Proxenetas de la política

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Extraño mundo el de algunos candidatos, que parecen descubrir la realidad solo a partir del momento en que se calzan el traje electoral. Es ahí cuando se dan cuenta de la existencia de los dramas sociales, de la falta de políticas sobre cada tema que les tocará resolver si los votos los favorecen. Ahí es cuando encuentran los motivos que los puede acercar a los votantes, si pronuncian las palabras adecuadas y generan empatía con sus ofertas, consistentes en listados de buena voluntad sobre lo que antes parecían no haber tomado cuenta.

Extraño mundo el de algunos candidatos, que parecen descubrir la realidad solo a partir del momento en que se calzan el traje electoral. Es ahí cuando se dan cuenta de la existencia de los dramas sociales, de la falta de políticas sobre cada tema que les tocará resolver si los votos los favorecen. Ahí es cuando encuentran los motivos que los puede acercar a los votantes, si pronuncian las palabras adecuadas y generan empatía con sus ofertas, consistentes en listados de buena voluntad sobre lo que antes parecían no haber tomado cuenta.

Aparecen entonces los métodos de campaña, que por estos tiempos se simplifican con esos “contactos con los vecinos”, reducción expresiva que elimina la consideración de la categoría “Pueblo” del vocabulario, una negación adoptada de la oligarquía dominante. Recorridas, mateadas, actos de “lanzamientos” encerrados entre las paredes de salones de hoteles muy poco “populares”, hacen de la vida política electoral la continuidad del alejamiento de quienes, se supone, son los destinatarios de sus próximos “esfuerzos”.

Los empeños proselitistas, limitados a estas teatralizaciones minusválidas, rodeados de pocas personas y asegurados de sus apoyos, no terminan por mostrar casi nada de sus supuestos programas, los cuales, o brillan por su absoluta ausencia, o se materializan en enormes “libracos” de bellas diagramaciones y caros papeles que, con seguridad, casi nadie leerá.

Otro camino es la conversación con organizaciones de ciudadanos preocupadas por las carencias populares, a quienes se las visita con la adecuada cobertura mediática rentada. Una vez “descubiertas” las necesidades (demasiado evidentes), anuncian sus disposiciones a actuar en consecuencia, para lo cual expresarán, además de sus “permanentes preocupaciones”, los grandes rasgos de propuestas obvias, pero jamás explicando los métodos y los presupuestos que les permitan concretarlas.

La continuidad de este camino al pretendido éxito electoral, se dará en los estudios televisivos y radiales, a los que concurrirán (previo pago de los espacios) a declamar lo pactado con los publicistas de campaña, quienes se asegurarán del tono y el carácter de las preguntas de los entrevistadores, siempre proclives a la farandulización de los candidatos, para no evidenciar sus ignorancias sobre los temas y sus obsecuencias compradas.

Claro que no son todos iguales. Por supuesto que existen políticos que actúan con transparencia y se conectan todo el tiempo con esa realidad a la que le escapan los otros. Pero, por causa del poderío económico desplegado por éstos, les resulta muy difícil sus inserciones en la sociedad. El dinero manda aquí, como lo hace en cada acción que se pretenda desarrollar con la voluntad de cambiar la vida de los explotados, de los ninguneados, de los perdedores, de los postergados.

Es urgente enfrentar tanta interpretación hollywodense de aquellos candidatos “de madera”, tanta copia de segunda de convenciones yanquis, tanta nada final en discursos sin base en realidades que solo miran de soslayo, tanta mirada acrítica hacia el poder que los sustenta para evitar el triunfo de las auténticas expresiones populares.

Son tiempos donde la creatividad debe primar, donde la capacidad y la inventiva popular deben crecer, donde los pronunciamientos sobre cada drama sufrido por las mayorías deben contener los pasos a seguir para lograr sus soluciones. Y donde la participación protagónica de los destinatarios, aunada al enorme esfuerzo de tantos anónimos militantes, logre ahuyentar las maléficas influencias de estos farandulescos proxenetas de la política.

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