Periodismo en terapia intensiva

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Las nuevas tecnologías nos dan la posibilidad, por primera vez en la historia de la información, de abandonar esa pasividad “receptora” e intentar el cuestionamiento del mensaje, analizarlo, chequearlo y, eventualmente, replantearnos a quién vamos a entregar nuestra confianza (si es que vale la pena tomar el riesgo de entregarla) y con qué material construimos nuestros puntos de vista y nuestras opiniones. Mientras parte del periodismo se encuentra en estado terminal, en esta terapia intensiva provocada y sostenida por los poderes dominantes, nosotros tenemos la obligación ineludible de enfocarnos en los hechos puntuales y no en quienes los cuentan, en la comprobación de las fuentes y no en quienes difunden.

Hace unos días leí que, por orden del juez Casanello, el avión de Lázaro Báez había sido entregado a la Policía, que, de ahora en adelante, lo usará para “combatir el crimen”.

La noticia, anunciada con bombos y platillos por la ministra de Seguridad y ampliamente difundida por sus acólitos comunicadores, trolls y toda la troupe de personajes nefastos que pululan por los medios, me llamó la atención, porque me pareció raro que el juez entregue de esa manera un bien perteneciente a una persona que está siendo juzgada y sobre la cual aún no se ha dictado condena firme.

Bueno, resulta que el famoso avión pertenece a la empresa Top Air, que fue propiedad de Walter Zanzot (y no de Lázaro Báez), quien la vendió en junio de 2015 a la empresa portuaria PTP, que es concesionaria de obras en provincias como por ejemplo, Buenos Aires. O sea que la nave en cuestión no le pertenecía a Báez sino a una empresa contratista del Estado… Descubrí algunas cositas más, pero tomaré como ejemplo el tema puntual del avión y por el momento, dejaré de lado los detalles.

Tomando en cuenta la construcción que, durante tanto tiempo, tan laboriosamente se hizo sobre el tema “corrupción K“, no es de extrañar que una parte del público, exultante de alegría, haya celebrado la “noticia” sin cuestionarla en absoluto.

En este punto surge la certeza de que es falso eso de que la gente opina de lo que no sabe. La gente nunca opina de lo que no sabe. La gente siempre opina de lo que sabe y actúa en consecuencia. El tema es DE DÓNDE SACÓ LO QUE SABE.

Todo aquél que emite una opinión siempre cuenta con un conocimiento previo. Cuando incorporamos conocimiento elegimos una fuente de donde extraerlo. Y elegimos una fuente en la que confiamos. Por ejemplo, supongamos que pasa algo en el barrio. Una versión te llega por una vecina a la que no frecuentás demasiado, mientras que otra versión te es relatada por la vecina de al lado, que siempre toma mate con vos y te conoce desde siempre. ¿A quién le creés?

Entonces la cuestión ya no se centra en evaluar el hecho en sí, sino en “a quién le creo”. Y ¿quién gana en esa disyuntiva tramposa? Lógicamente, quien supo construir una relación de confianza con vos.

En este punto es fácil darse cuenta de que informarse siempre ha sido más bien una cuestión de fe y no de análisis. La duda, ese recelo que tantas puertas supo abrir a lo largo de la historia, no tiene lugar cuando quien nos transmite un mensaje se ha apropiado de nuestra simpatía y nuestra confianza.

En las redes sociales, donde supuestamente tenemos la posibilidad de contactarnos con diferentes personas que cultivan variados puntos de vista y se manejan con distintas fuentes de información, tendemos a elegir como contactos exclusivamente a quienes piensan como nosotros. Y así quedamos encerrados en una burbuja de ideas y conceptos que no se renuevan, una burbuja que no deja lugar al cuestionamiento ni a la duda. Una burbuja de fe.

En estas épocas de Internet, de avalanchas informativas, de posverdad, donde pareciera que la modernidad ha revolucionado las maneras de comunicarse y de informarse, aún seguimos regidos por el viejo esquema “emisor —> mensaje —> receptor”.

¿Qué pasaría si, al recibir el mensaje, el receptor dejase de lado la confianza/simpatía o el recelo/aversión que le tiene al emisor y decidiese dudar? ¿Qué pasaría si el receptor dejase su lugar pasivo y decidiese plantearse la simple pregunta “¿Será verdad esto?”

Pero ¿qué pasaría si, al recibir el mensaje, el receptor dejase de lado la confianza/simpatía o el recelo/aversión que le tiene al emisor y decidiese dudar? ¿Qué pasaría si el receptor dejase su lugar pasivo y decidiese plantearse la simple pregunta “¿Será verdad esto?”?

Las nuevas tecnologías nos dan la posibilidad, por primera vez en la historia de la información, de abandonar esa pasividad “receptora” e intentar el cuestionamiento del mensaje, analizarlo, chequearlo y, eventualmente, replantearnos a quién vamos a entregar nuestra confianza (si es que vale la pena tomar el riesgo de entregarla) y con qué material construimos nuestros puntos de vista y nuestras opiniones.

Para nosotros, los todavía encasillados como “receptores de información”, que queremos salirnos de esa categoría para la cual nos adiestran en el silencio y la aceptación, el gran desafío para el futuro es lograr enfocarnos en los hechos puntuales y no en quienes los cuentan, en la comprobación de las fuentes y no en quienes difunden.

Mientras parte del periodismo se encuentra en este estado terminal, en esta terapia intensiva provocada y sostenida por los poderes dominantes, nosotros tenemos la obligación ineludible de, además de recibir las respuestas a las preguntas de siempre (Qué, Quién, Cómo, Cuando, Dónde, Por qué), hacernos a nosotros mismos la pregunta más importante: “¿SERÁ VERDAD?”

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