Mejor trabajar por cualquier sueldo que no trabajar ¿no?

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Quienes creen en “la mano invisible del mercado” tomarán conciencia que los incentivos que generan las nuevas oportunidades solo son buenas para los que invierten, deben entender que también deben serlo para los que venden su capacidad de trabajo…..¡pero llegado ese momento quizás sea demasiado tarde!

Es tristemente gracioso que gente que no ha doblado la espalda en su vida y no ha hecho otra cosa que sentarse en un escritorio de una oficina climatizada o que han sido “acomodados” por sus familiares en cargos intermedios, le digan a la gente que “vive” de planes sociales o están desocupados, que tendrán futuro si se trasladan en plena canícula estival a cosechar peras al valle de Río Negro o también, porqué no, al frío patagónico para convertirse en peón ayudante al pie del pozo de extracción petrolera o esquilador de ovejas en el galpón más grande del mundo. Que abandonen a su familia durante varios meses y desaparezcan para ir a hacer un trabajo muy duro por un sueldo más que cuestionable (y en muchos casos en negro).

Debe entenderse que uno puede ser un desempleado o vivir de un plan, pero eso no le convierte en la reserva laboral semi-esclavizada que acumulada dentro de un tacho espera la oportunidad que alguien, tirándole de un brazo, lo saque de la miseria para “ofrecerle” cualquier trabajo.

Desde antiguo la moral como instrumento de justificación de las desigualdades sociales ha sido una herramienta al servicio del poder. Se consideraba al pobre como causante de su desgracia por sus desviaciones morales y personales. Los padres y madres de familia que tenían a sus familias en la pobreza lo hacían “por su falta de ganas de trabajar, su cercanía con el alcohol y el juego, por no querer esforzarse o por no saber ahorrar y administrar su dinero”.

Nunca quedaron ocultas a los ojos de la burguesía y de las clases dirigentes, que bueno es resaltarlo convivían en las mismas colonias fabriles o en las mismas ciudades, las terribles desigualdades sociales que aparecieron a inicios de la industrialización y puntualizar esa titánica lucha para que comenzaran a reducirse y a mejorar las condiciones de los trabajadores fabriles.

A mayor flexibilización laboral, mayor ganancia empresarial

Además la burguesía nunca tuvo la “justificación divina propia de la realeza” en cuanto a su posición de privilegio y siempre se han jactado de que ellos o un antepasado de ellos la plata la hicieron trabajando, gracias a ese talento personal y a su capacidad de generar riqueza. Para explicar la pobreza, las clases dirigentes, siempre manejan una gran construcción moral su desbarranco.

Vayamos al grano. Se puede escuchar a gente criticando que haya personas que estando desempleadas o cobrando un plan no acepten algunos trabajos porque el sueldo que se les ofrece es menor a lo que percibe, sumado a algunos pesitos que recoge por changas diversas.

Una persona cuando decide aceptar una oferta de trabajo no lo hace desde el planteamiento de que “mejor trabajar por cualquier sueldo que no trabajar“, esa es una visión neomalthusianista, que por suerte, está en decadencia en Occidente, aunque no dentro de los sistemas neoliberales de gobierno, tan en boga en estos días.

Cuando alguien está sin trabajo no es “lumpen laboral” o la famosa reserva de desheredados acumulados dentro de un tacho de basura, de tal forma de que alguien se digne revolver en esa “mesa de saldos” y tirando de un brazo consiga trabajadores a costos irrisorios. Cuando alguien está desempleado debe desconfiar y preguntarse “cuánto le cuesta esa oportunidad laboral”, que en forma espuria muchas veces se le ofrece.

Si este pensamiento a usted “le está molestando”, sepa que solito, solito, ha definido su posición política y social. Si cree que el que no tiene laburo debe aceptar cualquier cosa, usted tiene problemas serios en su visión de la realidad y nunca fue un desempleado desesperado, con su familia hambrienta o en la calle.

Una persona puede aspirar a conseguir un trabajo ligeramente inferior al que tenía anteriormente, pero en su área laboral específica y no meterse en otro que para él es un abismo. Imaginémonos un “soldador de cañería a presión” al que se le ofrece ser empleado en un supermercado.

Cobrará menos, pero como sabe muy bien que le costará encontrar trabajo de “soldador de cañería a presión” lo acepta. Al estar empleado nueve o diez horas tendrá menos tiempo para buscar empleo y consecuentemente se “desconectará” aún más con las empresas de su sector.

A las arcas del Estado y a los empresarios e industriales de pacotilla le va a ir bien, pero al país, definitivamente, no. Que una persona malbarate su talento y capacidad en puestos de menor valor añadido, hace que el conjunto del sistema empeore y todo se primarice.

Cuando el empresario o industrial dedicado a las obras de ingeniería comience a ver que vuelven las licitaciones públicas y privadas, nacionales o internacionales, de gasoductos, centrales térmicas y atómicas, oleoductos, etc., y entienda que es el momento de contar con “soldadores de cañerías de alta presión” les costará encontrarlos si están trabajando en un supermercado o una estación de servicio. Se ha roto la cadena definitivamente. Deberá suplir las ausencias con personal de menor capacitación, cuyos errores en la prestación de su especialidad le saldrá muy caro y hasta el rechazo por parte de las inspecciones de obras respectivas.

Finalmente hay que remarcar el equívoco en creer que el libre mercado es para los “ricos” y el control social y coacción moral-simbólica es para la plebe que necesita ser guiada.

Quienes creen en “la mano invisible del mercado” tomarán conciencia que los incentivos que generan las nuevas oportunidades solo son buenas para los que invierten, deben entender que también deben serlo para los que venden su capacidad de trabajo…..¡pero llegado ese momento quizás sea demasiado tarde!

NOTA: Este artículo está inspirado en un trabajo de Rodríguez Fernández de Unión General de Trabajadores de Cataluña, España. Máster en Sociedad de la Información y en sociología por la UOC, (España) entre otras capacidades y participaciones institucionales.

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