Las razones del hambre

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El hambre, esa lógica manifestación derivada de las necesidades de alimentación del cuerpo humano, es tan normal como saciarlo. Pero hacerlo, cada vez que se siente, no parece serlo tanto, a estar por lo que sucede cada día entre millones de personas en el planeta. Comer, ese acto tan elemental como necesario, hace demasiado tiempo que se ha convertido, para esos individuos, en un pequeño gran lujo, en una actividad de compleja resolución, en una desesperante búsqueda diaria por lograr acceder a semejante obviedad demandada para la sobrevivencia.

Infinita cantidad de veces, los medios masivos de comunicación nos hablan y nos muestran el hambre, como una curiosidad investigativa, como algo lejano, casi siempre vinculado a los países africanos, con terribles imágenes de niños desnutridos, desfallecientes, al lado de madres en sus mismas condiciones, atravesados por miserias inconmensurables. La lejanía pareciera disminuir el lógico sentimiento de dolor por semejantes extremos nutricionales, convirtiendo todo en un ejercicio mediático de hipócritas pedidos de ayuda por parte de los propios causantes de esos dramas imperdonables.

Pero el hambre está a la vuelta de la esquina, bajo algún alero protector de las noches de fríos que hielan de solo pensarlos. Está escondida en los ranchitos miserables de las villas del olvido, durmiendo sus dolores con algún matecocido. Está en las manos extendidas de los pibes que ruegan una moneda para soportar la desesperación del dolor de sus entrañas por no consumir más que mendrugos duros y sucios. Está en la mirada sufriente de las madres tiradas en las puertas de las casas de un Dios que parece no ver lo que se esconde bajo las exhuberantes arquitecturas que intentan honrarlo con oropeles que ofenden la razón.

El hambre no es el simple resultado de la falta de comida. Es la condición perversa de los que conducen el sistema económico y social que nos atraviesa, con el único objetivo de elevar sus fortunas. No es una casualidad aparecida por un error en los procesos productivos, sino una obscena “necesidad” derivada de la aplicación de criterios economicistas estudiados para maximizar ganancias, los que generan estos “daños colaterales” ocultos por la maquinaria propagandística que, a su vez, sirve de amnésico colectivo para el olvido permanente de lo que está a la vista de quien quiera verlo.
Pero el hambre más atroz es el que sucede en territorios feraces como los nuestros, en tierras capaces de brindar todas las variedades de alimentos, en medio de una naturaleza que solo necesita del trabajo fecundo de sus habitantes. Pero ahí también aparece la condición humana atravesada por las divisiones clasistas, hundiendo a los que ya no se necesitan para la reproducción de las opulencias de los “ganadores” del sistema, en las peores miserias, escondiéndolos bajo la alfombra de la indignidad y del olvido.

Entonces, nos parece sorprender la muerte de niños indígenas en Salta, como si no se supieran las condiciones de pobreza extrema derivadas de las explotaciones irracionales de las que, paradójicamente, son sus tierras, robadas con maniobras leguleyas por empresarios preocupados solo en aumentar la productividad de sus explotaciomes, dejando al costado del camino, en una oscura y aletargada vida, a centenares de seres humanos sin derechos.

Otra manifestación de la brutalidad oligárquica, apañada y sostenida por gobiernos y jueces cómplices de semejantes desvaríos inhumanos, prestos a allanarles el camino a los pendecieros de traje y corbata que aplastan con indigencia y hambre (justamente) a quienes les resultan un obstáculo para sus mega-desarrollos. Allí mismo la engreída “nobleza” salteña, la que nació corrupta llevando a la muerte al enorme Güemes con tal de mantener sus privilegios, ha conducido a esa Provincia, tan rica en posibilidades de generar alimentos, hacia la muerte cotidiana de niños desnutridos, mientras su último gobernador pasea su apátrida condición y sus obscenidades millonarias por el viejo mundo.

No caben razonamientos enrevesados ni análisis prodigiosos. No se precisan estudiosos internacionales ni científicos de lejanas universidades para saber las razones de semejante escarnio. Solo será necesario que se termine con las causas del abandono vergonzante, que se acabe con el poderío de los poderosos, que se ataque a los repugnantes constructores de esta realidad apabullante de nuestra condición humana. Simple y dura, la razón deberá prevalecer sobre los perversos y sus cómplices, haciendo añicos sus privilegios y desarmando las corruptas estructuras gubernamentales que los sostienen, para proveer a los desnutridos con el imprescindible alimento de la justicia social.

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