Postales del derrame

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El programa Belleza por un Futuro que anunció la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, promueve que las mujeres pobres y en situación de vulnerabilidad sean peluqueras y maquilladoras. Y allí están ellas, las muchachas vulnerables, sonriendo porque la teoría del derrame las convertirá en peluqueras. Ante una nueva batalla cultural perdida.

La muchacha nació en buena cuna. Su padre, ex banquero del Citibank, fue partícipe activo de los procesos de reestructuración de deuda externa y de privatización de empresas estatales, durante la década del noventa.

La muchacha se educó en colegio bilingüe. Se codeó con gente bien. Se recibió de abogada con promedio inmejorable. Consiguió empleos soñados. Se casó como se casan las muchachas buenas. Conformó una familia tipo, con marido, dos niños de los que salen bien en la foto y mascota para completar la postal. Se rodeó de contactos importantes e hizo honor a su apellido, accediendo a cargos tan importantes como sus contactos.

La muchacha trabajó en el Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto. Ingresó a la Legislatura porteña y el pasado diciembre, asumió como Ministra de Desarrollo Social, con una propuesta de campaña basada en la consigna “Pobreza Cero”.

La muchacha pensó profundamente acerca de cómo ayudar a otras muchachas. No muchachas bien. No muchachas como ella. Quienes tienen su presente y mañana resueltos en cunas sólidas y apellidos rentables, no generan impacto ni votos. Muchachas en situación de vulnerabilidad. “¡Eso es lo que necesitamos!”, se dijo.

Entonces, la muchacha apeló a una marca de shampoo de moda, de los que usan las estrellas para tener un pelazo. Y a una fundación cuya premisa reza: “Si querés quitar el hambre a un hombre dale un pez, pero si querés que no vuelva a tener hambre enseñale a pescar”. Linda frase. Casi prima hermana de “Agarrá la pala”. L`Oreal + Pescar. Marketing para todos los gustos. Combo listo. Solo faltaba un slogan con gancho. “Belleza por un futuro”. Ahora sí, proceso de formación de meritócratas de cabotaje, resuelto.

Un evento con ruido y cámaras para el lanzamiento. Un par de embajadoras de lujo, con pelazo y apellidos rimbombantes. Gigantografías de las publicidades para no descuidar ningún chivo obligado. Otras muchachas, todas bien morochitas. Y la sonrisa de “whisky” para la foto.

Allí están ellas, agradeciendo sumisas que se les enseñe a maquillar y peinar. Allí están ellas, aceptando que su mañana solo puede resumirse a ser la manicura de manos rubias. Allí están ellas, atrapadas en el paradigma nefasto de belleza como símbolo de éxito. Allí están ellas, prestando su morochez para la postal con que la muchacha bien lava su conciencia y justifica su cargo.

Mientras un montón de infames, tan parecidos al padre de la muchacha bien, recortan el presupuesto a la educación, a la ciencia, a la tecnología y a la lucha contra la violencia de género; allí están ellas, las muchachas vulnerables, sonriendo porque la teoría del derrame las convertirá en peluqueras. Ante una nueva batalla cultural perdida. Y hasta el próximo grito de “Ni una menos”.

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