De leyendas negras y naufragios

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Las leyendas negras y los naufragios, ocurridos en las costas de Inglaterra en el siglo XIX, pudieran ser una metáfora de nuestras crisis económicas de los últimos cuarenta años. El país, como un barco encallado, sumergido en su propia crisis, es víctima del atraco y el despojo de sus riquezas, a manos de pandillas de pillos que con sus malas artes logran atraerlo hacia las rocosas costas de los planes de ajuste, para abordarlo y hacerse del botín.

Hacia fines del siglo XIX, la costa suroccidental de Inglaterra fue escenario de un inusual número de naufragios que fueron objeto de múltiples interpretaciones a lo largo de la historia, y material abundante para la literatura de aventuras y el para el cine. Más precisamente, en las costas recortadas de la localidad de Cornalles, bañadas por el Mar Céltico al norte y al oeste, y por el Canal de La Mancha al sur, que comprenden un área de alrededor de 400 kilómetros en la cual se registran cientos de naufragios ocurridos durante la segunda mitad del siglo XIX. Estos naufragios marcaron dichas costas como un punto contraindicado en los mapas de navegación de la época, y han alimentado además ciertas versiones y leyendas acerca del origen y las causas de dichos naufragios.

Algunos relatos afirman que por aquella época, antes de que se constituyera el servicio de guardacostas tal como lo entendemos hoy, existían pandillas que planeaban los naufragios de los barcos que zarpaban o arribaban a esas costas, dirigiéndolos deliberadamente a las rocas o a los arenales. Para ello, apelaban a prácticas rudimentarias como encender antorchas y colgarlas con algún soporte entre formaciones rocosas cerca de la playa, o en los arrecifes. O bien colgar faroles de los cuernos de vacas ubicadas en corrales cercanos a algún punto estratégico de la costa. De éste modo, en noches de temporal, los capitanes de los barcos confundían las luces que divisaban a lo lejos con barcos fondeados en algún abrigo o zona de resguardo, e intentaban sumárseles hasta que pasara la tormenta. Sin embargo, al dirigirse allí, terminaban encallando en las rocas o en un banco de arena.

A partir de ese momento, ante la sorpresa de los tripulantes, el navío era abordado por pandillas de forajidos que procedían al su saqueo en forma salvaje, despojándolo de la carga, del equipamiento y de todo objeto de valor, además de las pertenencias de toda persona abordo. Se dice además que luego del despojo, los sobrevivientes del naufragio eran asesinados como para eliminar testigos que pudieran poner en peligro el floreciente “negocio”. Así, en las rocosas costas de Devon y Cornalles yacen los restos del “Serpent” cuyo naufragio se produjo en noviembre de 1890, los del “City of Angra” en 1897, los del “Iris Hull”, en 1883, al igual que los del “Wolfstron” encallado en 1870, para nombrar solo algunos de los navíos caídos en desgracia.

Se dice además que luego del despojo, los sobrevivientes del naufragio eran asesinados como para eliminar testigos que pudieran poner en peligro el floreciente “negocio”.

Estas prácticas fueron llevadas al cine por Alfred Hitchcock en la que fue la última película de su etapa Inglesa, antes de emigrar a Hollywood. El film “La posada de Jamaica”, fillmada en 1939, relata las desventuras de un grupo de pillos que se dedica precisamente a provocar estos naufragios para luego saquear la carga y las riquezas de las malogradas embarcaciones. Los maleantes logran engañar a los capitanes y a la tripulación de los barcos que zarpan o arriban con las bodegas atestadas de riquezas, empleando trucos deplorables y de baja estofa, aunque no por ello menos efectivos. Estos trucos consistían en colocar luces en lugares específicos, cuidadosamente elegidos, creando falsas señales y forzando a los barcos a tomar el curso equivocado. En la película, los navíos siguen éstas falsas señales, al mando de sus capitanes, convencidos de ir en dirección correcta hacia un lugar que los salvará del temporal, cuando en realidad van directo a su propio naufragio. A partir de ese momento, el navío encallado termina siendo objeto del saqueo a cargo de la mencionada banda de pillos, que se repartirán el botín en su aguantadero montado en el sótano una lúgubre posada.

Hace poco ví “La posada de Jamaica” y en cierto momento de la película, no pude evitar relacionar esos naufragios y esas prácticas de pillaje y piratería con las crisis económicas que nuestro país ha atravesado en los últimos cuarenta años. Las recetas que ciertos técnicos y grupos de poder acercaron a los distintos gobernantes a lo largo de las últimas décadas eran promovidas como la fórmula del éxito para salir del estancamiento y lograr el crecimiento hacia una senda del desarrollo. Si el país aplicaba dichas políticas, se nos aseguraba que habría un shock de confianza en la Argentina por parte de los mercados internacionales y que esto generaría un cambio de “clima de negocios”, lo que traería como consecuencia un aluvión de inversiones. La abundancia de inversiones provocaría una disminución en la tasa de interés (medida a través del llamado “riesgo país”), y ello traería como consecuencia un aumento del empleo. De éste modo, un aumento del empleo potenciaría la demanda y alimentaría el proceso de crecimiento y prosperidad, creando las condiciones para el tan ansiado desarrollo, y un reposicionamiento del país en el concierto de naciones.

Sin embargo, cuando las recetas finalmente se aplicaban, el resultado no era el que nos habían pronosticado, sino mas bien todo lo contrario. El recetario consistía mayoritariamente en medidas de recorte del gasto público, devaluación de la moneda, apertura indiscriminada de la economía, desregulación y disminución del rol del estado en general, resignando participación en ciertas áreas anteriormente consideradas estratégicas, para cederlas al sector privado, el cual las gestionaría con mayor eficiencia. Pero lo cierto es que la aplicación de éstas políticas, llevaban al poco tiempo a aumentos inflacionarios, pérdida del poder adquisitivo del salario, y disminución de la demanda agregada y de nivel de actividad, lo cual llevaba a la recesión y al aumento del desempleo y de la pobreza, en una espiral descendente. La inflación local provocada en gran medida por el salto en el tipo de cambio, se intentaba neutralizar con el ingreso de bienes importados que pusieran un techo a los precios de la ya diezmada industria local. Esto traía como consecuencia el cierre definitivo de fábricas y talleres, es decir más desempleo y recesión.

El anunciado clima de negocios sólo se evidenciaba en el ingreso de capitales especulativos que anidaban en el mercado financiero local al calor de tasas de interés más altas que en los países de origen (preparados para echar a volar a la hora de tomar ganancias). Asimismo, los capitales internacionales aparecían vía mecanismos de endeudamiento del estado, (fondos “frescos”), a través de la banca internacional y organismos como el FMI, siempre ávidos de ampliar su volumen de negocios. Al poco tiempo de su aplicación, no obstante, comienza a evidenciarse que ésas políticas recomendadas, lejos de conducirnos a la prosperidad, hacen más que empobrecer a la población reduciendo el salario real y aumentando el desempleo; al tiempo que la devaluación y la inflación siempre han favorecido a sectores concentrados de la economía, disminuyendo la participación del salario en la distribución de la renta nacional. Mientras tanto, durante éstos “planes” económicos, las arcas del estado han sido saqueadas a través de programas de endeudamiento recurrentes, de la eliminación de tributos y de aportes del sector privado, sumados a los programas de privatizaciones de sectores clave como energía, telecomunicaciones, banca y transporte.

A menudo, ciertas recetas se nos presentan como la clave del éxito, y se nos asegura que siguiendo determinado “rumbo”, encontraremos la ruta del crecimiento y la prosperidad. Como aquellos navíos de las leyendas negras del siglo XIX, que seguían las señales luminosas en medio de la tempestad, creyendo que los guiarían a aguas más propicias para la navegación, algunos gobiernos se embarcan en determinados programas económicos, siguiendo las “luces” de ciertos asesores y/o representantes de ”think-tanks” u ONGs, que aparecen en almuerzos y cócteles con tarjetas elegantes y buenas cartas de recomendación. Estas luces adquieren aún más brillo a través de la televisión y de las tapas de los diarios y revistas especializadas, las cuales terminan convenciendo del rumbo a seguir no solo al “capitán del barco” (léase presidente), sino que también a buena parte de la tripulación (léase clase política) y a los pasajeros (léase la población). Finalmente, una vez dado el golpe de timón optado por el rumbo recomendado, al poco tiempo sucede lo inevitable: la zozobra, el desastre, el naufragio y el saqueo vil. El país, como un barco encallado, sumergido en su propia crisis, es víctima del atraco y el despojo de sus riquezas, a manos de pandillas de pillos que con sus malas artes logran atraerlo hacia las rocosas costas de los planes de ajuste, para abordarlo y hacerse del botín.

Existe en la actualidad alguna controversia respecto a las causas de los naufragios en la costa suroccidental de Inglaterra en el siglo XIX, y tal vez a través de los años, las historias hayan mutado y hayan dado lugar a leyendas que inspiraron a mentes como la de Alfred Hitchcock a recrearlas en el cine. Sea como fuere, no dejan de ser una clara metáfora de ciertos hechos por los que hemos atravesado en nuestra historia reciente; de ciertas empresas en las que nos hemos embarcado siguiendo falsas señales hacia rumbos equivocados y hacia falsas playas, las cuales no eran mas que trampas, de las que aún no terminamos de salir.

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