«Miki» dinamita

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El candidato a vicepresidente Miguel Ángel Pichetto,  supera con creces a otros de su misma laya, destrona al Sarmiento del odio al “gauchaje” y la “indiada”, pone en aprietos al mismísimo Roca y su campaña al famoso desierto habitado. Ha logrado contener, en una sola frase, en tan pocas y “determinadas” palabras, toda una definición de su condición y la de quienes le aplauden. Da por tierra con esa condición cristiana de amor al prójimo y acaba con los últimos atisbos de humanidad de lo humano, enarbolando la muerte del molesto pobrerío como su orgullosa bandera.

Cuando allá por 1867, el químico Alfred Nobel inventó la dinamita, su propósito fue, aunque a la vista de lo sucedido con ella después pueda parecer increíble, la de salvar vidas. Es que la nitroglicerina con la que se constituía básicamente ese nuevo invento, venía matando mineros de forma alarmante, por la inestabilidad propia ese producto químico. Y todos saben la historia que siguió con las regalías de la patente de semejante ingenioso artificio, con la creación del más que famoso galardón que año a año se entrega a quienes se señalan como las más destacadas personas del ámbito científico y cultural del mundo.

Dejando de lado lo dudoso de los métodos selectivos de esos personajes premiados y las implicancias ideológicas y políticas que conllevan, lo cierto es que tal vez a Academia que los elige debiera ir pensando en la posibilidad de un candidato argentino, un diferente, un reivindicador del primigenio invento que dio origen a la distinción en cuestión. Un hombre que ha sido capaz de reconvertirse ideológicamente varias veces, hasta encontrar su verdadero destino, el de “justiciero social”.

Este sesudo comandante de la destrucción del diferente, no es otro que el senador Miguel ¿Ángel? Pichetto, verborrágico parlanchín mediático de escasas capacidades discursivas, pero notables condiciones guerreristas, valiente detonador de explosivas declaraciones dirigidas, siempre, a señalar a los “verdaderos” enemigos, esos que nos rodean con sus permanentes pedidos de ayudas, que se establecen en los rincones miserables de las grandes ciudades para, desde allí, amenazar con contagiar sus extremas pobrezas al resto de la población “sana”.

Es que las solicitudes de comida y cobijo son molestas a los ojos y las almas de los ciudadanos de primera que no desean compartir sus sendas peatonales, sus avenidas, sus puentes y los aleros de sus edificios con semejantes desarrapados, molestos y sucios, que ocultan sus vidas de opulencias detrás de las limosnas que les exigen pedir a sus hijos. Pichetto lo comprendió, para solaz de quienes estaban buscando la reivindicación de sus herejes maneras de tratar a los semejantes, emprendiendo una auténtica y “valiente cruzada” contra esos especímenes a los que no considera humanos, solo restos de tales condiciones creadas por el persistente “populismo” de los últimos setenta años, al que él mismo se vio arrastrado en busca de un lugar en el Mundo (político).

La cuestión es que su decidida acción viene a poner su nombre al borde de la designación como candidato al Nóbel. Lo que no se logra dilucidar todavía, es que rubro le correspondería. Queda claro que no al de la paz. Tampoco podría ser el de la literatura, ya que sus palabras tienen menos vuelo artístico que una perdiz cansada. Podría intentarse con la medicina, por el intento de eliminar enfermedades, aunque, eso sí, matando a los enfermos. No, no parece que corresponda. Tal vez la de química, por la concreción de un práctico uso social al viejo invento del inventor sueco, aún cuando resulta un poco reinvindicativo de los holocaustos.

No hay caso, es imposible catalogar a semejante pro-hombre (en realidad, hombre-Pro). Su figura excede todo lo conocido, supera con creces a otros de su misma laya, destrona al Sarmiento del odio al “gauchaje” y la “indiada”, pone en aprietos al mismísimo Roca y su campaña al famoso desierto habitado. Ha logrado contener, en una sola frase, en tan pocas y “determinadas” palabras, toda una definición de su condición y la de quienes le aplauden. Da por tierra con esa condición cristiana de amor al prójimo y acaba con los últimos atisbos de humanidad de lo humano, enarbolando la muerte del molesto pobrerío como su orgullosa bandera.

Hipócrita y farsante, cobarde y traidor, será tal vez su suerte la de convertirse en el ejemplo más obsceno y rastrero de la maldad humana, tan próximo a lo diabólico, que Lucifer ya está pensando en conseguirse otro trabajo. Y Pichetto, en alzarse con el millón de dólares del Nóbel… al genocida del año.

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