Emigrado

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Escribo esto a una semana de viajar a Argentina; me considero uno de los muchos emigrados de la debacle noventista con pináculo en 2001/2. Esta vez el viaje será de apenas diez días, suficientes para hacer algunos trámites y sentir algo de sol en la cara y calor en el cuerpo. Pero a diferencia de muchas otras visitas durante la década anterior, en esta vuelta llevo el corazón helado. Desde hace unos años me cuesta mucho conectar con mi gente de allá; de hecho ya ni lo intento. Con esa prima, brillante y sensible, que sin embargo votó al que “no necesita robar, si ya es rico”. Con ese hermano que posteó en el grupo familiar de whatsapp su foto en el festejo PRO de Costa Salguero – “Sí se puede!”-. Con el cuñado que subió memes del “se robaron todo”. Siento que con su negación individual y colectiva, me vuelven a echar del país. Desde ese lugar, esta emigración se parece más a un exilio.

Escribo esto a una semana de viajar a Argentina; me considero uno de los muchos emigrados de la debacle noventista con pináculo en 2001/2. Esta vez el viaje será de apenas diez días, suficientes para hacer algunos trámites y sentir algo de sol en la cara y calor en el cuerpo. Pero a diferencia de muchas otras visitas durante la década anterior, en esta vuelta llevo el corazón helado.

Supongo que cada caso es especial. A diferencia de mi hermana, que había emigrado a USA en 2001 puteando al país y jurando no volver, yo vine a Europa en 2004 -cuando Argentina aún recogía los escombros del colapso y comenzaba a ponerse de pie junto al resto de la región- para recuperar el amor de una mujer, que se había ido con la crisis. Al tiempo descubrí que los ecos del estallido habían herido de muerte aquel amor, y que volver a Argentina era una opción que prefería postergar.

Así todo, me mantuve pendiente de lo que iba ocurriendo allá. La política, hasta esos años de renacimiento, nunca me había interesado. Sin embargo, a la distancia, comencé sentir un tardío pero bienvenido cobijo en la recuperación del país, a manos de ese hombre del sur y su elocuente esposa, la senadora. Me parecía un milagro escuchar esos discursos y comprobar su concreción en hechos tangibles. Que se hubiera ordenado bajar los cuadros, que se le diera espacio a la memoria. Y saber que mis familiares, amigos y colegas tuvieran trabajo; aún los que se quejaban de un supuesto autoritarismo que, francamente, yo no veía.

En una de las primeras Navidades (2006) de vuelta por Bs. As, un tío me saltó al cuello cuando dije -inocentemente- que lo veía todo un poco mejor. Me increpó con los mismos argumentos de aquellos colegas poco agradecidos o -desde mi perspectiva- afectados por una extraña y súbita amnesia. Convertido en adulto y con la experiencia inmigratoria encima, no me callé; y lo que siguió fue una fuerte discusión. Tal vez por instinto yo ya me informaba, en Irlanda, a través de distintas fuentes / diarios/ radios. Mi tío solo leía La Nación. Fue entonces que comencé a comprender el significado de gorilismo; algo muy presente en mi casa materna (donde se leía el mismo matutino) y con el que ya no me identificaba.

Años más tarde, mientras Irlanda aún se estremecía por la crisis financiera y recesión global, Cristina juró como Presidenta de todos y todas, y me sentí profundamente orgulloso de ser argentino. Seguí la ceremonia por internet: imposible olvidar lo hermosa que se veía en ese vestido de encaje blanco, resplandeciente, o la ternura y convencido apoyo en la cara de Néstor. O el júbilo de la gente en la plaza y calles, tan auténtico como masivo, bajo un espléndido sol estival.

Viví en los huesos la inmediatez del ataque reaccionario en el llamado “conflicto con el campo”. Como aquella vez hiciera mi tío, le habían saltado a la yugular a Cristina. Sin miramientos; paralizando y polarizando a un país que quería continuar su marcha. Sufrí profundamente al ver ese otro vestido de encaje, negro, envolviendo en tristeza el cuerpo de Cristina, con su mano posada sobre el cajón de su compañero de ruta. Un cajón que algunas -caricaturas de- personas insinuaron vacío. Y sin embargo, con el Bicentenario, comenzaron a consolidarse enormes progresos sociales y humanos, y llegó el 54% de gente contenta, que aún recordaba esos 90´, ese 2001.

Fast forward a años de incesante taladro mediático, al calculado advenimiento de “la grieta”, al venenoso fulgor de superestrellas políticas y periodísticas nacidas de su propio espejo invertido; al implacable formateo de cerebros en la era de las redes sociales…a una embestida corporativa de tal magnitud que hubiera resquebrajado la represa más sólida. Capaz de forzar errores en el jugador más diestro, de salpicar con orina la acuarela más esmerada. De arruinar un proyecto imperfecto pero verdaderamente humano. A la infiltración de las filas propias; a la dispersión de las energías, a la instalación de candidatos titiriteados. Al mamarracho de ese Fiscal suicidado bajo presión de futuras funcionarias públicas. Al debate electoral más repugnante que la mirada hacia atrás pueda entregar. A la estafa más enorme y cantada de la democracia argentina. A la clonación de las causas judiciales por todo el continente y al retroceso de la historia en América Latina.

Desde hace unos años me cuesta mucho conectar con mi gente de allá; de hecho ya ni lo intento. Con esa prima, brillante y sensible, que sin embargo votó al que “no necesita robar, si ya es rico”. Con ese hermano que posteó en el grupo familiar de whatsapp su foto en el festejo PRO de Costa Salguero – “Sí se puede!”-, y que tras los primeros ajustazos razonó que “hay que darle tiempo”. Con el cuñado que en ese mismo grupo subió memes del “se robaron todo”. Con mi viejo jubilado que hoy se desespera por la inflación, los tarifazos, y con la miseria de su jubilación; pero que me comenta, con el orgullo del compinche, que “la Gobernadora le paró el carro a los bañeros de Mar del Plata”. Con ese amigo que anteriormente editaba libros para la Cancillería de un país soberano, pero que hoy no asocia la pérdida de esa cuenta con su voto en favor “de abrirnos al Mundo”.

Afortunadamente, aún conecto con mis hermanas más chicas; sobre todo con la menor. En sus veinte y pico años, son post adolescentes en el mundo de la post verdad; y no habían nacido en los 90´. Son las únicas a las que excuso de haber inhalado ese tóxico humo amarillo aunque -lamentablemente- serán las primeras en golpearme la puerta acá, cuando la historia se repita. Pero siento que el resto, con su negación individual y colectiva, me vuelve a echar del país. Desde ese lugar, esta emigración se parece más a un exilio.

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