Lágrimas inmorales

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El lacrimoso presidente de la decadencia, “emocionado” ante la obra consumada para la finalidad servilista de su virreynato, porque lo que realmente le importaba era mostrarse como parte de la troupe del circo planetario, como integrante de un colectivo al que jamás lo dejarán subir del todo, pasajero incómodo del estribo de la puerta de atrás, listo para ser eyectado cuando las circunstancias lo requieran.

Una síntesis perfecta de la degradación nacional. Un momento que condensa una época de retrocesos inconcebibles desde la razón. Una muestra de la sumisión y el desprecio de clase. Un acto de barbarie cultural. Una acumulación de tilinguerías elevadas al nivel de estrategias de relaciones internacionales. Otro paso fatal en el desbarrancamiento del periodismo genuflexo. Una nueva demostración de los falsos oropeles con que el poder adorna sus obscenidades sociales. Y de nuevo las rodillas gastadas de los funcionarios ante los dueños de un Mundo convertido en una jaula de miserables transhumantes sin destino.

Pasó la reunión de veinte países por nuestro país, dejando solo el vestigio estúpido de las inútiles sonrisas para fotos plagadas de hipocresías y banalidades. Un rastro de inocultables desatinos financieros y económicos mundiales, que aceleran los ineptos gobernantes locales, sometidos sin intelecto ni voluntad propia, salvo la de profundizar las desgracias acumuladas en los tres años de su (des)gobierno.

El lacrimoso presidente de la decadencia, “emocionado” ante la obra consumada para la finalidad servilista de su virreynato, no ahorró elogios hacia sus visitantes, que poco y nada dijeron ni prometieron para corresponderle. Pero lo que realmente le importaba, como muestra de su condición de mediocre subdesarrollado, era mostrarse como parte de la troupe del circo planetario, como integrante de un colectivo al que jamás lo dejarán subir del todo, pasajero incómodo del estribo de la puerta de atrás, listo para ser eyectado cuando las circunstancias lo requieran.

Entre las oprobiosas inmoralidades mostradas a lo largo de estos días, estuvo la degradación del papel de las mujeres de los funcionarios visitantes, cuya participación se limitó a un muestrario de vanidades decoradas con costosas vestimentas, fantasías de falsas princesas encabezadas por la tilinga mayor, la esposa del presidente local, notoria defraudadora del fisco y sometedora de niños a la esclavitud en sus talleres clandestinos, fuente de su riqueza manchada con la muerte nunca aclarada de niños incendiados.

Fue una visita colectiva a un lugar muy pequeño, enjaulados entre vallas que los alejaban de lo único importante de una Nación: su Pueblo. Sin contacto directo de ningún tipo con la sociedad que pagó sus estadías, sin mirar a uno solo de los problemas reales que sufrimos también por sus responsabilidades, fueron de un edifico lujoso a otro, de recepción en recepción, ocupando espacios construídos para otros fines y otros ocupantes, ahora alejados con tanques y armamentos que asegurasen la “tranquilidad” de los energúmenos que, en general, forman parte de este circo sin alegrías.

Y el periodismo, como demostración de la oscuridad informativa en la que nos encontramos, no podía fallar en su asqueante condición de mentirosos seriales, transmisores de la nada misma, voceros unificados de los poderosos y sus inmoralidades y perversiones. Tilingas y tilingos desparramando saberes sobre moda, descriptores de ropas y joyas de las fastuosidades berretas de las inútiles “mujeres presidenciales” arrastradas hasta este confín del Planeta. Falsos analistas de realidades que no conocen, intentando explicar la cuadratura de un círculo que no comprenden y al que nunca acceden de verdad.

La sumatoria de tres días da cero. Esta nueva fórmula de la matemática tergiversada por el imperio y sus secuaces, nos deja como antes de sus llegadas, o peor. Los “atilas” modernos arrasan y se van, aplastan y se levantan, sin sentir más que cosquillas de los ruegos emitidos por el mayor de sus lacayos, al que solo le respondieron con sonrisas de papel pintado y convenios donde nada se asegura, salvo la continuidad de sus prerrogativas.

Lejos, muy lejos de todas estas malversaciones programadas, el Pueblo empobrecido tiene ante sí un solo camino: atravesar los muros de tantas indignidades, para construir otra sociedad, libre para siempre de las ataduras de estos nefastos actores de las pesadillas mundiales. Y, sobre todo, del peor y más cercano, del mayor recaudador del imperio, del obsecuente contador del Fondo miserable, el lacrimoso traidor de la Patria derrumbada.

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