La jueza que olvidó

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En el año 2006, siendo Presidente Néstor Kirchner, por iniciativa de la jueza Elena Higton de Nolasco, se creó dentro del ámbito de la “Corte Suprema de Justicia de la Nación”, la Oficina de Violencia Doméstica (OVD). La Ministra, miembro de la Corte Suprema de Justicia plantó un jalón en el doloroso campo de los femicidios. Ahora, trastocó su propio convencimiento en contra de la violencia de género, esa misma violencia que fue practicada por el Estado totalitario, a través del disciplinamiento que le impusieron a las mujeres detenidas, haciéndose cómplice de Carlos Rosenkratz y Horacio Rosatti para lograr la mayoría necesaria para aplicar el 2×1.

El pensamiento contemporáneo nos propone una categoría fundamental para revaluar el sentido de lo humano en nuestra experiencia con el mundo: el cuerpo. Este es el espacio donde el sentimiento y el pensamiento se entretejen, donde la fragilidad restituye los ámbitos del dolor y el placer, de la felicidad y la tristeza, de la vivencia encarnada de nuestras situaciones cotidianas, de los cuerpos que transitan por el mundo sociocultural.

Año tras año, día tras día, los canales de noticias nos van congelando el alma, con su repiquetear anunciando el asesinato de una joven, de una mujer embaraza o no, madre o no, trabajadora o estudiante. Son acontecimientos, que a fuerza de ser repetidos profundizan y calan hondo hasta la conmoción emocional. Pasa el tiempo y se nos van confundiendo los nombres de esas jóvenes vidas tronchadas por la acción brutal y despiadada, de novios, amantes, esposos o circunstanciales “cazadores nocturnos”.

En 1990 la sociedad argentina toda se estremeció con el asesinato de María Soledad Morales en Catamarca. Otras jóvenes, que se citan aquí sin fecha y sin orden, han sido Araceli Fulles, Buenos Aires, Micaela García, Entre Ríos, Florencia Di Marco, San Luis, Lucía Pérez, Mar del Plata, Nair Mostafá, Tres Arroyos, Jimena Hernández, ciudad de Buenos Aires, , Ángeles Rawson, ciudad de Buenos Aires, Claudia Palma, Salta, Sofía Viale, La Pampa, Maira Ruarte, San Juan, Miriam Valiente, Misiones, Mercedes Figueroa, Tucumán, Rocío Barletta, Córdoba, Keila Rojas, Santa Fe, Candela Sol Rodríguez, Buenos Aires, Cassandre Bouvier y Houria Moumni, Salta, Nahir Agustina Mamani, Jujuy, y centenares, miles más.

Y son miles, pues solo en 2015 hubo 13.520 víctimas de delitos sexuales, sin contarse las violaciones consumadas. La tasa es de 31,3 cada 100.000 habitantes. Hay un dato significativo y abarcador en estos crímenes: en general las víctimas son sometidas por uno o más hombres, los que una vez saciadas sus enfermizas pulsiones, se deshacen del cuerpo de las víctimas, bajo distintas formas, todas espeluznantes. Responden a esa locura incontrolable, sin límites y sin fronteras, ni humanas, ni éticas, ni morales. Se consuma en una misma noche, quizás en horas, y luego huyen, impelidos por el terror de ser descubiertos. Tienen plena consciencia de sus actos.

Sólo en 2015 hubo 13.520 víctimas de delitos sexuales, sin contarse las violaciones consumadas. La tasa es de 31,3 cada 100.000 habitantes.

Los medios de comunicación buscan justificar en forma banal y estúpida, siempre dolorosa, estas tendencias asesinas basados en los mohines fotografiados de las niñas, en su ropa, en la calidad social del salón de baile o en las amistades, hasta en el alcohol y la droga de la previa. Se agranda la culpabilidad de la víctima, minuto a minuto, movilero tras movilero.

Ante el dolor y el enervamiento, la anomia judicial se patentiza. La población empieza a exigir a la “justicia” medidas de contención a estas aberraciones, encarnizadas en sus propias hijas, en el mismo pueblo. ¿si hay excepciones? Claro que las hay, los “cazadores” actúan al voleo, haciendo caso omiso de la clase social de pertenencia.

Una variante más oculta y con menor trascendencia es la violencia doméstica sobre otras jóvenes, donde sus novios, esposos, etc., las muelen a palos, literalmente. Es lo mismo pero más sistematizado, más repetitivo, más sobre una misma víctima. A sus mujeres “cautivas” las someten hasta el asesinato. Los ejemplos y las maneras, sobran.

En el año 2006, siendo Presidente de la Nación Néstor Kirchner, por iniciativa de la jueza Elena Higton de Nolasco, se creó dentro del ámbito de la “Corte Suprema de Justicia de la Nación”, la Oficina de Violencia Doméstica (OVD). La Ministra, miembro de la Corte Suprema de Justicia percibió esta situación criminal y con la creación de la OVD plantó un jalón en el doloroso campo de los asesinatos de estas jóvenes, algunas madres o embarazadas.

Hay que recordar que la ley Nº 26.485, ley de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, conceptualiza cinco tipos de violencia de género y seis modalidades de violencia (según los ámbitos donde se manifiesta/n). En orden alfabético: violencia económica y patrimonial, física, psicológica, sexual y simbólica; violencia contra la libertad reproductiva, doméstica, ”institucional”, laboral, mediática y obstétrica.

Pero Elena Higton de Nolasco solo se horroriza, con toda razón y justicia, ante algunas muertes. A otras, a las víctimas institucionales las abandona, no se horroriza. ¿cómo las abandona? ¿cómo se desdice y retrocede? Haciéndose cómplice de Carlos Rosenkratz y Horacio Rosatti para lograr la mayoría necesaria para aplicar el 2×1, en beneficio de otros “cazadores”, ya no surgidos del impulso incontenible de la pulsión incontrolada, sino como fruto de un meditado plan de “cacería mayor” a cargo del Estado.

Elena Higton de Nolasco hizo desaparecer una vez más a las desaparecidas. “Desandó” por puro convencimiento un camino que había ayudado a construir en ese mundo de las mujeres–objeto.

Elena Higton de Nolasco hizo desaparecer una vez más a las desaparecidas. “Desandó” por puro convencimiento un camino que había ayudado a construir en ese mundo de las mujeres–objeto.

En esta pausa cerebral, Elena Higton de Nolasco, quizá fruto de su edad, trastocó su propio convencimiento en contra de la violencia de género, esa misma violencia que fue practicada por el Estado totalitario, a través del disciplinamiento que le impusieron a las mujeres detenidas.

A diferencia de las jóvenes puntillosamente mancilladas por los medios de comunicación, donde el pudor y el respeto desaparecen sobre las niñas muertas, la jueza olvidó que las jóvenes de hace 40 años eran empaladas, sometidas a torturas criminales e inhumanas pero por unas horas, ya que si no morían por el sufrimiento atroz de ese día volverían a someterlas al día siguiente. Se abusaba de ellas, de todas las maneras y en todas las formas, por uno o por varios, hasta que las volvían a tirar entre tabiques para retornar sobre ellas.

En todos los genocidios de los Centros Clandestinos de Detención hubo violaciones masivas. La violación fue otra manera de humillar y someter. A las embarazadas les quitaban sus niños al nacer, en partos de “niños desaparecidos” y adjudicados al mejor postor. Ninguna madre en cautiverio salió de la prisión con su niño en brazos. Nunca.

Gladys Cuevas contó así lo que sucedió que en el Hospital Posadas: “me metieron picana, me hicieron, el submarino varias veces, me rompieron los huesos, me quemaron con colillas de cigarrillos. Tengo cicatrices en el cuerpo, pero fundamentalmente en el alma.”

“Ciertos pensamientos son plegarias. Hay momentos en que, sea cual fuere la actividad del cuerpo, el alma está de rodillas”, nos ha enseñado V. Hugo, el poeta, dramaturgo y novelista romántico francés.

De esto se olvidó Elena Higton de Nolasco, la jueza otrora preocupada por la violencia familiar de género, siendo muy grave el haber pasado por alto lo dispuesto en el año 2000 por la Corte Penal Internacional, donde incluye dentro de la definición de “lesa humanidad” a “toda violación, esclavitud sexual, prostitución forzada, embarazo forzado, esterilización forzada u otros abusos sexuales de gravedad comparable (…) cuando se cometa como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque”.

Alguna vez Alfonsina Storni escribió: “Las cosas que mueren jamás resucitan, las cosas que mueren no tornan jamás, ¡Oh, las cosas muertas, las cosas marchitas, las cosas celestes que no vuelven más”!

Ojalá que esto le pese para siempre, Elena Higton de Nolasco.

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