Siempre el mismo cuento

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Junto a su café amargo yacía el diario que leía cada mañana. Casi de manera mecánica bebió los primeros sorbos y observó rápidamente algunas páginas hasta que sintió su vista fatigada. Fue en ese instante que advirtió que la cantidad de luz que iluminaba la habitación no era la misma que de costumbre y se acercó a la ventana.

Atontado por la rutina casi ni recordaba la existencia de aquella abertura y mucho menos del paisaje que la misma le mostraba. Al ver que la superficie vidriada estaba llena de polvo se dirigió al patio, tomó un pañuelo y limpió el velo de cal que la cubría. Su vecino, a quien saludó con una sonrisa, estaba realizando una obra de construcción y le ofreció ayuda en caso de que alguna herramienta necesitara.

La brisa sobre su cara y aquel sol de verano lo motivaron a preparase un mate, olvidándose así de la taza, que próxima a las noticias, adentro lo esperaba. Las semanas pasaron y sus ventas milagrosamente habían comenzado a incrementarse. Más clientes golpeaban a su puerta y su calidad de vida se vio sumamente beneficiada. Pero una noche, mientras esperaba el delivery al que ya se había acostumbrado, prendió la televisión y para su sorpresa el noticiero mostraba la casa contigua bajó el título de “subversivo en edificación”.

Casi perplejo tomó el diario para ampliar la información, buscó la señal de radio e ingresó en el buscador de internet las palabras claves para comprender el tema. A la mañana siguiente cuando apagó la alarma, se percató de la lluvia de mensajes que había en los grupos de su celular, dónde desfilaban memes de las redes sociales y frases llenas de odio por parte de los demás vecinos. Algunos de los más fuertes eran los de la dueña de la casa de comidas, que seguido de un par de insultos se ofrecía a prestar sus cacerolas para organizar una marcha.

Sonó el timbre pero él no salió. Tenía miedo de que lo vean junto al hombre que los medios tildaban de agitador y para ser sincero ya le guardaba cierto Rencor. No pensaba prestarle sus herramientas ni devolverle la sonrisa. Esa misma tarde, después de tomar su café, se unió a la muchedumbre acompañada de las fuerzas policiales para exigirle que se fuera y acabara con su construcción. A gritos silenciaron la defensa del pobre hombre porque no les importaba escuchar sus explicaciones. Para ellos representaba un peligro y había que desterrarlo.

Cuando los disturbios se calmaron quedó un panorama devastador, los escombros cubrían la tierra y solamente permanecieron de pie un par de paredes. Pasó un mes y todo volvió a ser como antes. Nuestro protagonista preparó su café y al ver una de las ollas que le habían prestado decidió devolverla. Caminó hasta la casa de comidas, que para su asombro estaba cerrada por quiebra, y se dirigió hacia la dueña añorando el gusto de las pizzas que tanto le gustaban.

Ya hacía un par de días que ningún cliente se acercaba a su puerta por lo que el recorte de gastos había sido inevitable. La señora tomó la cacerola mientras saludaba a Juan, uno de sus mejores ex compradores, que ahora se encontraba desempleado. Al parecer se trataba de un cliente en común. Su cara sonriente también había interrumpido tantas veces su desayuno cargado de cafeína para comprarle algunos productos, que al notar sus ojos afligidos decidió seguirlo unas cuadras. Se le acercó y al preguntarle motivo de su tristeza, el otro le señaló la casa de su vecino.

Cómo varias personas trabajaba en la obra de construcción que habían frenado. Colmado de impotencia les gritó a los hombres que tomaron el terreno pero lo ignoraron. Se trataba de un grupo empresarial de medios de comunicación, que vestían trajes y su posición económica era mejor que la que atravesaba la gente del barrio. Al pensar en la historia de Juan volvió a su hogar un poco angustiado.

Tantos otros cómo él se encontraban en la misma situación por lo que era imposible que la clientela volviese al número incalculable que había alcanzado. Pensó en Juan y en el talento de aquella cocinera que ahora se había desperdiciado. Pensó en Juan y en su bolsillo. Pero más pensó en Juan y sobre todo en su vecino al ver desde la ventana la nueva compañía ya instalada que pertenecía a los dueños de la radio, la prensa y el canal. Él que tantas veces había confiado en sus noticias ahora duda de algunas de ellas, preguntándose realmente si aquel a quien una vez le ofreció sus herramientas era un subversivo.

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