Los múltiples mecanismos represivos de “Cambiemos”

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El factor clave de dominio de la gestión macrista reside en la práctica de un poder a secas basado en la imposición de la fuerza coactiva, llevada a cabo mediante la coerción económica (“salarios bajos o despidos” frente a los trabajadores), o directamente a través de la represión policíaca. Resulta obvio que la fantasía del espíritu “zen” se agotó, siendo reemplazada por la trilogía balas, gases y palos. De aquí en más se entablará la contienda entre un poder solamente represivo, y un proyecto mayoritario que reconstruya su hegemonía sobre la base de una legitimidad auténtica.

La gestión macrista utiliza dispositivos hegemónicos erráticos, y muy limitados, dada la estructura sobradamente clasista de la administración “pública” que ejecuta, volcada con evidencia irrefutable al favorecimiento desfachatado de la elite económica áulica de nuestro país. Su aparataje mediático-“cultural” se apoya en una panoplia heterogénea de relatos ficticios, procurando el logro de cierta legitimación artificialmente consensuada, a fin de ejercer la representación del poder fáctico del núcleo duro corporativo empresarial, de hecho prevaleciente.

El “gerenciamiento” filoprivatista del Estado conlleva discriminación flagrante, hermetismo palmario, y marginación excluyente con respecto a la mayoría de la población argentina. Su única legitimidad sólida radica en su carácter legal [Weber], al haber asumido el gobiernos a partir de elecciones democráticas. De modo que el factor clave de su dominio reside en la práctica de un poder a secas, esto es basado en la mera imposición de la fuerza coactiva, llevada a cabo mediante la coerción económica (“salarios bajos o despidos” frente a los trabajadores), o directamente a través de la represión policiaca, al margen de la segregación en todos los ámbitos de los sectores antagonistas, críticos, u opositores.

La noción de hegemonía reporta en gran medida, a la concepción gramsciana, al sostenerse que “la supremacía de un grupo social se manifiesta de dos modos, como dominación y como dirección intelectual y moral. Un grupo social es dominante de los grupos adversarios, que tiende a liquidar o a someter hasta con la fuerza armada, y es dirigente de los grupos afines y aliados. Un grupo social puede, y también debe ser dirigente ya antes de conquistar el poder gubernamental. Es esta una de las condiciones principales para la propia conquista del poder. Después, cuando ejerce el poder y también lo mantiene firmemente en sus manos se convierte en dominante, pero debe continuar siendo también dirigente”. El componente hegemónico, trasmitido por los engranajes culturales y socioeducativos, comprende entonces los instrumentos de la dominación, y a la vez de la forma ejecución directiva.

Se ha estimado la posibilidad de construcción de un bloque histórico-hegemónico, el cual es edificado rejuntando, selectivamente, improntas diversificadas, aunque unidas coyunturalmente por un débil “hilo de Ariadna”. Así, dichos legados pudieron converger, de manera circunstancial, conformando algo nuevo, o el “cambio” [Alemán], en el ballotage de 2015, donde confluyeron simultáneamente sentimientos antiperonistas acérrimos, “cristinofobia”, racismo, falsa conciencia clasista, odio xenófobo hacia latinos, reclamo desaforado de “mano dura contra negros y vagos”, desprecio visceral a los otros, sin importar quiénes constituían el campo de “los propios”, etcétera. Muchos de estos especímenes de la minoría silenciosa se expresaron frente al Cabildo el 1° de abril.

Sin embargo, la banalidad extrema hasta el hartazgo de los gerentes proístas, acompañada de ocultamiento cómplice de los medios de comunicación oligopólicos sobre la situación socioeconómica real, en bancarrota innegable, junto al de los recurrentes y sistemáticos actos corruptos de la cleptocracia, el pretexto remanido y falaz de la herencia, etcétera, ya no es suficiente…

Resulta obvio que la fantasía del espíritu “zen” se agotó, siendo reemplazada por la trilogía balas, gases y palos, porque recientemente salió al descubierto el objetivo primigenio del “modelo”, es decir la conformación de fuerza represoras, ante la erosión de la credibilidad iniciática por parte de un segmento notable de los votantes de “Cambiemos”. De aquí en más se entablará la contienda entre un poder solamente represivo, y un proyecto mayoritario que reconstruya su hegemonía sobre la base de una legitimidad auténtica, en lo sociopolítico y cultural, con el propósito de doblegar democráticamente, en las elecciones de octubre próximo, la supremacía pre-republicana del 10% más rico de la población, y el latrocinio impune de “la corte”.

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