Éxitos y fracasos de los amarillos

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Si no fuera por el daño que están produciendo, deberían inspirar lástima. Carentes de logros, los PRO quieren generar algo que puedan contar en campaña, pero no les sale.  Para ellos es un éxito que en un país tan rico haya más de un tercio de pobreza. A eso han venido, a llevar el salario más alto de la región hasta el último puesto; a volvernos el segundo país más miserable del mundo, a reprimir a los que claman por sus derechos; a inventar más necesidades; a imponer un “Sí, se puede” para muy pocos y un rosario de imposibilidades para el resto.

Si no fuera por el daño que están produciendo, deberían inspirar lástima. Carentes de logros, los PRO quieren generar algo que puedan contar en campaña, pero no les sale. Cansados de pifiar, ya no hacen pronósticos. Empachados de traicionar, ya no prometen nada. A pocos meses de las elecciones, sólo les queda consolidar el núcleo duro y esperar que la complicidad comprada de medios y periodistas permita conquistar el voto de algún distraído. Mientras tratan de contener al dólar a fuerza de peligrosas tasas, manotean algunas descabelladas medidas para beneplácito del público odiador. Y, por supuesto, siempre tienen a mano algunas frases de póster, al estilo de “les hicieron creer que”, “ya se ve la luz al final del túnel” o “créanme, éste es el camino”. Todas orientadas a alimentar esperanzas con patrañas en las que ni ellos creen.

Al parecer, todos compiten por el premio al Mejor Embaucador, pero los que encabezan el podio son el empresidente Macri y el Jefe de Gabinete, Marcos Peña Braun. La vice Michetti, aunque se destaca por sus tropiezos buco-linguales, conceptuales, cognitivos y tempo-espaciales, no busca engañar a su público: sólo es así de vergonzante. Laura Alonso, desde la Oficina Anticorrupción también es autora de frases absurdas, pero hay que comprenderla porque está enamorada del mandatario al que debería controlar. El ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne es otro que farfulla incoherencias, pero quizá sean errores de traducción en el libreto que elabora Madame Lagarde.

Una que dice y hace ridiculeces es la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. En torno al 24 de marzo –y de puro rencor, nomás- cuestionó que el Día de la Memoria haya sido acaparado por los organismos de DDHH. ¿Qué otra cosa esperaba? Si ese día fue construido por Madres, Abuelas, HIJOS y todas las víctimas del terrorismo de Estado. Sin dudas, los pensamientos oscuros son un viaje de ida, no te subas. Después, propuso –a tono con su plan “cuidemos a quienes nos cuidan”- la creación de la Unidad de Garantía de Derechos Humanos de las Fuerzas Policiales y de Seguridad Federales, que reparará «los daños causados por agravios» a los propios efectivos, cometidos por «otros miembros de las Fuerzas o bien por ciudadanos». Una iniciativa que, desde todos los puntos de vista posibles, rompe con toda lógica sólo por provocar. Y para demostrar su impericia para cualquier ministerio a su cargo, apresó a dos arquitectos chilenos por confundir dos parlantes, un grabador y un cable con un artefacto explosivo, retuvo en Mendoza a un equipo de ciclistas colombianos y deportó al equipo pakistaní de Futsal, que debía competir en el Mundial Misiones 2019, por cuestiones de seguridad nacional. La integración al mundo, ésa te la debo. Y todo esto con la plata que ponemos entre todos. Aunque parezca mentira, alguien puede superar esto.

Aguanten que ya viene

El “estamos creciendo” que Macri recita como un mantra parece el “estamos ganando” dictatorial de tiempos de la Guerra de Malvinas. El artificio que, si no convence a los escuchas, hace quedar como extraviado al que lo emite; tanta seguridad en lo inverosímil instaura la duda en los que saben que no es así. Total, como Macri y sus secuaces son el Poder Real hecho gobierno, tienen la potencia para imponer cualquier pavada.

Aunque se estampen la narizota contra la realidad, dicen lo que dicen a sabiendas que nadie cuestionará nada. El que más abusa de esta treta es Marcos Peña Braun, capaz de negar la existencia de la militancia rentada que envenena las redes sociales o de culpar de todos los males al gobierno por venir. En estos días, con el cinismo que lo desborda, aseguró que no cree “que estemos ante un fracaso económico”. Cada frase de esta gente inspira un tratado. De tan ambiguos, se puede interpretar cualquier cosa. Él dice que ‘cree’ y ya sabemos que la creencia es tan personal y caprichosa que puede contradecir la realidad más contundente.

Él no cree que esto sea un fracaso económico, aunque se proyecta una inflación que promete superar la del año pasado con un dólar que arañará los 50 pesos. Él no cree que esto sea un fracaso económico, a pesar de que las empresas más importantes exhiban números en rojo: Arcor tuvo en 2018 una caída en sus ganancias de más de mil millones de pesos; Molinos Río de La Plata, de Pérez Companc, sumó al rojo de 754 millones de 2017, la pérdida de 1700 millones de pesos de 2018; la desarrolladora inmobiliaria Consultatio bajó de 6620 a 2149 millones de pesos y eso que opera en Puerto Madero y Nordelta; la empresa del amigo presidencial Marcelo Mindlin, Pampa Energía, ganó un 17 por ciento menos que en 2017 con todos los beneficios que recibe de La Rosada SA; Aeropuertos Argentina 2000, de la familia Eurnekian ganó 1023 millones contra los 3467 millones de pesos de 2017. Si las más grandotas acusan semejantes derrumbes, duele imaginar el drama de las medianas y pequeñas. Esto es un fracaso económico en cualquier sistema solar. Y no de las empresas, sino de las políticas gubernamentales.

Para Marcos Peña esto no es un fracaso económico porque lo único que triunfa es la timba financiera. Mientras el consumo decae a pasos agigantados por la pérdida del poder adquisitivo de la mayoría, el Banco Macro conquistó ganancias un 55 por ciento mayores que las de 2017 y el Supervielle, duplicó su saldo positivo. La especulación es lo único que da ganancias en Macrilandia. Y ahora, con la decisión del Banco Central de autorizar a los bancos a volcar todos sus depósitos en Leliq, los especuladores descorchan champaña. Claro que no es un fracaso económico: es un éxito absoluto para los que ganan fortunas sin producir nada, multimillonarios vagos mantenidos con el esfuerzo de todos.

Para ellos es un éxito que en un país tan rico haya más de un tercio de pobreza, aunque el Jefe de Gabinete sostenga lo contrario. A eso han venido, a llevar el salario más alto de la región hasta el último puesto; a volvernos el segundo país más miserable del mundo, después de Venezuela, de acuerdo al índice de la revista Forbes; a impedir que nuestros niñes se alimenten, se eduquen y se curen; a dificultar los últimos años de nuestros abueles; a amenazar, perseguir y silenciar a los que quieren frenar tanto deterioro; a reprimir a los que claman por sus derechos; a inventar más necesidades; a imponer un “Sí, se puede” para muy pocos y un rosario de imposibilidades para el resto.

Los PRO, en representación de una minoría selecta, vinieron a reconquistar el país en nombre del Imperio; a borrar de la memoria colectiva 70 años de historia para restaurar el modelo agro-exportador, rentístico y oligárquico. Y si los dejamos un tiempo más, borrarán 200 años para transportarnos a los tiempos de la colonia. Entonces sí, habrán conquistado un éxito absoluto.

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