La excusa de la inseguridad

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“Combatir el flagelo de la delincuencia”,  es la frase con la que se suele comenzar con una vorágine de muerte y desolación social, imparable cuando anida en algunos miembros de una clase que se pretende superior por origen racial. A partir de allí, todo ira peor, allanando el camino para superar las barreras de la moral y consumiendo a la población con el miedo permanente a los diferentes, a los menoscabados, a los objetivos de todas las injusticias programadas para terminar, no con el delito, sino con la conciencia humana.

La “lucha contra la inseguridad” forma parte esencial de las consignas de los figurones que hacen las veces de dirigentes o líderes políticos en las organizaciones políticas más conservadoras. Es su básico “caballito de batalla” para atraer la atención de grandes sectores de la ciudadanía. Tomados de necesidades evidentes que generan reclamos de la atención de los gobiernos para solucionarlos, se aferran a sus concepciones retrógradas sobre los orígenes de la violencia que dicen querer combatir, para lo cual no se les ocure mejor manera que una violencia superior, extrema y terminal.

En sintonía con las perversas formas con las que se arrasó una generación en épocas dictatoriales, avanzan, en cada oportunidad que se les da, en la implementación de medidas persecutorias de los sectores sociales que ellos han dictaminado como “peligrosos”. Instalada la estigmatización, con la complacencia de los receptores de sus mensajes racistas y degradantes, profundizan sus mensajes de odios y desprecios y habilitan reacciones violentas de las víctimas de los delitos hacia cualquier persona que tenga los rasgos étnicos o sociales parecidos a los victimarios.

Decenas de muertes han causado los falsos “errores” en la búsqueda de falsa “justicia”, avalados por la brutalidad de funcionarios incapaces y malévolos, redundantes en el uso de lenguajes y gestualidades provocadores de tales desmanes irreparables. La vida ajena no vale un centavo cuando de pobres y morochos se trata, resultando una medida de sus obscenos pensamientos, solo basados en el oscuro e irrefrenable deseo de matar, para lo cual empujan a sus tropas uniformadas a cometer las peores atrocidades, escondiéndose en sus cargos ganados a fuerza de responder a los intereses de los poderosos que propician la “limpieza étnica y social” que habilite la eternidad en los negociados con los que aumentan sus fortunas sanguinarias.

No existe casualidad alguna en la correspondencia entre esas actitudes asesinas y las propuestas que realizan cuando ostentan cargos de cualquier índole. Son parte de todo un entramado de injusticias instaladas como absolutos, con lo cual tendrán el favor de mayorías envueltas en las mismas cobijas del odio que pretenden salvadoras de sus integridades físicas. Aumentos de penas, disminución de edades para el encarcelamiento, búsqueda de atajos para poder matar sin persecución judicial alguna, son elementos comunes en sus acciones politiqueras.

“Combatir el flagelo de la delincuencia”, frase repetida hasta el paroxismo por funcionarios de todo nivel que necesite prensa para destacarse, es la forma en que se suele comenzar con esa vorágine de muerte y desolación social, imparable cuando anida en algunos miembros de esa clase que se pretende superior por origen racial. A partir de allí, todo ira peor, allanando el camino para superar las barreras de la moral y consumiendo a la población con el miedo permanente a los diferentes, a los menoscabados, a los objetivos de todas las injusticias programadas para terminar, no con el delito, sino con la conciencia humana.

Miserables de todo tipo y pertenencias, gozan de los favores de funcionarios judiciales corruptos para limpiar sus desmanes criminales. Burócratas envueltos en los peores delitos, forman parte inescindible del narcocrímen que dicen perseguir, son consumidores de las sustancias que hacen como que destruyen y terminan, muy pocas veces, en el destino carcelario que debieran tener cada uno de ellos, si existiera eso que llaman “justicia”.

No contentos con alentar crímenes y desasosiego social, redoblarán sus apuestas en las siguientes elecciones, donde prometerán más “mano dura” con el delito, para solaz de esa inmensa cantidad de idiotizados mediáticos que creen ver en semejantes perversiones, la salvación de sus míseros intereses, que de alguna otra forma les serán extraídos por los mismos que ellos votan con la extraña alegría de las víctimas que nunca se enteran de quienes son sus victimarios, perdidos detrás del árbol de la ignorancia que les tapa el bosque de las injusticias que alimentan sus brutalidades.

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