Historias debidas

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Fuego cruzado. Intento de asalto. Tentativa de robo. Legítima defensa. Por ahí, un “Gatillo fácil” para inclinar un tantito la balanza. Vidas pequeñas. Muertes absurdas. Titulares gigantes. Poco cuentan esas mayúsculas de quiénes eran las víctimas. Y mucho de lo que la sociedad necesita que sean para justificar sus prejuicios, sus estigmas, sus exigencias legales, sus “corta la bocha”, sus Baby Etchecopar, sus Lanata, sus Legrand y sus Giménez. Historias que ya son historia y que poco importan pero que sirvan para discutir la baja de edad de imputabilidad o la pena de muerte junto a la cotización del dólar y el precio de los tomates. Y para perpetuar la marginalidad de esos nadies que, como decía Galeano, solo figuran en la crónica roja de la prensa local y cuestan menos que la bala que los mata.

“Fuego cruzado”. “Intento de asalto”. “Tentativa de robo”. “Legítima defensa”. “Drama pasional”. “Relación prohibida”. Por ahí, un “Gatillo fácil” para inclinar un tantito la balanza. Vidas pequeñas. Muertes absurdas. Titulares gigantes.

Poco cuentan esas mayúsculas de quiénes eran las víctimas. Y mucho de lo que la sociedad necesita que sean para justificar sus prejuicios, sus estigmas, sus exigencias legales, sus “corta la bocha”, sus Baby Etchecopar, sus Lanata, sus Legrand y sus Giménez. Su falta de sentido común y su infamia.

Cristian Toledo tenía veinticuatro años. Laburaba. Laburaba mucho. Laburaba tanto que se había convertido en el encargado de la ferretería de la Villa 21-24. La ferretería que está frente a la parroquia. La parroquia en la que el Padre Toto sigue buscando entre sus plegarias alguna que le redima la impotencia. Impotencia que escupe en la voz de una Garganta Poderosa que le permite hablar de su rostro franco, de su sonrisa constante, de su buen trato con los vecinos, de los antecedentes policiales que jamás tuvo. De Paragüita, como le decían sus amigos. Sus amigos de toda la vida. La vida que puede vivirse en apenas veinticuatro años. Cristian murió por un balazo. Un balazo de los ocho que disparados en una avenida por un policía. El policía que declaró que pensó que se trataba de un intento de asalto. El intento de asalto que resumió el titular.

Cristian murió por un balazo. Un balazo de los ocho que disparados en una avenida por un policía. El policía que declaró que pensó que se trataba de un intento de asalto. El intento de asalto que resumió el titular.

Elizabeth Anabella Solís Álvarez tenía trece años. Trece años de mujercita incipiente entre jirones de infancia. Infancia de amigos a través de muros y de un universo a descubrir más allá de su barrio de Santa Catalina, con la mágica llave de las redes sociales. Redes sociales como junglas. Junglas en las que conviven presas y bestias. Bestias de treinta años y con uniforme.

Uniformes de cachar dignidad, de cuestionar identidades, de imponer orden, de acallar gritos, de reprimir reclamos y de seducir inocencias. Inocencia baleada por una nueve milímetros en una cama de hotel. Hotel al que alguien permitió a la bestia ingresar con la niña. La niña chaqueña con la que vía Facebook, desde su porteña y sucia conciencia, inventó una relación. Relación prohibida y otro titular resuelto.

Rodrigo Correa tenía catorce años. Catorce también fueron las vainas. Vainas pertenecientes a la Bersa reglamentaria de un subteniente. Subteniente que le disparó a él y a su “banda”. Banda de amigos con los que Rodrigo recorría la calle. La calle en la que se cruzó con el oficial y su novia. La novia que declaró que supusieron que querían robarles y que uno de ellos sacó un arma. Arma que jamás se encontró en el lugar donde el cuerpo de Rodrigo se convirtió en una silueta de tiza después de que un tiro en la nuca le rematara el futuro. Futuro truncado por alguien que lo imaginó ladrón e inventó un fuego cruzado. Fuego cruzado que intentó ser el siguiente titular hasta que Gatillo fácil le copó la tapa.

Tres historias que ya son historia y que poco importan mientras que un Polaquito extorsionado para vomitar sus miserias en primerísimo plano nos vuelva impunes de discutir la baja de edad de imputabilidad o la pena de muerte junto a la cotización del dólar y el precio de los tomates. Y para perpetuar la marginalidad de esos nadies que, como decía Galeano, solo figuran en la crónica roja de la prensa local y cuestan menos que la bala que los mata.

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