Treinta mil

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Se ha reavivado en estos meses la discusión acerca de si los desaparecidos durante la última dictadura militar argentina (1976-83) fueron 30.000 (cifra sugerida por diversos organismos de derechos humanos), 22.000 (cifra filtrada de fuentes militares ya en julio de 1978), 9.000 (cifra aportada por el informe de la CONADEP) o 4.500 (número que comienza a circular en foros de la web). Resulta irrelevante establecer la cantidad exacta de desaparecidos para derivar de ella la magnitud de la represión. Aun si hubiera desaparecido una sola persona,  lo objetable es el brutal sistema de persecución usado. Sumate al debate en Mi Voz y compartí tu opinión.

Como a nadie le sobran tiempo ni nervios, comienzo por mi conclusión: resulta irrelevante establecer la cantidad exacta de desaparecidos para derivar de ella la magnitud de la represión. Aun si hubiera desaparecido una sola persona, y muerto a consecuencia de las torturas o las precarias condiciones de encierro, lo objetable es el brutal sistema de persecución usado. Es esto lo que hay que poner en primer plano.

Lo que se le condena a la represión organizada no es -en primera línea- la cantidad, sino el método, el sistema siniestro para lograr un objetivo a costa de lo que sea. Lo que se condena es la arbitrariedad (“a este lo chupamos porque está en la agenda de direcciones de fulanito, y a este otro por las dudas”), se condena la crueldad (matar a alguien durante un enfrentamiento armado no es comparable a torturar a una persona esposada frente a sus familiares), se condena la injusticia (los desaparecidos no tenían no ya un defensor, sino tampoco un fiscal que presentara una acusación fundamentada), se condena la intimidación duradera inoculada en el resto de los ciudadanos, se condena la sustracción de bebés nacidos durante el cautiverio de las madres.

Mediante la aplicación de esta metodología, la cantidad de desaparecidos hubiera podido ser diez veces mayor. Hay suficientes temas que resolver prioritariamente, antes que establecer el número preciso de desaparecidos; y concentrarse en el número distrae de lo esencial.

Procedo ahora a socavar mis afirmaciones.

– “La cifra de 30000 fue inventada para obtener subsidios en Europa”

¿Hay forma de demostrar el invento, además de las afirmaciones de quienes se atribuyen haber forjado la cifra (entre ellos el ex montonero Luis Labraña)? En caso de demostrarse la falsificación, ¿no arriesga esta persona juicios millonarios de los gobiernos estafados? Aun actuando de buena fe, ¿cómo podía una única persona estar al tanto de todas las actividades clandestinas del gobierno represor? Se sabe que hubo hasta 610 centros clandestinos de detención; con que cada uno hubiese “atendido” a un promedio de 50 personas llegamos fácilmente a 30.000.

– “La cifra de 30.000 está inflada”

Algunos testigos de la época señalan que la guerrilla -sobre todo Montoneros- quiso inflar el número a fin de ampararse, como ejército rebelde, en los convenios de Ginebra de 1949, según los cuales no se podría juzgar a ninguno de los contendientes por crímenes de lesa humanidad. Así, evitarían ser juzgados y condenados como criminales. Por eso, Raúl Alfonsín aplicó los Estatutos de Roma, que sí contemplan la responsabilidad de los terroristas de estado y terroristas guerrilleros como enjuiciables por crímenes de lesa humanidad. Sin embargo, la ecuación “desaparecido = terrorista” es uno de los graves errores mentales que no hay que cometer. Mi mayor preocupación aquí es por los desaparecidos que no estaban vinculados a la violencia armada. No voy a justificar ni defender jamás a un terrorista que pone una bomba en un lugar público.

“La cifra de 30.000 es simbólica”

Que sea simbólica no implica necesariamente que no sea real. Además ¿cuál es el punto? Si los desaparecidos fueron menos que 30.000, ¿entonces torturarlos comienza a ser moralmente irreprochable?

– “Flaco, no fueron 30.000”

Insisto en lo más importante: aunque hubiera sido la tercera parte, es una cantidad enorme. No se bagateliza el asunto reduciendo la cantidad. Si fuentes militares hablan de unos 22.000 hasta 1978, y las desapariciones continuaron, la cifra de 30.000 no resulta desmesurada.

– “El informe Nunca Más documenta sólo unos 9.000 casos”

Cuando se elimina una familia entera no queda nadie que pueda plantear una denuncia. Más allá de quienes, por falta de energía o por temor a quedar en una nueva lista negra, no se presentaron a declarar en 1984. Luego, el mecanismo represivo de la dictadura era descentralizado, actuaron como “señores feudales” (General Martín Balza, 2005), es decir que quien estaba a cargo de un centro de detención clandestina no tenía por qué rendir cuentas a sus superiores ni llevar un registro exhaustivo de cuánta gente pasaba por allí. 9.000 casos demostrados es entonces un mínimo, no un máximo.

– “Hay ex-terroristas que están cobrando indemnizaciones”

Apenas se demuestre que alguien está cobrando dinero indebidamente, se le suspende el pago. Es un trámite meramente burocrático. Como mucho, un juicio civil o un embargo.

– “La represión no comenzó en el Proceso, sino antes”

Es cierto: el terrorismo de estado en Argentina comenzó antes. La Triple A empezó a operar en 1973, acaso antes. Y ya desde 1975 las Fuerzas Armadas se involucraron activamente en el asunto, con más énfasis (y manos libres) desde la directiva 404/75 que ordenaba “aniquilar a las organizaciones subversivas” y con el establecimiento oficial del Plan Cóndor. El golpe del 24 de marzo de 1976 fue un paso más, no el detonante.

– “¿Y vos qué hubieras hecho contra la subversión armada y los mete-bombas?”

¿Das por sentado que de un lado había militares y del otro terroristas? Las cosas no fueron tan sencillas. Del “otro lado” había, sí, terroristas armados, pero también disidentes no violentos, dirigentes políticos, sindicalistas, manifestantes, adolescentes que pedían el boleto estudiantil, religiosos, policías, deportistas, cantautores, periodistas, docentes, gente que estaba en algún lugar problemático en el momento menos adecuado, familiares cuya única culpa era conocer a su hermano, y una larga lista de personas con diversos grados de inocencia.

Negacionismo No, Memoria Sí: son 30.000

Tampoco se trataba de excesos personales y puntuales, sino que, intencionalmente y como parte del plan, el accionar represivo no se reducía a combatir la violencia armada: “Primero eliminaremos a los subversivos; después a sus cómplices; luego a sus simpatizantes; por último, a los indiferentes y a los tibios” (General Ibérico Manuel Saint-Jean, 1977), y esta no fue únicamente una bravuconada. “Otros comandantes creen que el Proceso era más importante que cualquier individuo y que inclusive los inocentes deben ser sacrificados a fin de evitar que peligre el sistema en sí [ubicaciones, personal involucrado]” (Jorge Contreras, alias de un alto jefe militar, 1979). Según instrucciones del General Roberto Viola (antes secretas, ahora desclasificadas), había que aniquilar “sin aceptar rendición”. Si estas declaraciones han quedado documentadas, podemos deducir que las instrucciones verbales fueron, como mínimo, igual de maquiavélicas.

Pero retomando la pregunta acerca de qué hacer con los “mete-bombas”: una alternativa evidente era llevar a esta gente ante cortes formales, tal vez cortes militares o incluso un tribunal de guerra, dentro de un marco legal que garantice un mínimo de injusticias contra los inocentes y un castigo proporcionado a quienes sean hallados culpables. No digo que sea fácil, pero tampoco fue más sencilla la vía inmoral que se eligió, y que dejó secuelas mucho peores.

Hay un factor adicional que no debe subestimarse. Por alguna extraña razón, quienes sostienen que los desaparecidos fueron 30.000 son descritos como “zurditos” por sus detractores, y quienes afirman que “fueron muchos menos” son considerados “fachos” por sus oponentes. Es decir: se utiliza el número para profundizar las brechas entre argentinos. Esta es otra razón más para no poner en primer plano la importancia del número exacto. Acepto que conocer la cantidad exacta no es completamente irrelevante. Pero enemistarse por determinar esta cantidad ensancha la grieta.

Más allá de que el dolor humano, hasta ahora, no es medible con números.

http://juanmariasolare.com/

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