La corrupción del hambre

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El hambre es la máxima corrupción de los corruptores maléficos, que se valen de ella para aplastar al descarte de la sociedad, matando sin necesidad de armas, ocultando bajo la alfombra del abandono a los descartables del sistema, los que nacen sin otro destino que padecimientos infinitos que acabarán temprano con sus vidas. Esa es la lucha contra la corrupción que nunca harán factible los que se llenan las bocas con esa palabra que ni siquiera comprenden.

El uso mediático de algunas palabras termina por lavar sus significados, esterilizar sus etimologías, menoscabar sus importancias. Es el caso de la palabra corrupción, que aparece mencionada cada día, a cada hora, en cuanto “informe” político-periodístico se propague por los “mentimedios” masivos de (in)comunicación.

Como a un reguero de pólvora, se la enciende con fines explosivos en la sociedad, con el objetivo de producir efectos específicos en los receptores, destinados a establecer certezas incomprobables pero necesarias para quienes las promueven. Puesta al aire, ya no habrá regreso, ni aún con demostraciones palmarias de sus falsedades. Se sostendrán contra cualquier prueba en contrario, porque lo hereje de la necesidad supera el valor de la ética periodística y política.

Ocupados entonces en esas ambiciones denostantes de líderes populares y patriotas consecuentes con sus ideas, “olvidan” las otras corrupciones, las reales, las que dañan sin necesidad de difundirse, las que forman parte del arsenal de las oligarquías para mantener sus supremacías y elevar sus ya obscenas fortunas.

El hambre, esa es la máxima corrupción de los corruptores maléficos, que se valen de ella para aplastar al descarte de la sociedad, matando sin necesidad de armas, ocultando bajo la alfombra del abandono a los descartables del sistema, a los que nacen sin otro destino que los padecimientos infinitos que acabarán muy temprano con sus vidas.

Los corruptos y sus voceros mediáticos tendrán el absurdo “coraje” de mostrarnos, cada tanto, escenas de hambrientos africanos, famélicos de países lejanos, abandonados de lares desconocidos que les sirven para mostrar preocupaciones que no tienen y morales que jamás supieron entender. Hasta recaudarán fondos para combatir el hambre de aquellos abandonados, que creerán sus salvoconductos para la vida eterna junto a un Dios que se inventan a medida.

Pero el hambre está acá a la vuelta, detrás de cualquier esquina, bajo aleros que hacen las veces de cobijos vergonzantes para una sociedad que mira para otro lado, creyendo transcurrir mejores vidas, mientras se acercan aceleradamente a sus iguales perdidos en la miseria. El abandono está allí, la corrupción más profunda e hiriente se manifiesta en esos seres despreciados, el dolor más desvastador se muestra con ellos, las caras ocultas de los mensajes de prosperidades de los corruptos que nos gobiernan.

Es el producto inescrupuloso de los poderosos y la razón profunda de la degradación moral de la sociedad en su conjunto. Es el resultado de la desidia de muchos parlanchines de politiquerías intrascendentes y vacuas, denostadores de bares y colas bancarias, arregladores del Mundo de palabreríos fáciles y acciones nulas, de odiadores sin más fundamentos que sus deseos de pertenencias clasistas imposibles.

Pero los hambrientos son también el reservorio de nuestras culpas, los olvidos de nuestras responsabilidades, las negaciones de las realidades que nos estallan a cada instante con resplandores oscuros de miserias que no queremos admitir, en vano, para no contagiarnos de sus padeceres.

Luchar contra la corrupción exige acabar con el hambre. Deberá hacerse, además de proveyendo con urgencia de alimentos a los desarrapados, además de brindarles la protección que les corresponde por el solo hecho de ser humanos, empoderándolos, alimentando también sus discernimientos mutilados, otorgándoles algo más que mendrugos a sus estómagos reducidos.

Esa es la lucha contra la corrupción que nunca harán factible los que se llenan las bocas con esa palabra que ni siquiera comprenden. Esa es la razón que debiera impulsar con mayor claridad el logro de esa cacareada unidad que nunca llega, que tanto se especula y tanto se posterga. Y será el comienzo real del fin del hambre corruptor de cuerpos desvalidos y de tantas conciencias alimentadas con mentiras.

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