Esperando la carroza

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Un pueblo que parece estar solo “esperando la carroza”, aguantando hasta el final el huracán oligárquico que está arrasando los últimos vestigios de su dignidad, abandonada solo para tomarse con fuerza del odio sin criterio y el desprecio sin motivo real. Una sociedad esperanzada a través de discursos tan vacíos como el espacio interestelar, sigue sin comprender la realidad que se manifiesta con crudeza en el abandono y la desolación de los desocupados, en los comercios vacíos, en las industrias cerradas.

La llamativa quietud social masiva frente a la devastación económica, expresa con claridad el grado de dominación de las conciencias que el poder ha alcanzado. Como si nada importante sucediese, como si frente a nosotros no se estuviera por derrumbar el edificio de la historia, la calma parece ser la respuesta elegida por los afectados, algunos de los cuales prefieren creer que no lo están demasiado, mintiéndose sus miserias inminentes, postergando sus reacciones hasta el tardío instante en el que ya nada pueda hacerse.

Un pueblo que parece estar solo “esperando la carroza”, aguantando hasta el final el huracán oligárquico que está arrasando los últimos vestigios de su dignidad, abandonada solo para tomarse con fuerza del odio sin criterio y el desprecio sin motivo real. Una sociedad esperanzada a través de discursos tan vacíos como el espacio interestelar, tan oscuros como el lado ídem de la Luna, sigue sin comprender la realidad que se manifiesta con crudeza en el abandono y la desolación de los desocupados, en los comercios vacíos, en las industrias cerradas.

La disputa por la atención mayoritaria la está ganando con creces lo superfluo por sobre lo importante, con ese juego maniqueo de los veranos televisados, con esa tilinga forma de disolver los intelectos con el ácido del entretenimiento idiota, insuflando sentidos contrarios a los intereses y las necesidades de los mirones, convertidos solo en eso, simples espectadores del drama disfrazado de comedia para solaz de sus patrocinantes, esos mismos que elevaron a la categoría de “estadistas” a los actuales hacedores de todas nuestras desgracias.

Como orondos e inocentes veraneantes, los miembros del “mejor equipo” se pasean por las playas esteñas o cariocas, dejando caer sus pérfidas “reflexiones” sobre el negro pasado y el blanco porvenir, mostrando con desparpajo sus millonarias existencias, degradando aún más, si se pudiese, el nivel del oprobio y el sometimiento a una sociedad que mira sin ver lo que estos monstruos representan, con las sonrisas cómplices de los preguntones que, pretendiéndose periodistas, exhiben todo su histrionismo chupamedístico.

Mientras tanto, la mayoría de aquellos que debieran liderar con vehemencia las claras manifestaciones contra las tramposas condiciones que se nos imponen a través de la fabricación de sentidos comunes y lenguajes elucubrados para la dominación, aparecen más preocupados en cuidar sus miserables “quintitas” de pequeños poderes circunstanciales, antes que colaborar en la elaboración de un pensamiento contundentemente opuesto al de esta runfla de asesinos de la verdad y la Nación, acompañado de un jerga que dispute con coherencia y habilidad política el poder.

Atravesados por el temor a la derrota electoral, prefieren difuminar sus ideas en nubosas exposiciones sin concretas referencias a las acciones que, en realidad, se deben decidir. Mimetizándose con el enemigo, utilizando sus mismas palabras y sentidos, construyen una discursiva inútil, carente de contundencia y relevancia, con la que poco y nada podrán convencer a los que solo esperan esa carroza del final, abandonados y sin referencias opuestas de verdad que levanten sus espíritus, aplastados por un enemigo cuya única sabiduría es, justamente, la de horadar las neuronas con mentiras prolijamente preparadas y mejor difundidas.

Queda solo el camino de la manifestación cruda y rotunda de un pensamiento que le ponga blanco sobre negro a la realidad. Queda la ruta dura y compleja de elaborar con premura y calidad las pautas que sostengan los mejores conceptos que las luchas populares fueron conjugando a lo largo de nuestra rica historia política y social.

Y queda la mayor y más relevante de las acciones, la de comunicarlas a sus expectantes destinatarios con la habilidad de quien lleva consigo algo más que palabras sueltas de un discurso de ocasión, mucho más que simples enumeraciones de programas electoralistas. Será con la verdad de nuestra historia, con el corazón de nuestros sentimientos patrióticos y con las herramientas comunicacionales que el enemigo ha utilizado con tanta perversión, que ese testimonio podrá convertirse en la espada que desate el nudo mugroso de obscenidades y falsías con las que supieron atar a las mayorías, esperanzadas en una carroza cuyo destino es el mismo fondo del abismo que tantas veces visitaron.

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