Otra muerte de Santiago

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“Él solo, sin que nadie lo notara, se hundió”. Así culmina la obra de terror redactada por un juez sin escrúpulos para la mentira, sin honor ni moral, sin otros objetivos que mantener su oscuro cargo, aceptando las presiones de los fabricantes de esa fábula fría y maloliente, de este gobierno protector de asesinos por la espalda y represores sanguinarios, golpeadores de inocentes, socios y cómplices de los poderosos ladrones de nuestros territorios.

Santiago Maldonado regresa a las noticias, para tratar de que sea olvidado, para aplastar su recuerdo a fuerza de falsedades con rango de sentencias, para doblegar a su familia desolada con expresiones sin respaldo probatorio, para asegurar impunidad y arrancar la sonrisa perversa y el regocijo íntimo de la alcohólica que se pretende ministra del Estado.

Santiago vuelve a caer en el río helado, regresa al sitio donde terminó la persecusión malvada, es hundido otra vez en el lodo de la patraña uniformada, desaparece de la superficie empujado por las manos de los escribientes del Poder, repugnantes personajes de egos exacerbados e hipocresías permanentes, lacrimógenos falsificadores de la historia, embusteros de pantallas y relatores de fantasías alimentadas por su desprecio por la vida de los otros.

Santiago es atacado nuevamente, perseguido hasta la orilla del olvido, se esconde de los golpes asesinos, traga el agua del frio patagónico, lo absorbe la oscuridad de la injusticia, lo denigra un pequeño juez de poca monta, lo alejan de la lógica esperanza de justicia de sus padres.

Están felices. Así son estos canallas hacedores de tragedias cotidianas, fabricantes de dolores permanentes, destructores de familias y futuros, adversarios de lo honesto y lo sencillo, matadores de reclamos a balazos y golpes de bastones astillados de tantas cabezas martilladas. Están contentos, “su” juez ha dado el fallo fallado que buscaban, han logrado su objetivo miserable de ocultar, aunque sea solo por el corto tiempo necesario, la verdad que conocen y respaldan, cómplices imprescindibles de esta absolución sin nombres ni señales de probanzas.

Otro desaparecido de esta “democracia” artillada. Otra muerte sin respuestas honestas ni búsqueda de auténticas certezas. Más y más delirios emitidos por esa nefasta ministra succionadora de todos los odios populares. Otra sonrisa del Poder encaramado en sus malolientes palacios de (in)justicias, tratando de borrar lo evidente con el trazo grueso de una falacia con rango de veredicto final, frente a una historia atravesada por inventos denigrantes y “zócalos” televisivos constructores de inconciencias tan vulgares como el intelecto escaso de sus promotores.

Santiago muere de nuevo. O eso pretenden sus asesinos disfrazados de justicia. Pero no se puede apagar el fuego de su memoria que golpea la puerta de los honestos, rogando la ayuda que no encontró aquel día fatídico de la persecusión fatal de los disfrazados de “defensores de fronteras”, esos cobardes golpeadores de indefensos, mano de obra siempre dispuesta para el golpe al débil y la sumisión al poderoso.

Habrá que iniciar otra vez el camino de la verdad y la conciencia. Formará parte de la reconstrucción de esta Patria avasallada, que espera, hace ya demasiado tiempo, que se aprendan las lecciones de la historia consumada en tantas muertes sin sentido, tanto dolor encaramado en las miradas frías de los contumaces provocadores de todas nuestras desgracias, esos oligarcas destructores de los sueños populares, cómplices indudables de la muerte de Santiago.

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