Los medios que nos miran

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La contaminación informativa, la repetición, el deslizamiento de significados, la espontaneidad de diseño, las calumnias y ridiculizaciones de laboratorio mediático se instalaron, sin grandes obstáculos, a través de los viejos y nuevos soportes de la comunicación masiva. La nueva vuelta de tuerca del gatopardismo conservador ha recreado tópicos que parecían agotados y el país de la apariencia y los fantasmas se dibuja en una máquina virtual, retrospectiva, llamada cambio. 

Los vocablos estrella del análisis comunicacional de 2016 fueron posverdad y populismo. El primero se llevó el galardón del Diccionario Oxford; el segundo, el reconocimiento de la Fundación del Español Urgente de la Agencia EFE. Ambos términos estuvieron y siguen bajo la lupa de los estudiosos del discurso. No obstante, la contaminación informativa, la repetición, el deslizamiento de significados, la espontaneidad de diseño, las calumnias y ridiculizaciones de laboratorio mediático se instalaron, sin grandes obstáculos, a través de los viejos y nuevos soportes de la comunicación masiva.

En Argentina, los que se asombran y viven como una pesadilla de la modernidad esta recreación del mito de Sísifo, plasmada en la enésima restauración conservadora, buscan una reconversión que les permita seguir en carrera o en escena. Se niegan sistemáticamente a reconocer que el conservadurismo liberal tiene su heterodoxia y su taller de innovación. Tanta contradicción en los significantes les impide aceptar la existencia de una corriente restauradora que estructuró la imposición de un sentido común cristalizado en la apariencia.

Los medios masivos, instalados en la lógica del puro beneficio y la aversión al riesgo, nos miran desde sus atalayas de medición y sondeos, al tiempo que calibran sus monitores en las redes sociales. Como siempre, protagonistas; como nunca, hacedores de la imposición acrítica de un modelo de exclusión basado en el más audaz capitalismo de prebendas.

El teatro de Shakespeare nos muestra como el inevitable choque entre apariencia y realidad termina en tragedia. Los diseñadores caídos en desgracia por olvidar las Islas Malvinas o borrar el sushi de la connivencia, representan la parte más delgada del hilo que sostiene el montaje, el material descartable de un presente griego. Despedidos como en un reality show de Donald Trump, los creativos menores corroboran el desprecio que inspira el subalterno comedido, por definición ineficaz, sin la firmeza de la orden o la guía del manual.

El teatro de Shakespeare nos muestra como el inevitable choque entre apariencia y realidad termina en tragedia. Los diseñadores caídos en desgracia por olvidar las Islas Malvinas o borrar el sushi de la connivencia, representan la parte más delgada del hilo que sostiene el montaje, el material descartable de un presente griego. Despedidos como en un reality show de Donald Trump, los creativos menores corroboran el desprecio que inspira el subalterno comedido, por definición ineficaz, sin la firmeza de la orden o la guía del manual.

La nueva vuelta de tuerca del gatopardismo conservador ha recreado tópicos que parecían agotados y el país de la apariencia y los fantasmas se dibuja en una máquina virtual, retrospectiva, llamada cambio. Como espejo para vampiros, kirchnerista o camporista ha reemplazado a subversivo o marxista apátrida. Modernización, un comodín para hablar de ajuste, venganza, pauperización o descarada transferencia de ingresos, modelo de especulación fácil o de negocios servidos en bandeja.

Aunque no sabemos cuándo se agotarán los diseñadores-fusible ni en qué momento estallará la tensión shakespeariana, podemos prever enormes pérdidas materiales y simbólicas a corto plazo. Los medios que nos miran con desdén tal vez sólo estén disfrutando de una fiesta que celebra una victoria pírrica en el barro de la comunicación.

@ale_enric

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