Tiempos Virreinales

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Entre unitarios y federales se dividían las aguas en tiempos del virreinato. Los primeros eran miembros de la clase alta. Intelectuales y militares que defendían ideales de liberalismo y libre comercio, basados en un centralismo imperdonable, imponiendo a Buenos Aires como cabeza del territorio. A un año de mandato y afianzado ya en un unitarismo más inexcusable que el de 1810, Mauricio Macri giró $25.000 millones adicionales a María Eugenia Vidal, y triplicó el monto de coparticipación de la ciudad de Buenos Aires.

Es tristemente curioso ver cómo aquellos que se desgarran vestiduras – y ganan investiduras -por disolver una grieta que pretenden partidaria y reciente, son los mismos que la perpetúan y mantienen vigente, desde los años de aquella revolución que jamás terminamos de parir hasta nuestros días.

Entre unitarios y federales se dividían las aguas en tiempos del virreinato. Los primeros eran miembros de la clase alta. Intelectuales y militares que defendían ideales de liberalismo y libre comercio, basados en un centralismo imperdonable, imponiendo a Buenos Aires como cabeza del territorio. La Aduana y el puerto le aseguraban la supremacía económica que consolidaba una hegemonía política nefasta, no solo por su síndrome de ombliguismo sino también porque heredaba el aparato administrativo colonial. Los segundos, resignando la vida de sus mejores caudillos en vanos intentos de resistir a una subordinación nefasta que la historia se encargaría de diagnosticar crónica e irrecuperable.

En enero de 2016, con el estreno de sus primeros decretos y resurgiendo nuestras peores páginas, el primer mandatario decidía un aumento de la coparticipación para la Capital Federal que triplicaba los recursos que la Ciudad recibía de la Nación, justificado en el traspaso de la Policía Federal, “en aras de asegurar el desenvolvimiento fiscal y patrimonial que permita continuar consolidando la organización y funcionamiento institucional”, según rezaba el mismísimo Boletín Oficial.

A un año de mandato y afianzado ya en un unitarismo más inexcusable que el de 1810, Mauricio Macri girará $25.000 millones adicionales a María Eugenia Vidal, además de obras financiadas por Nación, por otra cifra de igual cantidad de ceros. La modalidad también será por decreto y la coartada es la supuesta compensación de lo que la administración central debe a Buenos Aires por la no actualización del Fondo Conurbano.

En contraste funesto con la reina del Plata, las provincias de La Pampa y Río Negro llevan perdidas más de un millón de hectáreas en uno de los infiernos forestales más grandes desatados en los últimos años. Y Santa Fé y Entre Ríos siguen perdiendo, de manera trágica, la batalla contra los temporales que arrasan con sus viviendas y su producción agrícola.

Mientras que nada perturba el “merecidísimo” descanso del líder del virreinato (aquel que supo afirmar, en un derroche de lucidez, que en algunos lugares falta agua y en otros sobra), su ministro de Medio Ambiente atribuye a una profecía apocalíptica los desastres que es incapaz de afrontar con una gestión digna. Parece que los rezos que sugirió recién asumido su cargo no fueron lo suficientemente efectivos contra catástrofes de ningún tipo. Ni naturales ni operativas.

Sin detenernos en la apertura de las importaciones que se convierten en acta de defunción para muchas economías regionales; en la concentración monopólica de los medios masivos que deja en absoluta mudez a las voces provinciales; o en las inadmisibles disculpas al rey de España, basta con dar una rápida mirada al mapa de poder, para entender que la grieta que algunos insisten con endilgar a quienes sueñan con una Patria más justa, es una fisura mucho más histórica que lo que se atreven a revisar. Unitarios y federales. Oligarquía y pueblo. Poderosos y oprimidos. Como en 1810. Que doscientos años no son nada.

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