La deconstrucción del odio

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Ahora que nuestra Nación parece ir en camino de re-encontrarse con el rumbo popular perdido en la noche “neoliberal” y observando la reciente historia que derivó en la llegada de la oligarquía al poder político y las experiencias de nuestros hermanos de la Patria Grande, es tiempo de cambios imprescindibles de los sistemas educativos que juegan el rol principal en esa construcción maliciosa, insertando desde la niñez los conceptos provocadores de esos odios necesarios para la reproducción de los estigmas y la multiplicación de los dolores que padecerán los perdedores de esa lucha desigual. 

El odio clasista, el que se origina en las diferencias socio-económicas, o el proveniente de supuestas superioridades de quienes tienen la piel más clara sobre los que la poseen más oscura, son construcciones culturales congruentes con los desarrollos que se han generado en las sociedades a lo largo del tiempo. La cuestión del poder lleva en sí el mayor peso de esa construcción, con disputas que terminaron de acomodar las piezas de esa especie de ajedrez social, elevando a los ganadores por sobre el resto, determinando preeminencias derivadas de la habilidad para comunicar sus ideas y de transferirlas a las nuevas generaciones, además de la fuerza bruta y del miedo que ella genera, base del sometimiento y su permanencia temporal.

Fenómeno mundial, ese tipo de odio atraviesa a las sociedades con sus perniciosos resultados de exclusiones y degradaciones sub-humanas, para satisfacción de los poderosos que necesitan de sociedades alienadas y divididas, para facilitarles la continuidad de sus expoliaciones materiales y la profundización de sus dominios ilimitados.

Los resultados de semejantes enfrentamientos odiosos no les importan a los fabricantes de las desgracias que los provocan. Los genocidios, los abandonos, las hambrunas, las migraciones sin rumbo y el encarcelamiento por portación de piel o pobreza, son simples “daños colaterales” de esos aberrantes métodos de destrucción de los tejidos sociales, del hundimiento en las peores condiciones de sobrevivencia de millones de personas, que dejan de ser eso para convertirse solo en “cosas” descartables.

Los sistemas educativos juegan el rol principal en esa construcción maliciosa, insertando desde la niñez los conceptos provocadores de esos odios necesarios para la reproducción de los estigmas y la multiplicación de los dolores que padecerán los perdedores de esa lucha desigual. Son manifiestos los procederes de los educadores, sus lenguajes y manejos preparados desde su propia educación para el ámbito pedagógico, los planes curriculares elaborados para ocultar la auténtica historia y promover falsos paradigmas, siempre provocadores de resentimientos entre iguales en nombre de razones que no lo son y objetivos que no se condicen con el humanismo que debiera prevalecer en la formación de los nuevos ciudadanos.

Esa y algunas tareas mediáticas imprescindibles para ahondar semejantes desvaríos antisociales, son la base con la cual se logran provocar adhesiones a las peores ideas segregacionistas, a la acumulación de desprecios que terminan por estallar en algún momento, justo cuando los poderosos necesitan expulsar de los gobiernos a quienes intentan forjar nuevas sociedades, más justas y equitativas, donde prevalezca la solidaridad y el desarrollo sustentable e inclusivo.

Por esos andariveles del odio y la transferencia del mismo a la violencia efectiva, se han desatado ahora los ataques furibundos contra el gobierno de Evo Morales, esa verdadera revolución andina que asombra por sus resultados y su coherencia. Otra vez la “razón blanca” contra los “indios brutos”, nuevamente la repugnancia de los peores disvalores intentando derribar la legitimidad demostrada en las urnas a través de actos aberrantes, provocaciones insoportables, demostraciones todas de la bestialidad que consume los espíritus de esas personas, creídas de superioridades exaltadas por dirigentes apátridas y empujada por los dineros de la embajada y sus acostumbradas maniobras destituyentes de gobiernos populares.

Ahora que nuestra Nación parece ir en camino de re-encontrarse con el rumbo popular perdido en la noche “neoliberal” (que ni fuera “neo”, ni “liberal”) y observando la reciente historia que derivó en la llegada de la oligarquía al poder político y las experiencias de nuestros hermanos de la Patria Grande, es tiempo de escrutar los resultados de las carencias preventivas para evitar que eso sucediese, de la falta de la profundización de las medidas que se hubieran tomado y, sobre todo, de los imprescindibles cambios del sistema educativo y comunicacional, que no se hicieron en el momento debido y como se requerían para evitar tanto engaño y tanta traición.

Esa debiera ser la primordial tarea para ir conformando nuevas generaciones de individuos solidarios y abiertos a paradigmas de auténtico respeto de las diferencias, en búsqueda de la deconstrucción de la cultura de la aversión al distinto, explorando alternativas curriculares que provean a integrar sin sometimientos ni superioridades derivadas de posiciones socio-económicas. Es desde esa barricada al desprecio y la sinrazón que se debería plantear la batalla contra semejante estigma destructor de los proyectos de justicia social. Y es desde allí que podrá nacer, de verdad, ese nuevo tiempo siempre consumido en las llamas del odio irracional, al que solo con la pasión, el conocimiento y la razón se habrá de vencer para siempre.

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