La sociedad esclava

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Calificar a un esclavista es redundante. Sólo con esa denominación se sintetiza lo peor de la condición humana. Apropiarse de una vida ajena para aprovechar su fuerza de trabajo, expresa la ruindad de quien lo hace, pero también la de la sociedad que mira para un costado cuando conoce que eso sucede y poco o nada hace para evitarlo. Pero el esclavismo sigue allí, disfrazado de “trabajo informal.” 

Los descendientes de los ocupantes ilegítimos de tierras robadas a sangre y fuego en el siglo XIX, mantienen con fervor las enseñanzas de sus ancestros, transmisores de un “virus” que no tiene cura en ellos, ese desprecio absoluto hacia quienes consideran seres inferiores y como tales los tratan. Algunos otros, que descendieron de los barcos que los alejaron de la miserabilizada Europa de esos tiempos, adquirieron también las mismas “mañas” odiadoras de los oligarcas locales, en un frenético intento por pertenecer a esos “linajes” de falsos nobles de escudos fabricados con “cueros” de negros, indios y gauchos asesinados.

La sociedad se fue acostumbrando, a fuerza de engaños materiales y prebendas psicológicas, a ver a sus congéneres de pieles más oscuras como a sus enemigos internos, por lo cual la esclavización de esas “insignificantes” personas no les resulta preocupante. La historia oficial borró de sus páginas falsificadoras a una enorme cantidad de hombres y mujeres de piel negra, desaparecidos literalmente de la faz de nuestras tierras, enviados a los frentes de los campos de batalla u obligados a realizar los peores trabajos, con lo cual se aseguraron su aparente extinción. Pero se olvidaron que las pasiones pueden más algunas veces, y las uniones interraciales generaron a millones de “negros” ocultos tras apariencias menos oscuras.

Entonces surgió otra estigmatización, otros desprecios calculados para dar continuidad al robo perpetuo de la fuerza laboral que les hizo y les hace mantener sus poderíos obscenos a los “capangas” de la inmoralidad disfrazada de “importantes empresarios” agrarios. Odiando nacieron, odiando se hicieron ricos y odiando suman más fortunas cada día, fugándolas a sus “paraísos” del placer blanco, bien lejos de las manos de los “sucios” morochos que demandan sólo un plato de comida diario.

Sigue girando la rueda del menosprecio y la miseria, la humana y la material, para que no se detenga la acumulación de esos pocos luciferes con auras de elegantes señores (y señoras), ayudados por la pasión de los cómplices mediáticos y los gobiernos que logran imponer a base del ocultamiento y la mentira descarada mostrada como verdad absoluta. Continúa, en este siglo XXI que se soñara hace mucho tiempo como la desembocadura feliz de tantas luchas populares, el avasallamiento de derechos más elementales, la consecución de las peores aberraciones sociales, el abandono de millones de personas al destino mortal de padeceres indecibles.

A la cabeza de todas las miserables actitudes, están los esclavistas modernos, esos auténticos ladrones de identidades y sentidos de la vida de miles de seres escondidos en las cobachas que les proveen a cambio de trabajos de sol a sol y sueldos irrisorios, todo protegido por jueces que prefieren el privilegio de sus cercanías al Poder Real, antes que la protección lógica de los derechos humanos de los “esclavos” que no ven.

Cuando salen a la luz algunos casos de esclavitud flagrantes, la hipocresía se elevará en discursos tan falsos como inútiles, almibaradas reacciones de una sociedad que oculta sus sentimientos racistas detrás de enojos temporales, tras lo cual seguirán con sus vidas de egoísmos y falacias inventadas para justificar a los dueños de los campos y sus derechos a hacer lo que quieren “porque para eso se rompieron el lomo”, dirán.

Pero no. El único lomo siempre fue, es y será el de los peones esclavizados, a quienes, además, logran convencerlos de sus inferioridades, para terminar aceptando sus condiciones. El mediopelo continuará con sus pretensiones de ricachones sin fortunas, el hacendado seguirá ejerciendo el poder que le confiere su dinero (mal habido, siempre), el habitante de la ciudad proseguirá con la ignorancia alimentada por los medios y la sociedad toda aplastará la verdad hasta poder esconderla bajo la alfombra de las eternas inequidades. Y el escándalo de los esclavos y los esclavistas, habrá sido otra más de las noticias pasajeras del tren del horror que avanza, raudo, hacia la extinción de lo humano.

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