La “postpolítica” de Cambiemos

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Pese a que el modelo económico al cual apuntaría “Cambiemos” resulte semejante a aquel defendido, a rajatabla, por la ortodoxia neoliberal, esa alianza demuestra un talante pragmático y relativamente iconoclasta, junto al objetivo de convertir al PRO en un auténtico partido político con poder real, idóneo a los fines de gobernar -con legitimidad plena- el conjunto del país.

Tales factores condujeron a dicha coalición a optar por una senda un poco más gradual, con respecto a la requerida por los dinosaurios hiperdogmáticos, quienes demandan medidas abruptas de shock, aplicables a un mayor y veloz aperturismo de la economía argentina y al mero “gendarmerismo” del papel estatal.

La mencionada inclinación hacia el pragmatismo es consensuada por la mayoría de los dirigentes partidarios, los cuales determinan el rumbo general del sistema público-administrativo. La composición del Poder Ejecutivo, integrado en gran parte por gerentes vip procedentes del manejo de megaempresas, locales y transnacionales, incluidos grandes entes financieros de alcance mundializado, indica su desvío de las políticas económicas más recalcitrantes que propician el shock.

 El elenco gubernamental operativo se encuentra conformado por “expertos en procesos, cuyo prestigio profesional está ligado a hacer que las cosas ocurran”, y el contenido de las mismas representa una problemática fuera del conocimiento y del área de decisión de los funcionarios subordinados, al margen de su eventual alto rango ministerial, o de la dimensión de los cargos desempeñados legislativamente.

Por otra parte, las instrucciones esenciales provienen de la “mesa chica” de Propuesta Republicana, en la cual no se hallan alistados la mayoría de aquellos ceo, ni tampoco los economistas fieles al dogma del neoliberalismo más rancio. Asimismo, “la división del trabajo en la Jefatura de Gabinete de Ministros, área clave para el manejo de la marcha de las políticas públicas, y para el diseño de la comunicación política en el nuevo gobierno, da cuenta de esta combinación entre manejo político pragmático y altas dosis de ideología gestionaría”. De acuerdo con lo expuesto, al lado de un jefe de gabinete político, de extensa trayectoria partidista, próximo estrechamente a Mauricio Macri, actúan dos secretarios de Estado, que proceden de megacorporaciones, encargados de las coordinaciones interministerial, y de políticas públicas[1].

Asimismo, “entre las líneas de continuidad con las experiencias anteriores, el bagaje clásico liberal, de más mercado y menos Estado, expresado en el programa económico de ajuste y desregulación, con énfasis en el perfil agroexportador y privatizador, nos permiten afirmar que atravesamos un tercer momento de ofensiva de las élites conservadoras y del capitalismo de libre mercado trasnacional, en la disputa por la hegemonía”. Más allá de esa continuidad parcial, las administraciones públicas tardoliberales del presente siglo acceden al poder institucional de modo asincrónico, pretendiendo “incorporarse al mundo”, cuando éste experimenta transformaciones notables. Las mismas remiten a la decadencia gradual del neoliberalismo globalizado, a partir de la emergencia progresiva de estrategias económicas proteccionistas, llevadas a cabo por los países industrialmente más avanzados. Esta transición opera acompañada por un “discurso hegemónico nacionalista, xenófobo y discriminador de las mayorías sociales, expulsadas por el funcionamiento económico, político y social” de la mundialización neoliberal, acaecida hacia finales del milenio pasado[2].

Frente al desacople cronológico de la narración electoralista de “Cambiemos”, con respecto a los relatos globalizadores de un neoliberalismo declinante en nuestro siglo, cabe diferenciar los campos de “la política” y “lo político”, para lo cual correspondería interrogarse sobre la construcción de esa distinción, junto a su función, de hecho, de las concepciones sociopolíticas postfundacionales.

Aunque la divergencia conceptual entre ambos términos emergió, en la ciencia política alemana, a través del aporte teórico de Carl Schmitt, la tendencia a escindir sus significados partió de algunos autores franceses, en los años cincuentas de la centuria pasada. Al respecto, la obra “La paradoja política”, de Riccoeur, fue complementada en tal sentido por Nancy y Lacoue-Labarthe, cuya visión inspiró asimismo a Badiou y Lefort, quienes reconstruyeron sus formulaciones acerca de aquella contrastación[3].

Al interior de los abordajes sustantivos precitados, se manifestarían un conjunto de “usos de la noción de lo político -sea como racionalidad lógica o específica, esfera pública o acontecimiento que escapa por completo a la significación-, los cuales se ensamblan no por un marco conceptual global, sino por la relación, compartida por todos, con un fundamento ausente”. En términos de connotaciones con relación a la existencia de “eventos contingentes”, dichas aproximaciones devendrían asimilables a la idea de conceptos formalmente indicadores [Heidegger], los cuales, al girar en torno al abismo de la contingencia y la infundabilidad, proporcionan un terreno tropológico para indicar “formalmente” que no pueden ser representados en forma directa[4].

A los efectos de interpretar el lenguaje habitual de los personeros de la coalición “macrista”, resulta precisa la indagación de esa problemática de índole semántica, analizando las implicaciones esenciales del contraste de “lo político” con referencia a “la política”, más allá de la mera enunciación nominal de las utilizaciones heterogéneas respecto de los significantes de la primera de dichas expresiones…

Debe tenerse en cuenta que la calificación tardoliberalismo obedece al declive crucial, hoy en día, del acuerdo pretérito, alcanzado en la década de los años noventas, concerniente al apotegma plasmado en el “consenso de Washington”, tras la disolución de la URSS, bajo la premisa axiomática del advenimiento de un pensamiento único a escala planetaria. En este aspecto, la fase crítica transecular del modelo neoliberal puso de manifiesto sus limitaciones socioeconómicas insalvables, tal como el mismo venía operando en el plano internacional.

Además, el escenario de un mundo “multipolarizado”, afectado perniciosamente debido a la recesión económico-productiva, y las consecuentes estrategias proteccionistas industrialmente más desarrollados, contrasta frontalmente con la etapa monopolar, caracterizada por el aperturismo comercial y financiero propio del último decenio del siglo XX. También cabe considerar, por otro lado, que actualmente “las sociedades de la región que atravesaron el giro popular neodesarrollista, han profundizado y consolidado su conciencia de sus derechos y de sus posibilidades de acceso a mejores condiciones de vida, ingresos y oportunidades”[5].

Cotejándolo frente a la fase neoliberal de fines de la centuria pasada, el tardoliberalismo alberga factores compartidos y diferenciados, en referencia a aquella instancia anterior, al manifestar divergencias cruciales, sobre todo, en determinadas variables económicas transnacionales, junto a las políticas y culturales. Un conjunto de nuevos elementos, desarrollados durante el transcurrir del presente milenio, generaron cierta conflictividad mundial inédita, caracterizada por tensiones latentes de nuevo cuño, acompañadas de eventuales resistencias y puntos de inflexión, todos ellos sumamente evidentes en el contexto contemporáneo.

Las opciones disponibles en cada país, relativas y condicionadas por el accionar de los poderes fácticos predominantes a escala planetaria, presentan distintas alternativas ante el nuevo panorama geopolítico. Por un lado, algunos gobiernos -como el de “Cambiemos”- fijan como objetivo el retorno al mundo, luego de gestiones presidenciales peyorativa, y erráticamente, denominadas “populistas”, fomentando la producción especializada, y el endeudamiento externo…

El eje de las estrategias promovidas por varios sistemas público-administrativos latinoamericanos, especialmente a partir del año 2016, consiste en la aplicación de medidas económico-sociales proclives reconvertir radicalmente los aparatos productivos nacionales, lo cual conlleva la ejecución de políticas redistributivas de bienes e ingresos nítidamente regresivas, entre la población. En tal sentido, “de los procesos de desarrollo inclusivos y reindustrializadores, estimulados por los gobiernos nacionales-populares, progresistas y de centroizquierda en la región, se vuelve a una estrategia de economía política de especialización productiva, anclada en las exportaciones agroindustriales y en la sociedad de servicios”[6].

Justamente teniendo en cuenta la etapa precedente, circa entre 1999 y 2015, marcada por la experiencia de un puñado de gobiernos sudamericanos, opuestos a la doctrina neoliberal -entre ellos la Argentina y Brasil-, tendían a “asegurarnos un futuro promisorio, o al menos preservarnos frente al riesgo, y las catástrofes ya no seducen ni a los votantes de los países centrales, nunca menos oportuno que nuestro país y nuestra región pretendan revivir los años de relativa y engañosa bonanza de la globalización neoliberal en este raro revival, mezcla de tragedia y comedia que parece ser el neoliberalismo tardío”[7].

A través del acceso del “macrismo” al poder institucional argentino, se abrió el paso al devenir de una democracia restringida y la judicialización de la política: con relación al Estado de los Ceo y al proceso de modernización de ruptura, cabe preguntarnos: ¿en qué medida el neoliberalismo está influyendo no sólo en el modelo económico, de acumulación, de concentración, sino también en el sistema democrático mismo? En la medida que aumenta la concentración de la riqueza y de los ingresos, las desigualdades se hacen cada vez más evidentes. Claramente, la nueva relación de poderes en favor del poder económico fáctico, financiero, transnacional y comunicacional introduce un desequilibrio en el régimen democrático, no tanto en sus formas como en su distribución del poder. Este escenario nos interpela sobre la calidad de la democracia y sobre su futuro funcionamiento con gobiernos de clases, de ricos para ricos[8] .

Ante la carencia de una fundamentación ideológica de la alianza “Cambiemos”, ontológicamente sustancial, cabría preguntarse si la fidelización del núcleo duro de sus votantes, que abarcaría aproximadamente a un tercio del electorado nacional, adhiere al gobierno debido a solapamientos de motivaciones diversificadas. Éstas obedecen, en parte, a criterios instrumentales sectoriales, basados en el interés puramente económico, de los sectores predominantes de los poderes fácticos corporativos, terratenientes, empresariales, financieros, y mediáticos. Por otro lado, el “macrismo” recibiría el apoyo, más allá de la situación de clase de sus sufragantes, de considerables segmentos poblacionales dispersos, aunados mediante una conciencia difusa acerca de la propia pertenencia estratificacional en la sociedad, pretendiendo diferenciarse “culturalmente” de las capas bajas de la misma, por “razones” étnicas, raciales, etcétera.

También integran este magma aglutinador del voto Pro, múltiples fracciones de grupos carenciados económicamente, que acuerdan con el agrupamiento político gobernante en su imagen propalada en cuanto al resguardo de la seguridad ciudadana, y la lucha contra el narcotráfico, junto a otros comportamientos delictivos. Además, es preciso considerar la demanda de “mano dura” que expresan variados colectivos de personas de diferente posición social, aunque más claramente definida en parcialidades con mentalidad de derecha filofascista, y hasta prodictatoriales. Finalmente, entre el apoyo recibido cuenta la decisión de una masa estimable de ciudadanos antiperonistas y/o antikirchneristas a ultranza.

La ausencia evidente de un discurso “macrista” auténticamente genuino, dotado de algún núcleo prescriptivo consistente y coherente, conduce a la construcción de narraciones o relatos pretendidamente legitimadores de su gestión. Los mismos son elaborados, con talante mercadotécnico, y se ajustan a los cambios periódicos de estado de ánimo de los potenciales “clientes-electores”, denotando un vacío conceptual notable con respecto a su hipotética ideología…

En el sentido expuesto. corresponde interrogarse sobre la causa de que “la política”, en términos de supuesta noción unívoca, demuestra ser insuficiente en un cierto punto y, por lo tanto, es menester suplementarla con otro término. Así, “la diferencia política” devendría producto de un obstáculo o deficiencia de la conceptualización sociopolítica, reconocida convencionalmente y, en referencia al contraste entre “el nuevo concepto de lo político y el concepto tradicional de la política”, señalaría la crisis del paradigma fundacionalista (representado científicamente por especies tan diversas como el determinismo económico, el conductismo, el positivismo, el sociologismo, etcétera)[9].

A partir del quiebre de los “fundacionalismos”, habrían emergido libretos argumentales postfundacionalistas, cuyos idearios resultan proclives a generar una especie de “disolución de los marcadores de certeza” [Lefort]. Ello determinaría que la asignación, a las concepciones basadas en el fundacionalismo, de un marcador de certeza específico como fundamento positivo de lo social, sería impracticable[10].

En lo atinente a las concepciones político-sociales vigentes, la distinción esencial de “la política” con relación a “lo político”, señalaría la inexistencia de una fundamentación de la sociedad; esa divergencia refleja “una escisión paradigmática en la idea tradicional de política, donde es preciso introducir un nuevo término (lo político) a fin de señalar la dimensión ontológica de la sociedad”, junto a su aspecto institucional, mientras que el término “la política” preserva su carácter de expresión que alude a las prácticas “ónticas” de la política convencional (los intentos plurales, particulares y, en última instancia, fallidos de fundar la sociedad)[11]. El vocablo “óntico” refiere a la cualidad existencial del ser en sí mismo.

La explicación del sustento electoral de la coalición “Pro-Cambiemos” remitiría a una fase del sistema republicano-capitalista anclada en el fenómeno emergente en la denominada era de lo postpolítico. En tal sentido, diversos autores han abordado la problemática acerca de las democracias “capturadas” [Mizrahi], “de baja intensidad” [O´Donnell], mientras que otras visiones utilizan el término postdemocracia [Crouch]…

A partir del enfoque teórico-político “postfundacional”, se ha tematizado la problemática que gira alrededor de los regímenes democráticos del milenio naciente, con respecto a la faz institucional, y a un modo específico de convivencia colectiva. Así, la soberanía estatal y el talante subjetivo de los ciudadanos quedan en entredicho frente a las lógicas de organización y de funcionamiento de las democracias contemporáneas [Ruiz del Ferrier].
Dicha cuestión deriva en los planteamientos acerca de la especie nodal de modelos democráticos surgidos del nuevo contexto político institucionalizado, desde la reciente coyuntura financiera mundializada del sistema capitalista, subsiguiente a la crisis transnacional desatada en el año 2008. En este sentido, debiera interrogarse hasta qué punto los factores sistémicos, el avance tecnocrático, el reinado del poderío corporativo financierizado, acompañados del incremento de las inequidades económico-sociales, afectan la interpretación de los regímenes democráticos en cuanto a sus modalidades vitales, componentes participativos, carácter de soberanía popular, etcétera[12].

En lo concerniente al papel del Poder Judicial, dentro del precitado nuevo ordenamiento institucional, teórica y fácticamente el tardoliberalismo recurre a la “judicialización de la política”, la cual asume una función trascendental, en referencia al giro operado recientemente en algunas democracias latinoamericanas. Ello se manifiesta, verbigracia, en los procesos destituyentes a través de impeachments operados por medio del poder legislativo, tal como aconteció en Paraguay y Brasil, o por vía de “la permanente presión y criminalización de figuras políticas representativas de grandes mayorías” [Nosetto].

[1] García Delgado, Daniel, y Gradin, Agustina (2017): “Neoliberalismo tardío: Entre la hegemonía y la inviabilidad. El cambio de ciclo en la Argentina”; CABA, FLACSO Argentina, García Delgado, D., Documento de trabajo Nº 5: “El neoliberalismo tardío: teoría y praxis”.
[2] García Delgado, D., y Gradin, A., ídem.
[3] Marchant, Oliver (2009): “El pensamiento político posfundacional: la diferencia política en Nancy, Lefort, Badiou y Laclau”; CABA, Fondo de Cultura Económica.
[4] Marchant, O., ídem.
[5] García Delgado, D., y Gradin, A., ob. cit.
[6] García Delgado, D., y Gradin, A., ob. cit.
[7] Pelfini, Alejandro (2017): “Trump y la ilusión de la desglobalización”; en CABA, FLACSO Argentina, García Delgado, Daniel, Documento de trabajo Nº 5: El neoliberalismo tardío: teoría y praxis”.
[8] García Delgado, D., y Gradin, A., ob. cit.
[9] García Delgado, D., y Gradin, A., ob. cit.
[10] García Delgado, D., y Gradin, A., ob. cit.
[11] García Delgado, D., y Gradin, A., ob. cit.
[12] García Delgado, D., y Gradin, A., ob. cit.

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