Las venas de América Latina continúan abiertas

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La historia de nuestra región es la historia de la sumisión a los intereses hegemónicos extranjeros; desde el siglo primero de la invasión a las coronas ibéricas, hasta en el estadio actual al poderío de los organismos internacionales hermanados a los intereses de Washington y Bruselas, la deuda externa y eterna y un todo complicado juego de ajedrez jurídico y político a escala mundial han reemplazado, en parte, las invasiones coloniales, máxime en sociedades como la nuestra, donde la imposición de gobiernos que no defienden la soberanía de los Estados, ha sido completamente efectiva, donde las pueriles oligarquías venden su alma a un precio, que hubiera avergonzado al mismísimo Fausto. Como dijo Winston Churchill: “Argentina es la mejor colonia, porque se gobierna y administra así misma”.

Al paradójico calor de la guerra fría, Eduardo Galeano escribió uno de las obras cumbres de la literatura política latinoamericana, un ensayo parido en plena gestación de uno de los mayores monstruos: el Plan Cóndor. Una historia de dominación, de saqueo organizado, extendido a lo largo de los siglos, brevemente interrumpido por gobiernos “insurrectos” que pagaron con la supresión constitucional tal osadía. En código, convertido en un Nostradamus rioplatense, profetizó el ascenso de una doctrina económica, diseñada en el Imperio de nuestros días, que se aplicó a fuerza de represión en nuestras tierras… y la que, lamentablemente, hoy nos sigue oprimiendo, un nuevo capitulo del sometimiento a capitales extranjeros, historias modernas de concesiones eternas de la región de venas abiertas a otras latitudes.

Desde hace cinco siglos América Latina es el tablero del juego geopolítico internacional. Nuestra región, amada por la Providencia, dotada de recursos naturales incalculables, desde los maizales de oro hasta las entrañas de plata. Somos la columna y el pulmón de la Matria que cobija a la vida misma.

Desde 1492, América Latina es el escenario de genocidios, de imposiciones culturales, de dominaciones políticas, de voluntades desoídas, de traiciones locales, pero también de fuerzas vivas. Sepulcro escondido de millones de huesos que se pudren en criptas de plata, las fauces del Potosí enmudecen las rugientes puertas del Sol. Las muertes nativas pigmentan las hurtadas joyas que coronan las cabezas de los monarcas europeos y lucen en los cuellos de los profetas del evangelio de promiscuidad.

El saqueo fue completo: ¿Los reyes del azúcar son distintos de las oligarcas agrícolas-ganaderos actuales? Atrocidades indecibles se cometieron en su nombre, por la idea de una supremacía racial: asesinaron millones de aborígenes. La dominación cultural fue tal, que nuestros billetes celebran la “Campaña del Desierto” como hazaña patriótica, cuando no fue más que otro capítulo del genocidio americano; la historia contada desde las élites no enseña a lucrar con la sangre.

Desde la ingeniería de la economía internacional, nuestra región se ha “integrado” como productora de materias primas, resignándose al desarrollo industrial que experimentaban las metrópolis del Norte. Nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria ajena; nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros (Galeano 1971: 16). El esquema exportador usufructuaba con la riquezas de nuestros suelos, mientras millones de compatriotas fallecían de hambre. Poco ha cambiado en esta historia, soslayando adredemente el ropaje de inocencia y oscuridad que visten las aristocracias actuales.

Los viejos imperios han caído, pero como la ley de hierro profesa, otros han vuelto a surgir. Compartimos el continente con el mayor de ellos, sus fronteras son los confines de la basta morada de Bael.

Desde la imposición de su cultura del envase, han logrado degradar en el imaginario colectivo de nuestras sociedades las culturas milenarias de estas tierras, el ideario de civilización de los ilustrados ha echado raíces profundas, la visión eurocentrista y anglofílica de nuestras dirigencias apátridas, al comienzo de la constitución el Estado, ha construido los cimientos de una estructura económica qué, con ciertas interrupciones, irá respondiendo a lo largo de nuestro bicentenario a las necesidades externas imponiéndose sobre las nuestras.

La historia de nuestra región es la historia de la sumisión a los intereses hegemónicos extranjeros; desde el siglo primero de la invasión a las coronas ibéricas, hasta en el estadio actual al poderío de los organismos internacionales hermanados a los intereses de Washington y Bruselas, la deuda externa y eterna y un todo complicado juego de ajedrez jurídico y político a escala mundial han reemplazado, en parte, las invasiones coloniales, máxime en sociedades como la nuestra, donde la imposición de gobiernos que no defienden la soberanía de los Estados, ha sido completamente efectiva, donde las pueriles oligarquías venden su alma a un precio, que hubiera avergonzado al mismísimo Fausto. Como dijo Winston Churchill: “Argentina es la mejor colonia, porque se gobierna y administra así misma”.

Somos la reina en este juego de ajedrez, podemos movemos a todos lados y en todos los sentidos, nuestros recursos sustentan al mundo, pero siempre vivimos al filo del miedo de ser devorados por reyes impotentes y peones insignificantes.

Guaicaipuro, Lautaro, Tupac Amaru, Juana Azurduy, los desacatados de Taki Ongoy… y otros tantos son caras de la misma historia, una llena de rebeliones, de coraje, de reivindicaciones, de ideales libertarios, de luchas incansables, de resistencias y de olvido. Las venas de América Latina transportan su sangre, sus lágrimas bañan nuestros ríos, los valles sanjuaninos atestiguan la trayectoria de Tomás Sapigul, de Juan Tucmancasta, de Francisco Pacioca… fantasmas de las revoluciones estranguladas que se han de corporizar, esperanzas resurrectas anuncian eras nuevas.

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