La posmentira

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Los recientes acontecimientos políticos y económicos parecen haber sumido al progresismo en la sensación de que la derecha ha llegado para quedarse y de que la manipulación mediática de las masas garantiza el éxito de su proyecto de hegemonía. Sin embargo hay algo peor que la arrolladora fuerza legitimadora del neoliberalismo que constituye la posverdad; la capacidad que hemos desarrollado los progresistas de mentirnos a nosotros mismos, o lo que como contracara de la misma moneda podríamos bautizar como “posmentira”.

UN ERROR DE CÁLCULO

Últimamente a los progresistas nos ha pasado tal como reza el remate del viejo chiste: “es que últimamente vengo calculando para el carajo”. Tanto a nivel de conducción como de militancia, hemos tomado decisiones sobre la base de percepciones y evaluaciones de la realidad por lo menos profundamente distorsivas, que se han ido constituyendo en supuestos considerados casi de sentido común. Ya hemos tenido que atenernos a las consecuencias de los errores de cálculo en términos políticos, en breve tendremos todos que atenernos a las consecuencias en términos económicos, y en poco tiempo más tendremos que comenzar a hacerlo en términos sociales y culturales. ¿Cuáles son estos supuestos de sentido común que la historia reciente se ha empecinado en contradecir? En mi opinión son por lo menos cuatro.

LA VARA MUY ALTA

Las medidas distributivas del ingreso de la última década como la AUH móvil, la movilidad y universalidad jubilatorias, las masivas becas estudiantiles, los subsidios a los servicios públicos, las paritarias salariales libres, planes como Conectar Igualdad y Procrear, dejaron la vara muy alta en términos de bienestar y derechos por lo que la tolerancia social a un ajuste va a ser muy baja y la resistencia muy alta. Falso. La resistencia a los procesos de igualación e inclusión social por parte de amplios y heterogéneos sectores de la sociedad es tanto o más poderosa que su temor a perder derechos y status social. Y la heterogeneidad de esos sectores no respeta criterios etarios, políticos ni de clase.

En otras palabras, en general para nuestras comunidades la noción social de mérito es mucho más relevante que la de derecho. Toda acción política que iguale e incluya en términos sociales y económicos sólo se legitima y justifica si se corresponde con la cuota de mérito que corresponda: el sudor de la frente, el sacrifico, la inteligencia, la decencia al menos. La idea de igualar los derechos de la “gente de trabajo” con los de “los vagos que toman cerveza en la esquina” asignando recursos públicos que “pagamos todos” provoca que “este país nunca salga adelante” porque dilapida nuestra riqueza en “medidas populistas” que después de “la fiesta” nos dejan “al borde de una crisis”. ¿Cuál es la tentación? Intentar modificar ese sustrato cultural ya sedimentado mediante argumentos comunicados con precisión conceptual que vayan desde la teoría de la plusvalía de Marx a la teoría de capital cultural de Bordieu, o bien con convicciones ideológicas comunicadas con vehemencia que vayan desde el socialismo utópico al peronismo pasando por la doctrina social de la Iglesia.

La razón mercantilista y la posverdad

La derecha ama ese sustrato, lo ha alimentado con paciencia, lo conoce científicamente, ha aprendido a manipularlo, abrazarlo y convertirlo en votos. Obviamente no podemos hacer lo mismo que la derecha, porque no somos lo mismo. Pero tampoco podemos tomar decisiones estratégicas creyendo que la sociedad en su conjunto ni aún los directamente afectados defenderán electoralmente la igualdad y la inclusión porque “han tomado conciencia de sus derechos” y no van a renunciar a ellos sin luchar.

NUNCA MÁS

La lucha colectiva por memoria, verdad y justicia que es hoy referencia internacional, la consolidación de las políticas de derechos humanos y de la institucionalidad democrática a lo largo de más de tres décadas son hoy el piso ético del conjunto de nuestra sociedad que, por lo tanto, nunca más tolerará y castigará electoralmente cualquier violación flagrante de los derechos humanos y civiles o del estado de derecho. Falso.

El racismo, la xenofobia, el antisemitismo y el anticomunismo están tan instalados en nuestra sociedad como en cualquier sociedad estatal occidental constituida y configurada durante los siglos últimos doscientos años de historia. Hemos tenido nuestra guerra fratricida moderna en la que eliminamos a nuestra población negra, hemos tenido un genocidio indígena, hemos tenido una Ley de Residencia y una Sociedad Patriótica, hemos inventado la picana eléctrica, usamos términos como “cabecita negra” o “negro de alma” como el mejor de los miembros del KKK, hemos atravesado el terrorismo de Estado, llamamos “guerra sucia” y “excesos” a la desaparición, secuestro, tortura y violación de personas y a la apropiación de sus hijos e hijas, decimos “algo habrá hecho”, “quién lo mandó a meterse en lo que no le importa” e inventamos la idea de “pibe chorro” y “mapuche terrorista” para justificar arrestos ilegales, torturas y homicidios cometidos por fuerzas de seguridad, toleramos prisiones políticas, persecuciones judiciales y juzgamientos de jueces por sus fallos…

Otra vez, amplios y heterogéneos sectores de nuestra sociedad consideran que la nación y el Estado sólo pueden construirse sobre la base de la eliminación del salvajismo y la barbarie que son patrimonio natural de negros, indios, villeros, bolivianos y paraguayos, y que la “justicia” sólo puede ejercerse con “mano dura”. ¿Cuál es la tentación? Explicar académicamente el desarrollo de la idea de igualdad, fraternidad y república desde la Ilustración hasta la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, pasando por el ideario latinoamericanista y republicana de San Martín, Güemes y Bolívar, o bien enarbolar como bandera el Juicio a las Juntas y la lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo reivindicándolas como un logro de la política.

Nueva derecha y autoritarismo social

Pero lo cierto es que el paradójico “los argentinos somos derechos y humanos” en el paroxismo del terrorismo de Estado nos representa tanto como las Madres y Abuelas. La derecha adora la matriz autoritaria, xenófoba, racista, antisemita y eurocéntrica de la argentinidad, la comprende, la comparte, se pavonea y se solaza con ella en cada acto de la Sociedad Rural. Ha aprendido que apellidos como “Bullrich” pueden legítimamente a los ojos de vastos sectores de la sociedad reducir jubilaciones, inaugurar conquistas del desierto, o encarcelar y matar mapuches. No podemos hacer lo mismo, no somos lo mismo. Pero tampoco podemos tomar decisiones estratégicas creyendo que existe un acuerdo social y político innegociable sobre la vigencia de los derechos humanos y civiles de los más vulnerables y postergados, y de la institucionalidad republicana que se traduce en premios y castigos electorales.

ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDO

Las medidas macroeconómicas del gobierno tales como el endeudamiento externo, las altas tasas de interés, la baja de retenciones e impuestos, las reformas laboral y previsional o la apertura de las importaciones, que producen déficit fiscal y comercial, desempleo, pobreza e inflación, son percibidas y ponderadas con claridad por el conjunto de la sociedad y oportunamente tendrán impacto electoral negativo. Falso.

La conciencia macroeconómica colectiva no existe, las afirmaciones de los economistas en los medios no son científicas sino operativas en función de intereses y negocios, los indicadores de la macroeconomía jamás se han traducido en votos en ningún momento de la historia y en ningún lugar del planeta. Ningún asesor de campaña dirá nunca que ganó una elección porque hizo que las masas tomaran conciencia de que “el desequilibrio fiscal combinado con altos niveles de endeudamiento externo y de fuga de divisas nos llevarán inexorablemente a una crisis estructural”.

La derecha lo ha aprendido a la perfección, se mueve en los escenarios de transformaciones estructurales de la economía como pez en el agua construyendo explicaciones colectivas sobre la base de creencias populares ancestrales: “no trabaja el que no quiere” explica la necesidad de una reforma laboral, “lo que no cuesta no vale” explica la necesidad de eliminar subsidios y dolarizar las tarifas de servicios públicos, “no hay que regalar pescado, hay que enseñar a pescar” explica la necesidad de la reforma educativa, “en este país” es el preludio de cualquier explicación que termine concluyendo que tendríamos que hacer “las cosas” como los “americanos”, los ingleses, los finlandeses o los chilenos. Nuevamente, no podemos hacer lo mismo porque no somos lo mismo. Pero tampoco podemos tomar decisiones estratégicas creyendo que la percepción colectiva, e incluso individual, de la realidad económica y social se construye sobre la base de información objetiva que se traduce mágicamente en procesos de toma de decisión electoral.

LA GENTE SE VA A DAR CUENTA

Algunas condiciones macroeconómicas heredadas por este gobierno como el bajo nivel de endeudamiento externo, el crecimiento sostenido del PBI, una inflación razonable para los niveles de actividad económica y consumo, tasas de interés en equilibrio con la inflación, bajo nivel de desempleo, alto nivel de salarios y jubilaciones, buen nivel de utilización de la capacidad instalada, le dejaron un estrecho margen político al gobierno para realizar ajustes estructurales aludiendo un estado de crisis so pena de perder elecciones, porque la sociedad se ha acostumbrado a vivir en condiciones relativamente estables y previsibles. Falso.

La economía está como “la gente” cree que está, y “la gente” cree que “no podía ser que la nafta costara 10 pesos y la boleta de luz o de gas fuera de 150”, que “el INDEC nos mentía” y que “el dólar real estaba a 16”, que por culpa de los K que “hicieron demagogia” y se “robaron todo” estuvimos “cinco años sin crecer” y hace dos años estábamos al borde de una crisis que nos llevaba “rumbo a ser Venezuela”. ¿Cuál es la tentación? Comunicarle a la opinión pública los datos reales de la macroeconomía ilustrando con elocuentes gráficos la evolución de indicadores como el crecimiento del PBI y del salario real, o de la relación deuda/PBI 2003-2015 para explicar que no hubo ni hay necesidad de ningún ajuste, y advertirle a la sociedad sobre el impacto que tendría un ajuste en términos de desempleo y pobreza, o bien con una defensa argumentada del “modelo” y de la “década ganada” desnudando con información de calidad las “cínicas y macabras intenciones del neoliberalismo”.

Pero el dato relevante de la realidad para tomar decisiones estratégicas en materia de política electoral es la percepción social de la situación, y eso no lo construye la política, lo construyen los medios, más aún cuando su concentración es hegemónica. La derecha ha aprendido a comunicar información y decisiones macroeconómicas en lenguaje de autoayuda: para anunciar devaluación, eliminación de subsidios y aumento de tarifas dice que “ahora hay que pagar la fiesta” o “remontar la pesada herencia”, para anunciar que la devaluación provocó inflación y un aumento de la pobreza dice que “ahora nos decimos la verdad”, para anunciar endeudamiento externo dice que “vamos a seguir tomando deuda porque tenemos que reducir la pobreza”, para anunciar una reforma laboral regresiva dice que “avanzamos en reformas que generan más trabajo”, o para anunciar la dolarización de tarifas de servicios dice que “ahora estamos integrados al mundo”.

Claro que no podemos hacer lo mismo, porque no somos lo mismo. Pero tampoco podemos tomar decisiones estratégicas creyendo que la información fidedigna y responsable acerca del funcionamiento de la economía va a hacer que “la gente tome conciencia de las consecuencias que tiene para su vida cotidiana” y no “vote en contra de sí misma”, asumiendo que si lo hace estamos justificados porque “les avisamos y si los votaron entonces que se jodan”, y que cuando se den cuenta “vamos a volver”.

EL DESAFÍO DEL PROGRESISMO

La razones de fondo de lo distorsivo de la percepción progre de la realidad creo que han sido básicamente dos: estimar que la gestión política puede operar en una década transformaciones culturales profundas que alteren la relación de fuerzas entre los sectores progresistas y los sectores reaccionarios de la sociedad conformada a lo largo de por lo menos un par de siglos, y estimar que la contundencia de la realidad se impondrá por su propio peso y evidencia sobre la manipulación hegemónica de los medios de comunicación. Pero mal que nos pese y tal como lo escribió Edwars Bernays en Propaganda, la manipulación de las masas es originalmente un elemento constitutivo de la democracia occidental, no de los totalitarismos como el stalinismo, el nazismo o el fascismo. No podemos hacer lo mismo, no somos lo mismo, pero podemos, debemos, ser más inteligentes.

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