Pobres los pobres

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Una vez más las esperanzas abofeteadas, cuando soñamos que se enmendaba el último error neoliberal, una nueva crisis muestra esos números alarmantes, dolientes, desempleo, pobreza, hambre, abandono escolar, muerte. No basta con lamentarse por la mala fortuna del que está en la pobreza «pobre del pobre» es hora de ya hacer algo, de verdad, entre todos.

Dicen los que saben, que en los laberintos de la memoria se esconden nuestros fantasmas, quizás dormidos, pero nunca muertos. Los míos nacieron allá por el 2001. Tengo otros, surgidos en mi infancia, cuando la casa, prefabricada,austera, en las afueras de la ciudad, poco lugar a ilusiones dejaba, pero a esos fantasmas primitivos los fui domando, aunque aún hoy, en algún que otro sueño, salen a pasearse trayendo frases dolorosas, «Vivís en la cloaca» sentenció algún encumbrado compañero. Pero ya está, esos viejos compañeros de viaje los internalicé y son parte de mis recuerdos que en definitiva no quiero borrar, después de todo, porqué debería elegir la simpleza y facilidad de los recuerdos rosas?

Pero el 2001 fue diferente. Traumático. La pendiente descendente se había iniciado en silencio años antes, creía que era para mí, pero las bofetadas de la realidad, pronto me mostraron que era, lamentablemente, un proceso de degradación social con niveles macros. Lo recuerdo bien. El trabajo tambaleaba. Con el esfuerzo, y la resignación, de cada uno de los que trabajábamos en la casa de videojuegos, manteníamos ese empleo mínimo, como quién se aferra a una tabla en el mar, sin evaluar que en realidad la mayor parte de tu cuerpo está en el agua, pero esa posibilidad de seguir respirando, nos hace pensar en que estamos salvados. $17. No lo puedo olvidar, $17 por día cobraba, era el encargado, administrador, cajero, técnico y todo lo que hiciera falta de tres negocios en pleno centro platense y cobraba esa miseria, y tenía que verme como un privilegiado, ante mis compañeros que no eran encargados, y cobraban, literalmente, dos pesos menos, $15 por día. Al menos ellos tenían un horario de entrada y salida. Yo, por mi privilegio de dos pesos más, no conocía horarios, francos y descansos.

En ese caldo mis fantasmas se fueron cultivando, seguramente apañados por los viejos miedos infantiles que se relamían ante la nueva oportunidad, o de la forma que sea, mis fantasmas del 2001 viajarán conmigo hasta que ya no haya memoria, y simplemente, yo mismo me convierta en memoria ajena.

Recuerdo todo como en una película en blanco y negro. Los miedos por los saqueos, estar pendientes del teléfono para saber cuándo bajar las cortinas, tomar algún objeto contundente para defenderse, evitando el posible saqueo. Pobres contra pobres.

Pero recuerdo cosas más dolorosas aún. El pedido de trabajo de cientos de personas.

El desfile incesante de personas que venían a pedir trabajo. Trabajo. Y la respuesta repetida, el No que se les sumaba a la larga colección de «no» que venían acumulando. Pero esos pedidos de trabajo no eran una hoja de C.V. dejada bajo la puerta. En general eran personas que venían a contar su desesperación, eran el grito de quién iba cayendo sin paracaídas, eran hijos enfermos, esposos que se habían marchado, tazas vacías en el desayuno, pies descalzos, y fríos en el invierno. El No, partía de mi boca. Yo era una nueva puerta cerrada, un nuevo puñetazo a la mandíbula. Llegaba a mi casa en llamas. Tan derrotado como aquellos a los que les había negado el trabajo que no existía, sintiéndome un paria, un ser despreciable, dando mil rodeos para intentar establecer si lo más correcto era ese No, directo, o quizás, algún «tal vez» que alimentase esperanzas infundadas debería ser la respuesta. Nunca logré estar de acuerdo.

Mis noches de insomnio son cuando esos fantasmas salen a jugar por mi mente. El frío del invierno junto a la bomba de agua manual se ha convertido en un recuerdo amigo, ante la presencia de estos visitantes invisibles de mi cabeza.

Me juré que nunca más. Cómo si dependiese de mi no volver a hacer realidad lo que versan mis pesadillas. Pero mi vida se ha convertido en una lucha para no repetir esas viejas historias lacerantes.

Pero no se puede. Mi memoria me atosiga y en muchos se escapa sin dejar rastros. No lo entiendo. Una vez más los corderos votaron por el lobo, imaginado que a la escalera le faltaban aún varios peldaños por subir, olvidando que la misma escalera que usamos para subir es la misma que nos devuelve al suelo. Una vez más las esquinas llenas de niños pidiendo, la gente buscando en la basura, las inequidades brillando en cada rincón.

Una vez más las esperanzas abofeteadas, cuando soñamos que se enmendaba el último error neoliberal, una nueva crisis muestra esos números alarmantes, dolientes, desempleo, pobreza, hambre, abandono escolar, muerte. Esos números se transforman en rostros anónimos en mis noches sin noches, en personas que me escuchaban decir No, y la impotencia y la tristeza casi que paraliza, porque siempre está latente de ser yo el próximo que tenga que golpear una puerta que no se abrirá, quien pueda ver el plato vacío de su hijo o el árbol pelado de una navidad.

No he sido indigente, pero la pobreza me ha tuteado sin que yo le diese confianza. No basta con lamentarse por la mala fortuna del que está en la pobreza «pobre del pobre» es hora de ya hacer algo, de verdad, entre todos, necesito, de una vez y por todas, dar descanzo a mis fantasmas, que, imagino, son los fantasmas de todos

Jesús Gabriel Maldonado
En La Plata, en otoño del 2021
Cuando otra vez no puedo dormir

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