La cloaca de la justicia

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Metáfora perfecta, si alguna vez la hubo, el desborde cloacal en los tribunales federales de Buenos Aires ejemplifica, como nada antes, la materia de la que están constituidos los expedientes que allí se tramitan. Expresa también la materialización del odio y el desprecio con que se elucubran causas imposibles.

A veces, la lógica triunfa en medio de tantas mendacidades judiciales. En ocasiones, la realidad emerge y atraviesa todos los sentidos, se desparrama por el camino que se transita, borbotea desde las entrañas de la mentira institucionalizada, se hace río de oscuros y malolientes restos de sentencias prefabricadas, se desliza por las escaleras que conducen a esas salas del horror jurídico, donde la falacia hace mucho que le ganó la partida a la verdad, para regocijo de un Poder que lo puede todo.

Metáfora perfecta, si alguna vez la hubo, el desborde cloacal en los tribunales federales de Buenos Aires ejemplifica, como nada antes, la materia de la que están constituidos los expedientes que allí se tramitan. Expresa también la materialización del odio y el desprecio con que se elucubran causas imposibles, manifiesta la catadura moral de quienes las elaboran, pone negro (o marrón, en este caso) sobre blanco, la orientación y los objetivos de esa institución donde la soberbia predomina y la “Justicia” ha pasado a segundo plano, taponada (vaya paradoja) por papeles donde nada se demuestra, salvo la deshonestidad de quienes los escriben.

Tan preocupados, los jueces, en preparar sentencias anticipadas a las pruebas, se les pasó el detalle de la acumulación de sus necesidades fisiológicas extremas, provocando la ebullición de los restos entubados, que explotaron de vergüenza ante tanta inequidad de la balanza trabada siempre del lado del Poder, inclinando su mirada hacia ese lugar que le provee de las obscenas ventajas de remuneraciones intocables por impuestos y sostenidas hasta sus muertes.

Tan enfrascados en redactar originales métodos de peritajes, los fiscales acompañaron a sus superiores en la proliferación de evacuaciones permanentes de rencores ilimitados, llenando los receptáculos sanitarios de probanzas sin sentido y materias leguleyas indigestas, hasta ver repletos los recipientes de inmundos dictámenes desarraigados de la Constitución y las leyes.

Más preocupados en conservar sus cargos que en otorgar derechos y garantías, los empleados del lugar solo se atreven a transitar los pasillos hediondos desde y hacia los archivos de la sumatoria del horror jurídico. También ellos se han convertido en engranajes indispensables para la consumación de las perversas acciones, paradójicamente ilegales, en el supuesto mundo de la máxima legalidad, colaborando, queriendo o no, con los actos más abyectos de la historia de un Poder judicial corrupto como nunca.

Por esos mismos trayectos viciados por la contaminación más repugnante que se haya conocido, deben caminar los acusados de todos los males imaginables, los señalados como responsables de cada una de las desgracias nacionales, los caballitos de batalla salvadores de responsabilidades propias de un gobierno de minusválidos morales. Por allí caminan esos ciudadanos (y ciudadanas) que alguna vez fueron los artífices de la salvación de millones de almas desesperanzadas, a quienes se les otorgaba (por fin) derechos conculcados durante décadas.

Con los índices gigantes de los medios poderosos, se les señala como los peores delincuentes, se les obturan sus defensas, se les niegan las pruebas, se les atiborra de denuncias con menos consistencia que los ríos de suciedades que ahora llenaron esos recintos tribunalicios. Desde afuera, millones de impávidos mirones se contentan con sus desgracias (las propias), con tal de ver a algún ridículo “justiciero” con carnet de juececillo, sentenciar al máximo motivo de sus odios, de los cuales no reconocen ni los orígenes, pero les aseguran la satisfacción de una venganza por lo que no fue, una revancha sobre lo que jamás existió.

Tal vez sea hora de conformar una cuadrilla enorme, de millones de integrantes, que tome en sus manos la limpieza de esos tribunales del escarnio y la mentira programada, que barra y lave con fuerza tanta miseria espiritual acumulada, tanta resaca ética amontonada, tanto dolor popular archivado en el olvido de una sociedad descarriada. Y destape para siempre los sumideros de las falsas promesas, las aversiones inventadas, los desprecios impuestos por los inmundos promotores del engaño mediatizado. Entonces sí podrá volver a sentirse el renovado perfume de la libertad que nos robaron, en nombre de una Justicia que nunca existió.

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