Rememorando

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A juzgar por algunos mensajes de dirigentes emblemáticos de cámaras patronales agropecuarias, parece que ese sector pretende hacer sonar nuevamente tambores desestabilizadores, advirtiéndole al nuevo gobierno que asume el próximo 10 de diciembre: “no permitiremos que afecten nuestros intereses”. Bien vale, entonces, que repasemos aquellos momentos de “la crisis de la 125”. Necesitamos del insumo de la información para estimular el debate. Y de la reflexión para orientar nuestra acción. Por eso estamos aquí, rememorando.

Un clima político destituyente

Durante poco más de cuatro meses entre el 11 de marzo y el 18 de julio de 2008, la protesta de un sector “del campo”, liderada por las cuatro cámaras empresariales del agronegocio, puso en jaque al país y al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Y lo hizo con inusual violencia. Propietarios agrícola-ganaderos (y de actividades afines), en muchos casos armados y en actitud singularmente agresiva, protagonizaron centenares de piquetes que cortaron las principales rutas del país y cercaron literalmente a las ciudades.

Estos hechos provocaron un serio desabastecimiento de alimentos a la población y de insumos a la industria, dando pié a una suba generalizada de precios que acentuó particularmente el costo de la canasta básica.

Nacida del reclamo contra el aumento del gravamen a las exportaciones de soja y girasol, la protesta, lanzada en un comienzo por dos días, fue prolongada luego a ocho y el 25 de marzo, horas antes del anunciado discurso presidencial, se convirtió en un ultimátum por tiempo indeterminado, exigiendo al gobierno “el cambio de la política económica y la renuncia del ministro de economía”. A poco andar, “el plan de lucha de las cámaras patronales agropecuarias había asumido sin disimulo su carácter político”. Sus demandas no sólo obedecían a una estrategia sectorial por intereses materiales sino que se convirtieron en un “desestabilizador político, económico y social”.

De manera cada vez más evidente, la protesta de los productores más beneficiados del campo (el sector sojero), fogoneada por grandes grupos exportadores-financieros-mediáticos del agronegocio (1), expresó tanto una poderosa pugna por mayores tajadas en la distribución del ingreso nacional, como el decidido intento de instalar en la sociedad un clima político “destituyente”.

El 25 de marzo de 2008

La sociedad argentina está signada por un grueso trazo que la parte en dos. Literalmente, en dos Argentinas radicalmente opuestas.

De un lado, unos pocos sectores dominantes, la oligarquía diversificada (agroexportadora, financiera, industrial) y el capital financiero global. Del otro, las mayorías nacionales, el conjunto del pueblo trabajador. La pugna de poder entre estas dos argentinas dibuja la trama del curso de nuestra historia. Sectores dominantes y pueblo procuran incidir en el curso de los acontecimientos en función de sus respectivos intereses. La base material es el reparto de la riqueza nacional. Lo que beneficia a los sectores dominantes perjudica a las mayorías. Y la redistribución de la riqueza a favor del pueblo no puede realizarse sin afectar las ganancias de los oligarcas.

En el curso de esa pugna hubo (hay) momentos cruciales. Períodos breves de tiempo, de unos pocos días e incluso unas pocas horas, en los que la historia se condensa. Las coordenadas (sociales, políticas, económicas, culturales y de todo tipo) convergen de golpe en un solo punto, en un instante coyuntural cuyo desenlace puede modificar de manera radical el curso de los acontecimientos posteriores. Cuando así ocurre, la sociedad suele, de repente, encontrarse sumida en un escenario nuevo, diferente. Se trata de momentos de alta densidad histórica, con muchas enseñanzas.

En este sentido, la jornada del 25 de marzo de 2008, por lo que fue, pero sobre todo por lo que no alcanzó a ser, puede considerarse como un momento clave en medio de la crisis de la 125. Ese martes tenía sin duda un destino sedicioso. Casi podría decirse que estaba escrito. En todo caso, sí, planificado. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner lo expresó con claridad: “A mí, en 2008, me quisieron destituir. Sí. No tengo ninguna duda” (2).

Tal cual. Ese 25 de marzo, en un clima de agitación social estimulado por los principales medios de comunicación y como producto de una masiva campaña de correos electrónicos y mensajes de texto en los días previos, sectores de derecha de las capas medias urbanas y partidos de la oposición protagonizaron cacerolazos en diversas esquinas de la Capital (y en otras ciudades del país), en apoyo a los patrones del campo y llamando directamente a la destitución del gobierno.

En CABA, la consigna fue ocupar la Plaza de Mayo. Y a juzgar por las transmisiones televisivas y radiales que incitaban frenéticamente a sumarse a la protesta, y por los planos cerrados, desde abajo, que ofrecían imágenes de grupos de caceroleros, parecía que decenas de miles de personas se sumaban y confluían hacia la plaza del pueblo. ¡Y bien pudo haber sido así! Basta recordar que con menos apoyo mediático y sin contar con el formidable marco de la agitación rural, Blumberg y compañía lograron congregar fuerzas de derecha en un número tal que no sólo llenaron la emblemática Plaza sino que ultimaron a las instituciones y las obligaron a ceder, hasta lograr en gran medida su torpe cometido.

El asunto es que el país estuvo a un tris de encontrarse con la foto sediciosa de una Plaza de Mayo repleta de clase media y agitadores de todo el abanico de la derecha, apoyados por sectores de una mal llamada izquierda, exigiéndole a la presidenta su salida del gobierno o un retroceso en sus políticas para cederle espacio a la ofensiva oligárquica (y todo transmitido por esa cadena nacional privada, de diarios, revistas, radio y televisión, conducida por apenas un puñado de “generales mediáticos”).

Pero algo falló, ese día, en los planes oligárquicos. Grupos pequeños de militantes sueltos y algunos referentes políticos y sociales, se acercaron a la tarde a la Plaza y por allí se quedaron, atentos. Algo intuían, sin saber exactamente qué. Cecilia Pando arengaba, megáfono en mano, en las inmediaciones de las rejas de la Casa Rosada. Y medios, muchos medios la cubrían. No era momento para titubeos. Compañeras, compañeros, calentaban celulares intercambiando datos y pareceres.

Ya entrada la noche, con la Plaza ocupada por unas ocho mil personas que clamaban por la destitución “de la yegua”, y antes que llegaran otros miles de sediciosos, los kirchneristas, que no eran más de 150, decidieron avanzar. ¡Había que desalojar a los reaccionarios!

Y la feroz estigmatización que la derecha y los medios venían haciendo de los piqueteros jugó un rol inesperado. Ante el avance a paso firme, codo con codo, de ese pequeño grupo de militantes populares (“se nos viene encima la negrada”), las fuerzas pro-oligárquicas escaparon a la desbandada.

Por cierto, los peronistas, los demócratas, los progresistas…, todos los que nos identificamos con los intereses de las mayorías ciudadanas, estamos en deuda con esos poquitos compañeros que el 25 de marzo de 2008, movidos por una sensibilidad social y un olfato político dignos del respeto popular, reaccionaron con rapidez, le pusieron el cuerpo a la incipiente manifestación de la derecha y desbarataron la maniobra tendiente a que la foto reaccionaria se hiciera realidad.

Un grupo pequeño, una voluntad de hierro, una enorme audacia… Esa vez, resultó. Y está claro que, cuando el adversario había puesto ya en marcha el operativo de la reacción, resultaba imprescindible apretar filas y actuar, montarse en la coyuntura adversa, a como sea, y tratar de cabalgarla para ponerla en la buena senda, esa que beneficia a las grandes mayorías.

Ahora bien, cabe preguntarnos: ¿es adecuado esperar a que se produzca el peligro para llevar a cabo la necesaria y estratégica construcción de la unidad de acción del movimiento popular?

A la historia, o la construimos nosotros, o la construyen ellos (y sin olvidar que ambos bandos actúan siempre en simultáneo).

Si algo nos enseña la jornada del 25 de marzo de 2008 es que la historia debe construirse, conscientemente. Y para eso, insistimos, hay que montar ese bravo corcel. Sin dejar jamás de observar atentamente todo, más allá del acontecer inmediato. Sin dejar de otear siempre el horizonte, con inteligencia, con la voluntad de anticiparse a la coyuntura (y evitar ser arrastrado por ella), sin dejar de acumular permanentemente las fuerzas requeridas y saber elegir el momento más adecuado para desplegarlas en la acción. Hay que militar hoy lo que exige la jornada, pero también lo que requiere el mañana. Hay que construir en el día a día todo lo necesario para asegurar el rumbo.

La oligarquía y el capital financiero global no quieren que haya una mayor democracia, más participativa. Y tampoco aceptan que la riqueza se redistribuya a favor de las mayorías. ¡Y no se quedan de brazos cruzados! Por eso, para seguir adelante con la política que nos propone el Frente de Todos, resulta imprescindible construir mucha retaguardia, mucha fuerza popular consciente, amplia y organizada, mucha fuerza ciudadana consciente, amplia, organizada, algo que no se logra de la noche a la mañana.

De ahí la enorme importancia del mensaje de la compañera Cristina Fernández, cuando el 23 de octubre de 2011, en la Plaza de Mayo, nos convocó a organizarnos “profundamente, en todo el territorio de la República Argentina, porque es necesario reconstruir el entramado social y político a lo largo y a lo ancho del país para defender la patria, para defender los intereses de los más vulnerables, y fundamentalmente, para que nadie pueda arrebatarles lo que hemos conseguido y el futuro de todos”.

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Y por políticos inescrupulosos, como Elisa Carrió, que sostenían: “El gobierno le roba al campo”.
“Historia de una vida”, Sandra Russo, Editorial Sudamericana, página 293.

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