Setenta años

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Nada es producto de la casualidad. Tampoco la coexistencia de los tres mismos valores que en nuestro país cumplen más de setenta años. Las mismas banderas solventaron aquel proceso tan lejano de nuestras tierras y tan cercano en nuestros idearios. Los mismos objetivos coherentes con sus consignas como certeros en las imprescindibles necesidades, que allá sí lograron y aquí se frenó tantas veces, por las particulares características de una historia bicentenaria de traiciones y mentiras organizadas para el dominio imperial de turno.

Mucho hablan algunos energúmenos locales, por estos tiempos neoliberales, sobre “los últimos 70 años”. Se refieren, por supuesto, al advenimiento del justicialismo, esa marea popular que encontró un líder que se correspondió con sus intereses y sus sueños. Las denostaciones desde la brutalidad oligárquica no han cesado desde su aparición, con momentos cúlmines en sus peores aspectos violentos, costándole la vida a miles de personas, con el simple y espantoso motivo de la salvaguarda de sus riquezas mal habidas y el servilismo a los intereses del imperio que los solventa ideológicamente.

Por estos días, en el Mundo también se habla de estos últimos 70 años, pero no referidos a nuestro proceso político nacional, sino al desarrollado en una Nación de las antípodas planetarias, como es China. La celebración de la creación de la República Popular China ha sido motivo para escuchar y ver tantas admiraciones por su desarrollo vertiginoso, como opiniones de carácter prejuicioso sobre las características que tuvo semejante crecimiento, dictámenes que parten de supuestos sin sustento en realidades presentes ni históricas, verdaderas trampas mendaces elaboradas desde las mismas usinas del pensamiento único que domina el sistema mediático universal en inmenso porcentaje.

Como no podía ser de otra manera, los cipayos periodísticos nacionales también introdujeron sus imbecilidades desprovistas de criterios que se sostengan en estudios ni investigaciones libres de la carga idiotizante de las agencias internacionales, que tratan de mostrar lo peor como lo único posible de existir en cuanta nación se atreva a desafiar los intereses que defienden con el denuedo de los esclavos.

Los idiotas útiles, repetidores de cuanta falsía le entreguen desde la agenda del Poder, hicieron incapié en el aspecto militar de un desfile conmemorativo que tomaron como amenazante hacia el Mundo, “el peligro chino” que nos barrerá del Planeta si no le pone freno el imperio que nos resguarda, “desinteresadamente”, de tales propósitos de supuesto expansionismo ilimitado.

No podían faltar, en tales circunstancias, las referencias cruzadas sobre los sucesos en Hong Kong, otra de las tantas “revoluciones de colores” inventadas por los servicios de inteligencia yanquis y británicos, punta de lanza de una ofensiva que integran también el aspecto económico y el militar. Poniéndo el énfasis en las manifestaciones de los sectores ganados por la propaganda falaz que todo parece poderlo, se intenta anular la impresionante capacidad mostrada por este gigante mundial para cambiar, de verdad, la vida de sus casi mil quinientos millones de habitantes, demostrada por la eliminación del hambre con la que comenzara su existencia, después de una guerra que la había destruído casi por completo.

A partir de allí, todo ha sido progreso. Pero progreso real, sostenido sobre la base de la justicia social como meta, de la independencia económica como sustento para su desarrollo virtuoso y libre de ataduras y de la soberanía política con la que anudó un sistema de relaciones internacionales que le permitió establecer intercambios mutuamente ventajosos con el Mundo.

Como todo proceso de desarrollo nacional, ni fue simple, ni fácil, ni lineal. Campearon los errores, pero también las rectificaciones, método propio de la sabiduría acumulada en miles de años de una cultura que, en la práctica, ha sido el origen de casi todo lo que hoy nos parece de existencia casi natural. Tuvo un líder originario, como Mao, que estableció las bases doctrinarias que supieron seguir sus descendientes políticos hasta lograr el asombro planetario por la evolución que hoy día se manifiesta.

Nada es producto de la casualidad. Tampoco la coexistencia de los tres mismos valores que en nuestro País cumplen más de setenta años. Las mismas banderas solventaron aquel proceso tan lejano de nuestras tierras y tan cercano en nuestros idearios. Los mismos objetivos se plantearon sus líderes, tan coherentes con sus consignas como certeros en las imprescindibles necesidades que intentaron cubrir con políticas que posibilitaran ese desarrollo virtuoso, que allá sí lograron y aquí se frenó tantas veces, por las particulares características de una historia bicentenaria de traiciones y mentiras organizadas para el dominio imperial de turno.

China merece ser imitada. No en sus formas, sino en su perseverancia. China es la medida de nuestras posibilidades, es la prospectiva realizada, esa que tantas veces comenzamos a construir y tantas perdimos detras de los eternos desvíos programados por el enemigo de aquí y de allá. Es la muestra palmaria de que solo es posible alcanzar lo que se desea con la conjunción de los interesados en hacerlo, sin prestar atención a los cantos de sirenas de los traidores y los mendaces mensajes del Poder Mundial, tan preocupado en destruir aquella China del destino popular. El mismo que, inexorablemente, sabrá erigir Nuestra América sometida.

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