La inversión de la prueba

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A pesar de estar claramente establecido que nadie es culpable hasta que se lo pruebe en un juicio con absoluta garantía de defensa, los tribunales mediáticos se han convertido en expeditivos juzgados que realizan la acusación, aportan sus pruebas sin escuchar ni ver otras que pudiesen ir en sentido contrario, emiten sus veredictos y dictan sentencias. Ante semejante injuria a la verdad, lo mejor será recordar una frase del gran Francisco de Quevedo, aquel escritor del Siglo de Oro Español, cuando dijo: “Donde hay poca justicia, es un peligro tener razón”.

A pesar de estar claramente establecido que nadie es culpable hasta que se lo pruebe en un juicio con absoluta garantía de defensa, los tribunales mediáticos se han convertido en expeditivos juzgados que realizan la acusación, aportan sus pruebas sin escuchar ni ver otras que pudiesen ir en sentido contrario, emiten sus veredictos y dictan sentencias.

Después que todo eso suceda, además, perseguirán a los fiscales y jueces hasta lograr sus adhesiones a lo emitido por la “superior sala mediática de in-justicia”. Si no lo hacen, ya sabrán los encumbrados “peridistoides”, como extorsionar con revelar antiguas faltas (reales o no) en sus carreras judiciales, para acallar toda posibilidad de discordia con la sentencia televisiva.

Cuentan, también contrariando las leyes, con la posibilidad de realizar el mismo juicio centenares de veces, con sus permanentes repeticiones en otros tantos medios. Con semejante efecto multiplicador, será muy dificultoso lograr que la población llegue a dudar de lo que se ha sentenciado por las pantallas. Todos y todas asumirán como propias esas verdades elucubradas por los imitadores de jueces sin títulos ni togas, pero con mucho más poder.

Los obnubilados mediatizados señalarán las culpas de culpables que no saben si lo son, porque jamás pudieron demostrarse, pero a las que creen que vale la pena adherir, para sentirse parte de un colectivo de odiadores vanos, reducto final de sus conciencias abatidas por los poderosos, que les han arrancado hasta sus propias sensateces.

Convencidos de semejantes resultados, los obnubilados mediatizados señalarán las culpas de culpables que no saben si lo son, porque jamás pudieron demostrarse, pero a las que creen que vale la pena adherir, para sentirse parte de un colectivo de odiadores vanos, reducto final de sus conciencias abatidas por los poderosos, que les han arrancado hasta sus propias sensateces.

A no pensar que esto solo vale para sus perseguidos políticos. En todos los casos judicializables, estarán los medios emitiendo veredictos tempranos, basados en ridículas investigaciones de payasos trasvestidos de periodistas serios y abogados farandulescos que intentan remedar a los conocidos personajes de series norteamericanas.

No faltarán nunca las sesudas reflexiones de supuestos profesionales, que certificarán lo imposible de aseverar sin haber tenido el mínimo contacto con expedientes o personas involucradas en los supuestos delitos que, sin pudor, presentan como seguros. Cerrarán el círculo obsceno del convencimiento mayoritario sobre lo que no se sabe su real existencia.

Ante semejante injuria a la verdad, lo mejor será recordar una frase del gran Francisco de Quevedo, aquel escritor del Siglo de Oro Español, cuando dijo: “Donde hay poca justicia, es un peligro tener razón”.

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