Las antípodas de Cambiemos

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La asunción de la alianza “Cambiemos”, en diciembre de 2015, refleja fácticamente un retroceso inconmensurable, en términos de la involución flagrante con relación al avance progresivo, referido a la ampliación de derechos -relativa y parcial- que eventualmente puede lograr el democratismo liberal. El latrocinio, la clepto y “ceocracia”, la corrupción sistémica, el engaño a la “ciudadanía”, la estulticia, el desprecio clasista y xenófobo, la represión recurrente, etcétera, caracterizan emblemáticamente a la administración macrista.

Con frecuencia, en la medida en que el «espacio público» del sistema político-institucional propio de la democracia es proclive a erosionarse, tienden a proliferar antagonismos que responden a principios éticos, o identificaciones esencialistas innegociables. En vez de estimarse dicho «régimen» en tanto natural y evidente, o en todo caso resultante de un progreso moral de la humanidad, emerge una conciencia colectiva espontánea acerca de su incertidumbre, y hasta de su impractibilidad.

Dentro de tal contexto, los gobiernos democráticos, formalmente representativos, en el marco de la vigencia de las formaciones económico-sociales capitalistas, e ocasiones denominados “demoliberalismos”, presentan un perfil vulnerable, junto a una impronta siempre inacabada y/o incompleta. Esto es, no existiría en esos escenarios políticos ciertos umbrales de la democracia, los cuales, cuando se alcanzaran, avalaren su continuidad perennemente: en consecuencia, la configuración estatal mencionada constituiría una “edificación” permanente, en reconstrucción constante.

En el caso argentino, la asunción de una gestión gubernamental como la de la alianza “Cambiemos”, en diciembre de 2015, refleja fácticamente un retroceso inconmensurable, en términos de la involución flagrante con relación al avance progresivo, referido a la ampliación de derechos -relativa y parcial- que eventualmente puede lograr el democratismo liberal. El latrocinio, la clepto y “ceocracia”, la corrupción sistémica, el engaño a la “ciudadanía”, la estulticia, el desprecio clasista y xenófobo, la represión recurrente, etcétera, caracterizan emblemáticamente a la administración macrista.

Es preciso tener en cuenta el marco “global” que circunda la adopción de decisiones, e implementación de medidas acordes, de carácter corporativo-empresarial, llevadas a cabo por el desgobierno supuestamente comandado por Mauricio Macri, aunque en realidad el poder auténtico y real se encuentra en manos de los poderes concretos de la banca local y, sobre todo, transnacional. Ello cristaliza en una proclividad notablemente regresiva en la redistribución de bienes e ingresos de la mayoría absoluta de la población, corroborada por la extensión del desempleo, la subocupación, del pauperismo masivo, el trabajo escaso y precario, debido al proceso desindustrializador, y la indigencia económica, entre otras derivaciones nefastas.

Aquel escenario mundializado, se expresa en el estado contemporáneo experimentado por gran parte del viejo continente, que atraviesa un periodo netamente desalentador desde la perspectiva sociopolítica. En esa región, el ideario de la democracia abandonó su anterior vigencia extendida, perdiendo su motivación en cuanto factor “movilizante”, ya que el demoliberalismo es asimilado allí, como también en otros lares el planeta, y de hecho, con el sistema “capitalista-democrático”, mientras que su identidad política obedece al figurado Estado “ciudadano” de Derecho.

En Europa, desde hace varias décadas, se incrementan incesantemente los mecanismos socialmente excluyentes, con respecto a grandes segmentos poblacionales, que resultan marginados -de acuerdo con distintas gradaciones- de las esferas sociopolíticas decisorias. Al interior de este panorama, deviene la inclinación de tales sectores a adherirse a movimientos fusionados por algún tipo de fundamentalismo, y/o cooptados por fuerzas ideologizadas a través de creencias extrapartidocráticas, motorizadas por un sentimiento “antiliberal”, de signos identitarios divergentes, y muchas veces opuestos.

Un puñado de países sudamericanos experimentó, aproximadamente durante la primera década del presente milenio, un ensayo contundente de prácticas socialmente inclusivas, por parte de gobiernos que ejercieron la soberanía nacional en aras de la adopción de políticas económicas, independientemente anticíclicas, enfrentando el dictado hegemónico y monocorde del neoliberalismo rampante “globalizado”. Así, la Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Uruguay, y Venezuela, desafiaron las corrientes predominantes de las grandes potencias imperiales, y sus adláteres, sustentadas en el poderío de las megacorporaciones empresarias planetarias. Hoy en día solamente quedan en pie la República Boliviana presidida por Evo Morales, y la experiencia venezolana en manos de Nicolás Maduro, cuyo tránsito chavista se halla entorpecido por inconvenientes internos provocados, mayormente, por la injerencia exterior.

Esos procesos “rebeldes”, que significaron la ampliación de múltiples y diversos derechos, en favor de las franjas de la sociedad históricamente postergadas, una redistribución notable de riquezas e ingresos, con la mejora consecuente de su calidad de vida y, en fin, la dignificación de las masas, resultaron fuertemente atacados –local e internacionalmente- y, a la postre, derrotados, mediante diferentes procedimientos, algunos de ellos ilegítimos o irregulares. De este modo surgió, y triunfó electoralmente, el engendro interpartidista “Cambiemos” en la Argentina.

Según Chantal Mouffe, es improbable encarar la embestida mundializada del tardoliberalismo neoconservador en el caso de no implementarse, a escala global, los pre-requisitos que promuevan la emergencia de un “pluralismo agonístico”. Éste posibilitaría la manifestación de los antagonismos partidarios, los cuales expresan contradicciones económicas palpables, dentro de un marco de escenarios compartidos, con el propósito de la cristalización de alternativas electorales democráticas genuinas.

Frente al criterio asumido por los autores apólogos del “rawlsianismo”, dichas configuraciones político-ideológicas no procurarían la consolidación de un consenso con respecto a ciertos valores jurídicos, tendientes a avalar el resguardo de la institucionalidad formal del régimen republicano-democrático. Las posturas acordadas acerca de las premisas -básicas- referidas a los derechos humanos, libertad individual, y equidad social resultan indubitablemente imprescindibles, aunque conducen de manera regular a interpretaciones divergentes sobre tales valoraciones normativas.

Al respecto, coexisten variados enfoques hermenéuticos con relación al abordaje del posicionamiento teórico mencionado, mientras que ninguno de ellos está habilitado para legitimar su univocidad conceptual. Los “entredichos” en la diversidad de los distintos prismas apuntados, concernientes a los fundamentos nodales de la democracia, a la par que los ejercicios institucionalmente fácticos donde los mismos son llevados a cabo, representan el hilo de Ariadna crucial, propio de la confrontación “partidista” entre fuerzas políticas rivales, en la cual cada fracción acepta “la imposibilidad de que el proceso agonístico llegue alguna vez a su fin, pues eso equivaldría a alcanzar la solución definitiva y racional”(Mouffe).

Actualmente circula el cuestionamiento, entre algunos pensadores hipotéticamente humanistas, hacia los aportes filosóficos expuestos por Jacques Derrida, Michael Foucault, o Jacques Lacan, cuyas concepciones fueron tratadas, erráticamente, en términos de su supuesta pertenencia a la ambigua corriente intelectual “postmoderna”. A esos autores se les había recriminado, debido a sus miradas que colocaron en tela de juicio las cosmovisiones universalmente racionalistas, intentar el socavamiento de los pilares del ideario inherente a la democracia.

En el aspecto precitado, Mouffe entiende que esa pretendida crítica malinterpreta la esencia de aquel núcleo teórico derridiano, foucaltiano, y lacaniano, en la medida en que quienes amenazan la doctrina democrática resultan -en definitiva- los adeptos incondicionales del “racionalismo”. Los seguidores de esta última vertiente filosófico-gnoseológica demostrarían su inhabilidad en pos de la comprensión del emprendimiento desafiante que necesita afrontar cualquier régimen institucional determinado, en diferentes circunstancias, factor que ocasiona su ceguera y su impotencia ante las manifestaciones del antagonismo político. Asimismo, el conjunto de modelos propuestos por los ideales racionales puros, si eventualmente fuesen realizables, devendrían totalmente “incompatibles con la existencia de una democracia pluralista”(Mouffe).

El ideal de la sociedad democrática -incluso como idea reguladora- no puede ser el de una sociedad que hubiera realizado el sueño de una armonía perfecta en las relaciones sociales. La democracia sólo puede existir cuando ningún agente social está en condiciones de aparecer como dueño del fundamento de la sociedad y representante de la totalidad. Por tanto, es menester que todos reconozcan que no hay en la sociedad lugar alguno donde el poder pueda eliminarse a sí mismo en una suerte de indistinción entre ser y conocimiento(Mouffe).

La administración pública “macrista”, en la Argentina, se encuentra en las antípodas de aquel ideal democrático representativo, aun habiendo cumplido los requisitos legales formales, del tipo de autoridad racional-burocrática, siguiendo la taxonomía weberiana. Esta gestión instrumenta dispositivos hegemónicos erráticos, y muy limitados, dada la estructura sobradamente clasista del gobierno corporativo-privatista que ejecuta, volcada con evidencia irrefutable al favorecimiento desfachatado de la elite económica áulica de nuestro país. Su aparataje mediático-“cultural” se apoya en una panoplia heterogénea de relatos ficticios, procurando el logro de cierta legitimación artificialmente consensuada, a fin de ejercer la representación del poder fáctico del núcleo duro corporativo empresarial, de hecho prevaleciente.

El “gerenciamiento” filoprivatista del Estado conlleva discriminación flagrante, hermetismo palmario, y marginación excluyente con respecto a la mayoría de la población argentina. Su única legitimidad sólida radica en su carácter legal formalista [Weber], al haber asumido el gobierno -tal como fue asentado previamente- a partir de elecciones democráticas. De modo que el factor clave de su dominio reside en la práctica de un poder a secas, esto es basado en la mera imposición de la fuerza coactiva, llevada a cabo mediante la coerción económica (“salarios bajos o despidos” frente a los trabajadores), o directamente a través de la represión policiaca, al margen de la segregación en todos los ámbitos de los sectores antagonistas, críticos, u opositores.

La noción de hegemonía reporta en gran medida, a la concepción gramsciana, al sostenerse que “la supremacía de un grupo social se manifiesta de dos modos, como dominación y como dirección intelectual y moral. Un grupo social es dominante de los grupos adversarios, que tiende a liquidar o a someter hasta con la fuerza armada, y es dirigente de los grupos afines y aliados. Un grupo social puede, y también debe ser dirigente ya antes de conquistar el poder gubernamental. Es esta una de las condiciones principales para la propia conquista del poder. Después, cuando ejerce el poder y también lo mantiene firmemente en sus manos se convierte en dominante, pero debe continuar siendo también dirigente”. El componente hegemónico, trasmitido por los engranajes culturales y socioeducativos, comprende entonces los instrumentos de la dominación, y a la vez de la forma ejecución directiva.

Se ha estimado la posibilidad de construcción de un bloque histórico-hegemónico, el cual es edificado rejuntando, selectivamente, improntas diversificadas, aunque unidas coyunturalmente por un débil eje amorfo “hilo de Ariadna”. Así, dichos legados pudieron converger, de manera circunstancial, conformando algo nuevo, o el “cambio” [Alemán], en el ballotage de 2015, donde confluyeron simultáneamente sentimientos antiperonistas acérrimos, “Cristinofobia”, racismo, falsa conciencia clasista, odio xenófobo hacia latinos, reclamo desaforado de “mano dura contra negros y vagos”, desprecio visceral a los otros, sin importar quiénes constituían el campo de “los propios”, etcétera. Muchos de estos especímenes de la minoría silenciosa se expresaron frente al Cabildo aquel 1° de abril que ya parece remoto.

Sin embargo, la banalidad extrema hasta el hartazgo de los gerentes proístas, acompañada de ocultamiento cómplice de los medios de comunicación oligopólicos sobre la situación socioeconómica real, en bancarrota innegable, junto al de los recurrentes y sistemáticos actos corruptos de la cleptocracia, el pretexto remanido y falaz de la herencia, etcétera, ya no es suficiente…

Resulta obvio que la fantasía del espíritu “zen” se agotó, siendo reemplazado por la trilogía balas, gases y palos, porque recientemente salió al descubierto el objetivo primigenio del “modelo”, es decir la conformación de fuerzas represoras, ante la erosión de la credibilidad iniciática por parte de un segmento notable de los votantes de “Cambiemos”. De aquí en más se entablará la contienda entre un poder solamente represivo, y un proyecto mayoritario que reconstruya su hegemonía sobre la base de una legitimidad auténtica, en lo sociopolítico y cultural, con el propósito de doblegar democráticamente, en las elecciones de octubre próximo, la supremacía pre-republicana del 10% más rico de la población, y el latrocinio impune avalado por “la corte”.

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