Néstor y el censo

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Tenía que ser aquel 27 de octubre,  justo el día del censo (pretendidamente saboteado por los insensatos) que el corazón de Néstor no esquiva el enésimo infarto y se nos va. Se nos fue Néstor, y sin convocatorias previas, fuimos cientos de miles los que marchamos a la Plaza de las Madres, cientos de miles los que dijimos ¡Presente!, cientos de miles los que nos dábamos mutuas fuerzas, y que a partir de allí debimos continuar cerrando filas para evitar que la voracidad de los miopes nos robe no ya el futuro, sino ese presente.

Como todas las mañanas desde hacía décadas, ese miércoles atípico me levanté temprano y me hice una escapadita hasta la panadería transgresora de la veda para compartir unas facturas con el/la censista, a quien recibiría confiado, sin temores y le abriría las puertas de mi casa, ya que hasta ese punto había llegado la locura de Clarín procurando que la gente viera al/la mismx como un inquisidxr.

Imprevistamente, un familiar, en una mezcla de asombro y dolor, me lanza sin anestesia dos palabras que me sumieron de inmediato en la incredulidad y la consternación: ¡MURIÓ KIRCHNER!

Superada la instancia de sopor y luego de seguir los hechos por los medios públicos, tras confirmar oficialmente el fallecimiento de Néstor me decido a hurgar en los pliegues de mi memoria en busca de elementos que me permitieran darle forma a estos pensamientos.

Y los mismos , para no ir mas allá de lo conveniente, se dispararon hacia finales de 2001 cuando en medio de desvalijamientos, muertes, corralitos, corralones y demás calamidades, nuevamente el helicóptero presidencial levantaba vuelo desde la terraza de la Casa Rosada, transportando a Fernando de la Rúa –recientemente- fallecido quien nos dejaba cacerolas vacías de contenido y abarrotadas de privaciones, clubes de trueque, ahorros atrapados y desocupados por millares pero, por sobre todas las cosas, nos dejaba un país tan difícil como incapacitado para soportar un fracaso mas.

Como si estas plagas no hubieran bastado, sobrellevamos la transición del senador Eduardo Duhalde, quien recitando “El que depositó dólares recibirá dólares” se aliaba a lo peor de la derecha peronista, inducía o toleraba las ejecuciones de Maxi y Darío y posibilitaba que no se cumpliera con el reclamo popular de “¡Que se vayan todos!”, ya que no se fue nadie, salvo los que huyeron per se o luego reciclaron sus perversidades en futuros gobiernos ciñendo –por supuesto- al de MM, la peor gestión de la historia.

Y en medio de ese panorama, frente a la alevosía siniestra de Carlos Menem de no participar de una segunda vuelta, por no haber conseguido una nueva transfusión de vergüenza y ante la evidencia de la derrota, aparece en escena, con tan sólo el 22% de los sufragios ese Flaco alto y desaliñado, de traje cruzado abierto y mocasines pasados de moda, al cual vimos –horas más tarde- desandar, en compañía de Fidel Castro y Hugo Chávez los cien metros que separan la Casa de Gobierno de la Catedral, habiendo quedado ya dentro del Congreso los malabares ejecutados con el bastón presidencial ante el vistazo incrédulo de quien pensaba estar instalando en el sillón gubernamental a un hombre sumiso, manejable; de haberse tropezado y lastimado con una cámara, y bajo otra mirada, la de una esposa a la cual ya el destino le estaba reservando un lugar preponderante en la historia argentina.

Horas más tarde, en su despacho, con la sola compañía de su familia, tras haberse jurado (y jurarnos) no dejar sus convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno, se percató de la abrumadora tarea que le aguardaba ante la real devastación del país heredado sin beneficio de inventario.

E inició la restauración con economías desfallecidas, índices espeluznantes de desocupados, subocupados, invasión de patacones, lecops, exigencias de cambiar bonos por tierras, jubilaciones enmarañadas en perversas AFJP, desnutrición infantil, educación y salud destruidas y el peso agobiante de una descomunal deuda externa para cuyo pago ni siquiera había servido el desguace anterior de las empresas estatales iniciada en la siniestra década neo-colonial a cargo del Sultán de Anillaco, (aun vegetando en el Senado) denostada por sucesivos apátridas que la contrajeron, aún sin castigo, absueltos y gobernando.

¿Por dónde empezar? ¿A quién atender primero? ¿Cuál era el orden? DESOLADOR.
Y comenzó. De a poco, con paciencia, con trabajo incansable, llevando la contabilidad peso a peso en su famosa “libretita”, sorteando acechanzas de los de afuera y los de adentro (las más perversas y peligrosas) esa nave naufragante en medio del océano que era la Argentina, se encaminó a puertos más seguros.

Y se sucedieron los hechos, tantos y tan audaces que, paulatinamente, aún aquellos que lo observaban como un Quijote desgarbado, apoyándose tan solo en su tenaz compañera como escudera, asistieron a las más grandes evoluciones en décadas. Son muchas, significativas, preponderantes.

A tres días de asumir, descabeza las cúpulas militares, destraba una larga huelga docente en Entre Ríos, abre los archivos sobre el atentado a la AMIA, remite al Congreso una ley que remueve parte de una Corte Suprema abyecta, el 24 de marzo de 2004 recupera la ESMA para el pueblo con un emocionado pedido de perdón por los horrores padecidos allí por miles de compatriotas, quita de las paredes abominables cuadros genocidas, declara la inconstitucionalidad de leyes protectoras que, aún, luego de tantos años de democracia seguían amparando a los feroces sanguinarios del proceso, impulsa la IV Cumbre de las Américas en Mar del Plata rechazando el ALCA, (¡Al Carajo!) herramienta del imperio para someter a los pueblos de esta parte del mundo, y gesta, al mismo tiempo, la unión regional con el MERCOSUR como eje central, cancela con reservas propias la deuda de casi 10 mil millones de dólares con el FMI, quitándonos un yugo asfixiante sobre nuestra soberanía, abre las puertas de Balcarce 50 a tantos, a muchos, a los diversos, a los excluidos, re-estatiza el agua, las cloacas, el espectro radioeléctrico, el correo, algunos ramales ferroviarios y los astilleros Tandanor.

El diez de diciembre de 2007, se produce un hecho tan histórico como inédito en la política nacional: le coloca la banda presidencial a su esposa quien había ganado las elecciones en octubre con un 45%. Y ahí comienza otra historia.

Y tenía que ser justo el día del censo (pretendidamente saboteado por los insensatos) que el corazón de Néstor no esquiva el enésimo infarto y se nos va.

Se nos fue y tuvimos que comenzar a llenar su vacío con más entrega, compromiso, militancia, esfuerzo, sacrificio, con el accionar desde el lugar que cada uno de nosotros ocupáramos, pero fundamentalmente, rodeando y amparando a Cristina, para que nada perturbara su gestión.

Se nos fue Néstor, y sin convocatorias previas, fuimos cientos de miles los que marchamos a la Plaza de las Madres, cientos de miles los que dijimos ¡Presente!, cientos de miles los que nos dábamos mutuas fuerzas, y que a partir de allí debimos continuar cerrando filas para evitar que la voracidad de los miopes nos robe no ya el futuro, sino ese presente.
Se nos fue Néstor y con sus últimos latidos los eternos y despreciados miserables prosiguieron con su obra desembozada de desgaste. No se podía aguardar otra cosa, no se le podía pedir grandeza a los minúsculos, respeto a quienes no se respetaban a sí mismos y limpieza a aquellos que vivieron y viven en el fango.

Al volver de la Plaza una de esas noches, yo me preguntaba quién le escribiría los libretos a la Argentina, porque cada vez que estuvimos a pasos de un final feliz, alguna hoja del guión se traspapeló y tuvimos que filmar la escena nuevamente.

No importa, en esta oportunidad la culminación de la película la reafirmamos nosotros el 27 de octubre reventando las urnas con votos hacia Alberto y Cristina en aras de la persistencia de nuestro modelo logrando con esto dos cosas: la continuidad del mismo y el barrido político de aquellos que priorizan la entrega del país y sus millonarias existencias en desmedro del conjunto de la población.

Néstor desencarnó. Ese día el censo llegó a su fin, pero… ¡Qué bronca, en el recuento, nos faltó el más trascendente!

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