La gloria de los vencidos

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El tiempo los fue juntando, el recuerdo los alentó y supieron desandar el camino de la derrota, transformando sus vidas en ejemplos de luchas. El pueblo que los había escondido en su regreso, comenzó a comprender el mensaje prodigioso de estos valientes sin igual, descendientes reales de los que acompañaron a los grandes de nuestra independencia original. Y el respeto le ganó a la deleznable pérdida de la memoria colectiva, atravesando los corazones de las mayorías que, entonces, habían mirado para otro lado. Son los singulares sostenes de las banderas del honor de la Patria. Son los auténticos valientes de esta tierra. 

Apenas saliendo de la adolescencia, cargando sus fusiles desvencijados, sus mochilas sin sustento y sus ropas sin abrigo, se subieron a un espejismo inventado por la perversión de sus mandantes, atravesando el tiempo de la alucinación para pararse ante un enemigo impiadoso y letal, con la valentía de los que sienten la Patria en el corazón.

Comenzaron una doble guerra, ante los piratas ladrones de nuestras tierras y contra sus propios superiores, denigrantes seres formados para matar inocentes desvalidos y torturar víctimas, antes que para guiar hacia el triunfo a sus subalternos. Supieron del martirio y la traición, del heroísmo supremo, del hambre y el penetrante hedor de la muerte temprana. Se sumergieron en horrendas trincheras para morir congelados y supieron del tormento feroz de las estaqueadas ordenadas para mostrar superioridades imposibles de sus inútiles jerarcas.

Terminaron arrastrando sus cuerpos lacerados o mutilados por el camino cruel de la derrota anunciada, soportando la repugnante traición de los cobardes al mando. Los subieron a un barco que trasladó sus dolores inmensos hasta una tierra que los recibió en silencio, escondiendo sus heroísmos detrás de la miserable pantalla del olvido. Supieron de las mentiras y la falsa solidaridad. Conocieron la sinrazón de sus destinos y la inmunda felonía de los generales deshonrosos.

Cargaron con culpas que no tenían, con rechazos que no merecían y con pobrezas que acentuaban sus castigos. Algunos prefirieron terminar con tanta alevosía atravesando sus cuerpos con las balas que el enemigo no pudo acertarles en el campo de batalla. Otros volvieron a caminar la senda dura de sostener familias abandonadas por los mismos que ni siquiera quisieron cuidarlos a ellos. Subidos a un colectivo, vendiendo baratijas, fueron acomodando sus cuerpos y mentes a las circunstancias que les deparó el malhadado destino al que los poderosos les forzaron.

De aquel exitismo belicista a estas lágrimas por los soldados caídos

El tiempo los fue juntando, el recuerdo los alentó y supieron desandar el camino de la derrota, transformando sus vidas en ejemplos de luchas. El pueblo que los había escondido en su regreso, comenzó a comprender el mensaje prodigioso de estos valientes sin igual, descendientes reales de los que acompañaron a los grandes de nuestra independencia original. Y el respeto le ganó a la deleznable pérdida de la memoria colectiva, atravesando los corazones de las mayorías que, entonces, habían mirado para otro lado.

Son los singulares sostenes de las banderas del honor de la Patria. Son los auténticos valientes de esta tierra. Son los únicos que pueden sostener la bandera de Belgrano sin mancharla de injusticias y torturas. Y son los herederos bicentenarios de aquel que atravesó la Cordillera para construir el sueño grande de libertad que no acabó todavía.

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