La derecha modernizadora, según Piglia

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El macrismo es la derecha “modernizadora” de la que nos habla Piglia, cuyas decisiones tienen por objeto enterrar, la cultura de los derechos humanos, que se juzgan (literalmente) como “un curro” y cuyas organizaciones de defensa se atacan acusándolas de poco realistas, hipócritas u oportunistas (como hemos visto reciente con el caso Milagro Sala). La razón evidente es que los derechos humanos siguen siendo el mejor instrumento discursivo en nuestra época que tiene los explotados y los oprimidos en su reclamo de justicia.

“¿De dónde viene esa decisión?” De una pose ‘modernizadora’, que en la Argentina ha sido siempre el argumento de la derecha. Modo de enterrar una cultura y hacer otra, más ‘realista’, más ‘moderna’ y sobre todo más cínica.” Ricardo Piglia. Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación.

En vista de esto, la pregunta que uno debe hacerse es la siguiente: “¿Qué cultura es la que esta derecha “modernizadora” quiere desplazar o incluso enterrar o desaparecer? La respuesta es sencilla, también bastante obvia: “la cultura de los derechos humanos.”

Por ese motivo, propongo que prestemos atención a la “astuta” definición que la escritora Beatriz Sarlo ofreció del presidente Macri hace algunos meses, cuando le preguntaron su parecer acerca de las declaraciones del presidente respecto del “crimen del carnicero.”

Ustedes lo recordarán. El hombre (llamado “el carnicero” por la prensa local) que persiguió a un delincuente que le había robado a mano armada en su local, huyendo en una motocicleta, al que embistió con su automóvil, y acabó de rematar a golpes mientras un público salvaje festejaba al homicida. El video del asesinato fue viral (como otros linchamientos ocurridos en la Argentina actual), y fue celebrado o justificado por muchos.

Recordemos lo que el presidente (en un claro gesto “populista” – esta vez en sentido derogatorio) justificó veladamente el accionar criminal que supone el tomarse justicia por mano propia hasta el linchamiento que el carnicero, devenido héroe mediático por la prensa canalla, había ejecutado, y para sorpresa de todos señaló a los jueces su parecer: “debería estar tranquilo en su casa, con los suyos, no en la cárcel”. Sarlo, perspicaz, sentenció: “el presidente no tiene densidad moral”. Y en esa breve afirmación definió el carácter de esa “modernización” a la que Piglia hace referencia en la cita precedente.

Lo que se pretende remover, pese a la pose moralista se teatraliza para fingir una cercanía con una parte del pueblo asqueada por el aquelarre mediático que la enerva y brutaliza, es una cultura que hasta hace poco (con sus más y con sus menos), se había entronado como una política de estado: la política fundada, auto-limitada y auto-restringida por los derechos humanos.

Lo que se pretende remover, pese a la pose moralista se teatraliza para fingir una cercanía con una parte del pueblo asqueada por el aquelarre mediático que la enerva y brutaliza, es una cultura que hasta hace poco (con sus más y con sus menos), se había entronado como una política de estado: la política fundada, auto-limitada y auto-restringida por los derechos humanos.

Ética y derechos humanos

Obviamente, la ética y la moralidad, como señala el filósofo y jurista griego Costas Douzinas, no son sinónimos con los derechos humanos. En primer lugar, porque la ética precede a los derechos, les otorga su fuerza y legitimidad. Pero, también, como dice Douzinas, porque los derechos humanos son un instrumento de la ética.

El gobierno de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, como el gobierno de Raúl Alfonsín, con las ineludibles paradojas que conlleva asumir un horizonte utópico como los derechos humanos, fueron gobiernos que aceptaron esa autolimitación política función de una preocupación ética básica. Los derechos humanos, entendidos de manera integral, fueron la medida de sus aciertos y errores, de sus éxitos y sus fracasos.

Hay muchos casos y muchos aspectos en los que le kirchnerismo recientemente, y el alfonsinismo en su momento, no estuvieron a la altura de los ideales que decían defender y respetar. Sea por cuestiones estratégicas o tácticas, sea debido a auténticas limitaciones morales.

Así y todo, nadie puede negar que eslóganes como los que popularizó Cristina Fernández, “la patria es el otro”, o la reiterada referencia retórica al Preámbulo de la Constitución Nacional por parte de Alfonsín, señalan un compromiso firme con la cultura de los derechos humanos.

Nadie puede negar que eslóganes como los que popularizó Cristina Fernández, “la patria es el otro”, o la reiterada referencia retórica al Preámbulo de la Constitución Nacional por parte de Alfonsín, señalan un compromiso firme con la cultura de los derechos humanos.

La derecha modernizadora

En contraposición, el macrismo es la derecha “modernizadora” de la que nos habla Piglia, cuyas decisiones (sigo la cita) tienen por objeto enterrar, justamente, esa cultura, la de los derechos humanos, que se juzgan (literalmente) como “un curro” [Macri] y cuyas organizaciones de defensa se atacan acusándolas de poco realistas, hipócritas u oportunistas (como hemos visto reciente con el caso Milagro Sala). También Donald Trump acusó recientemente a los activistas de derechos humanos de manera semejante, mostrando el parentesco ideológico del presidente. Macri no es Trump, evidentemente, pero como también señaló Sarlo, surgen de una misma matriz.

La retórica de la resistencia

La razón de este ataque es evidente. Aunque la retórica de los derechos humanos ha sido utilizada de manera cínica por los Estados y las corporaciones, que de modo antojadizo y oportunista han convertido en un arma para atacar a sus enemigos.

Los derechos humanos siguen siendo el mejor instrumento discursivo en nuestra época que tiene los explotados y los oprimidos en su reclamo de justicia.

Los derechos humanos siguen siendo el mejor instrumento discursivo en nuestra época que tiene los explotados y los oprimidos en su reclamo de justicia.

Por ese motivo, la resistencia al gobierno de Mauricio Macri y otros gobiernos de la región que avanzan una agenda de extrema derecha que, disfrazada bajo el nombre de la “modernización”, pretende hacer desaparecer nuestros derechos, debe utilizar el talismán de los derechos humanos como su signo de identidad y su hoja de ruta.

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