas de televisión, tratando de elevar la consideración de un público que intuye que eso de la “solidaridad” debe ser algo bueno e importante, pero que tampoco practica. Al menos, con la criteriosa responsabilidad que semejante valor tiene en momentos dramáticos como los actuales.

Alguna razón debe haber para que miles de energúmenos con pasiones desatadas por la “libertad”, decidan trabajar gratis para el pandémico vector que está matando a millones de personas. Algo es seguro, y es que ninguna conoce el concepto de “lo solidario”. No resulta extraño, cuando la construcción social de los individuos se realiza con el único objetivo de formar parte de un “ejército” de supuestos meritócratas que buscan elevarse por sobre el resto de sus congéneres a como de lugar, en una especie de batalla por la sobrevivencia del más fuerte.

Suena y resuena aquel axioma sobre la necesidad de “vigilar” a los individuos para que sean mejores. No se trata de reproducir el panóptico de Foulcaut, sino de conjugar las medidas preventivas con la conducción de la población hacia la toma de conciencia real, no de palabra, sino de acción.

La comunicación, en ese sentido, es trascendente. Lo saben los fabricantes de desgracias y perversos aprovechadores de las situaciones que puedan acarrear ventajas para elevar sus dominios y acrecentar sus poderíos económicos. A ellos no les importa nada eso de la solidaridad, palabra que detestan, por cuanto les implica algunas pérdidas derivadas de las modificaciones en la estructura productiva de sus ganancias inconmensurables.

Claro que todo proviene de una etapa previa. La escuela, ámbito fundamental de la socialización de los individuos, también ha sido cooptada por el Poder Real, para ir modelando una masa de sometidos a sus requerimientos. Ya desde allí se establecen enseñanzas grabadas a fuego en las frágiles capacidades de comprensión de los niños y niñas, que van adquiriendo las taras que luego se convertirán en trabas para desenrrollar la madeja de inequidades a las que se les conduce deliberadamente.

Después vendrá la sucia tarea de la mediática canalla, púlpitos donde ridículos pero influyentes personajes creados al efecto, se transforman en “gurúes” que guían a las mayorías hacia su derrota programada. Es tan grande su influencia, que hasta los políticos mejor intencionados caen bajo sus palabras convertidas en parte de una “biblia” de casi imposible contradicción, so pena de convertirse en “parias” para la sociedad que gobiernan.

De allí al desprecio por la vida ajena, está el breve paso hacia la imbecilidad asumida como destreza social. No es de extrañar el comportamiento de “manadas” enajenadas de cientos de personas buscando desesperadamente el contagio con el virus, en una suerte de desafío incoherente con el raciocinio. No puede asombrar la falta de empatía de miles de admiradores del “dios” mercado con sus “vecinos”, palabreja tan de moda entre los políticos con poca vergüenza y escaso conocimiento de los diccionarios.

Hay una estúpida disputa entre los jerarcas del neoliberalismo nunca muerto, con quienes proponen (con demasiada timidez) mayores controles para evitar la proliferación de la pandemia. Se manifiesta más temor al “que dirán” de los medios, que a los resultados de sus aventuras en el mar virósico al que nos lanzan.

Y hay preguntas que nunca se realizan a quienes tienen la responsabilidad de conducir en medio de tanta complejidad sanitaria y social, como por ejemplo: ¿Importan las decenas de miles de muertos, menos que las decenas de miles de millones que exigen ganar los dueños del poder? ¿Se está dispuesto a entregar tal o cual cantidad de víctimas mortales, con tal de mantener firme el supuesto crecimiento de “la economía”? ¿Vale más un kiosco abierto las 24 horas que la horrible muerte por falta de aire en los pulmones? ¿No existe el coraje, la valentía y la voluntad, como para activar de una buena vez el concepto de “Justicia Social”, que implica que los poderosos dejen de manejar las decisiones del Estado en su propio beneficio? ¿No ha llegado la hora de salir de esta autopista al fracaso popular y alimentar la capacidad de desarrollo con los tantos millones robados (literalmente) de los bolsillos de los empobrecidos? ¿No es de esos bestiales esquilmadores de nuestras vidas que debieran salir los fondos para sostener el cierre de las actividades y así bajar los contagios del virus mortal?

La solidaridad ha sido derrotada por la desconcertante bestialidad de sus eternos enemigos, que no se detienen ante consignas pueriles y publicidades incoherentes con los hechos. Si algo queda todavía de ella depositada en los recuerdos de mejores tiempos, es imprescindible empujarlas ya mismo hacia afuera y hacerla estallar ante los ojos de los incrédulos y los atontados por la propaganda embrutecedora. Esa es la tarea obligada de estos tiempos, para quienes se sientan parte del legado de quienes murieron por solidarios y patriotas de verdad. Y para evitar las nuevas muertes sin sentido, por la oscura pasión de los negadores de la realidad.

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