Tristeza y sinsabores de un profe de Historia

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Por mi tarea específica y por mi responsabilidad profesional y social, los años que gobernó Cambiemos fueron bastante perturbadores. El “clima de época” que generó este gobierno propicia un retroceso en materia de Derechos Humanos y la justificación (a veces peor aún, la naturalización) de prácticas discriminatorias y estigmatización de determinados grupos o comunidades. ¿Cómo llevar a cabo un proceso de enseñanza sustentado en el respeto por la diversidad y favoreciendo el pensamiento crítico, en un clima de época como el que se vive? ¿Cómo instalar un debate sano y democrático en las aulas si en los medios masivos se propala la antítesis de esa acción?

Soy docente, profesor de Historia, desde hace más de 30 años. En el tiempo que transcurrió mi tarea, nuestro país pasó por el comienzo de la vida democrática con el presidente Alfonsín, la década Menemista, el gobierno de De la Rua terminado por Duhalde , el período Kirchnerista y el Macrismo. No fue por casualidad ni por azar que en cada una de esas etapas presidenciales se instaurara como un “clima de época”, entendiendo como tal una inclinación de buena parte de la sociedad a ciertos valores culturales que le son impuestos o reforzados por sectores dominantes, los cuales cuentan en muchos casos con la influencia penetrante del poder mediático.

Por mi tarea específica y por mi responsabilidad profesional y social, los años que gobernó la Alianza Cambiemos fueron para mí bastante perturbadores. El “clima de época” que generó el último gobierno parece propiciar un retroceso en materia de Derechos Humanos y la justificación (a veces peor aún, la naturalización) de prácticas discriminatorias, así como de estigmatización de determinados grupos o comunidades. Todo esto se multiplica de manera descomunal a través de medios de comunicación que permanentemente construyen como enemigos públicos a determinados colectivos sociales.

¿Cómo llevar a cabo un proceso de enseñanza con alumnos niños, adolescentes y jóvenes, sustentado en el respeto por la diversidad y tratando de favorecer el pensamiento crítico, en un clima de época como el que se vive? ¿Cómo instalar un debate sano y democrático en las aulas si en los medios masivos se propala la antítesis de esa acción? ¿Cómo generar conductas que promuevan el respeto y la reflexión, si los medios audiovisuales han naturalizado en toda conversación la burla, la interrupción soez y valorizan más el ingenio de una frase corta sin argumento que un argumento basado en constataciones?

Es muy probable que alguien impregnado de esta corriente de opinión propia de una tendencia de derecha y conservadora, me diga que me limite a enseñar mi materia. No voy a argumentar lo equivocado de esta postura en este momento. Me explayaré sobre lo angustiante que resulta para mí la situación que ha creado este clima de época. Porque tal vez, pero tampoco estaría de acuerdo, una persona que enseñe matemática se aboque sólo a sus números y figuras; las que enseñan biología y química solo se preocupen por la naturaleza, etc. y serían considerados buenos docentes por los que adhieren a esta cultura avalada por el actual poder político. Pero las personas que enseñan asignaturas que se encuentran en lo que se denomina Ciencias sociales y en particular Historia, tienen un grave problema.

Cuando era ministro de Educación (obsérvese con atención el cargo ministerial) el actual senador Esteban Bullrich, manifestó en Río Negro:“esta es la nueva Campaña del Desierto, pero no con la espada sino con la educación”. ¿Qué se puede entender, desde la Historia, sobre el significado de esta frase? ¿Habrá una educación que liquide la diversidad cultural e imponga solo la dominante? ¿Se excluirá a determinados sectores sociales hacia la marginalidad geográfica y/o social? ¿Unos pocos selectos se quedarán con la riqueza del conocimiento y la mayoría vegetarán? Claro, mis preguntas serán consideradas caprichosas e ideológicas. Pero entonces, si mis preguntas no tienen validez ni fundamento, debo interpretar que la Campaña del desierto habrá que enseñarla como un hecho civilizatorio, un hito destacado en la historia de nuestro país. De ser así, personalmente considero que no sólo estaría en desacuerdo con semejante conclusión sino que sería un gran retroceso en materia de análisis e investigación histórica, además de un panorama preocupante para lo que se pretende en materia educativa a nivel nacional. ¿La educación es la nueva espada?

Aún más desconcertante en materia de interpretación histórica resultó el comentario de, nuestro presidente en Tucumán cuando se conmemoraba el bicentenario de nuestra independencia. Allí, ni más ni menos que ante la presencia del renunciante rey Juan Carlos de España, Mauricio Macri sin ruborizarse y en tono reflexivo dijo que nuestro patriotas “claramente deberían tener angustia de tomar la decisión, querido rey, de separarse de España”. Si nuestro presidente, de un país soberano, manifiesta en el bicentenario de la independencia semejante reflexión, ¿cómo enseñar el proceso revolucionario independentista en las aulas? ¿Cómo enseñar y mostrar los textos con opiniones de nuestros patriotas sobre la opresión española, e incluso la lectura de nuestro primigenio himno, si nos dirigimos al monarca de la nación que nos explotó como “querido rey”? ¿Nos independizamos sin estar del todo convencidos?

Por otra parte, se apela generalmente a que los argentinos debemos estar todos unidos. Según el discurso oficial, se hace hincapié en que el anterior gobierno produjo una división en nuestra sociedad. Sin embargo, la historia argentina nos enseña que la división y la conflictividad en bandos surge desde el comienzo mismo de nuestra historia como país. Aquí el poder político confunde queriendo instalar esta premisa. A tal punto, que el mismísimo presidente, compartiendo una mesa nada menos que con Granaderos, se refirió a la repatriación de los restos de San Martín diciendo: «Lo leí porque me dio curiosidad. Cuando los trajo Rivadavia de vuelta”. ¿No debemos tener en cuenta que Rivadavia era el principal miembro del grupo que hostigaba y perseguía a San Martín? Si no hay conflictos, ¿qué decir de saavedristas y morenistas; unitarios y federales; radicales y conservadores; peronistas y antiperonistas?
¿Cómo explicar o analizar la continua conflictividad política y social en Argentina si la división entre los argentinos es producto de las características conductuales de una mujer que presidió nuestro país solo entre 2007 al 2015?

Analizando aún más, es recurrente en los medios de comunicación la desvalorización y descalificación de cualquier huelga o movilización protagonizada por determinados grupos sociales, ya sean sindicatos, organizaciones sociales, comunitarias, barriales o movimientos ecologistas, feministas o de derechos humanos. Si al bombardeo cotidiano de los medios defenestrando cualquier expresión colectiva le agregamos declaraciones del poder político como cuando en Jujuy el presidente manifestó: “Llevamos décadas haciendo paros, y el resultado ha sido cero, nada ha mejorado; ese camino lo exploramos y no funcionó”. La pregunta que me hago como docente de Historia es: ¿dejaré de enseñar la revolución francesa, la norteamericana, el 25 de mayo de 1810, la revolución del parque de 1890, el reclamo que se hacía cada 1° de mayo por las ocho horas de trabajo, el 17 de octubre de 1945, el Cordobazo, las rondas de las madres de plaza de mayo, para estar a tono con el clima de época? ¿Cuándo tengamos que explicar cómo se llega a tener trabajadores que gozan de vacaciones, un sistema jubilatorio, licencias por enfermedad y por maternidad, indemnizaciones por despido, qué les diremos a los alumnos? ¿Les diremos que esos beneficios surgieron en determinado año de improviso y como regalo del cielo? ¿Por qué seguir silenciando las innumerables huelgas que tuvo nuestro país? ¿Por qué se equipara huelga y/o movilización con desorden social y hasta con criminalidad? Si no hay diferenciación entre esos conceptos se justifica cualquier medida represiva contra un colectivo y se llega a posturas como la de la ministra de seguridad que exclama: “Nosotros no tenemos que probar lo que hacen las fuerzas de seguridad, le damos el carácter de verdad», dándole a la declaración de un agente del orden mayor validez que la de un ciudadano y eximiéndole de toda investigación y sospecha sobre su accionar colocándolo por encima del resto de la ciudadanía. ¿Acaso no enseñamos que desde 1813 quedaron abolidos los privilegios?

Y siguiendo con derechos conseguidos, no se puede pasar por alto que el actual gobierno menosprecia y desvaloriza la cuestión del terrorismo de estado y los desaparecidos. Sobre esta cuestión, el mismísimo presidente declara en una entrevista “No tengo idea y no me interesa participar del debate”. Ante esto, la pregunta obvia es: ¿cómo enseñar sobre el último gobierno militar, la complicidad civil con la dictadura y los desaparecidos; si se pretende propagar la idea que eso debe ser olvidado y ya no interesa ni aporta nada a la sociedad?

Cuando nos referimos al respeto por la diversidad cultural y los derechos de los pueblos originarios. ¿Cómo hacerlo si desde los medios y el mismo poder político se los presenta como terroristas, delincuentes y, en algunos casos hasta lo más insólito, como extranjeros? ¿Los alumnos deben conocer solo algunas partes de la constitución? Si no es así: ¿Cómo explicar el art. 75, inc. 17 de la Constitución Nacional? El mismo dice: “Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades; y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan”. Si se injuria y denigra a esos pueblos cuando ocupan tierras que reclaman como propias, ¿debemos, como docentes, ocultar lo que establece la ley 26160 que sigue aún en vigencia por las sucesivas prórrogas otorgadas debido a su incumplimiento? La misma prohibió los desalojos de comunidades indígenas durante cuatro años y ordenó relevar, en tres años, las tierras que ocupan los pueblos originarios de todo el país. ¿De qué tenemos que hablar, cada vez que conmemoramos el 12 de octubre como día del respeto por la diversidad cultural?

¿Existen pueblos que hay que valorar y respetar y otros que no? Porque esa parece ser la opinión dominante en la actualidad a juzgar por los comentarios y actitudes que se registran a diario sobre los inmigrantes. Algo llamativo en un país que recibió millones de inmigrantes y muchos argentinos de ahora son descendientes de aquellos. ¿Habrá que enseñar que determinados pueblos no se merecen nuestra consideración y otros sí? ¿Quién establecería esa jerarquización? En el preámbulo de la Constitución se anuncia que sus objetivos son «para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino»; el artículo 20, afirma en su primera parte: «Los extranjeros gozan en el territorio de la nación de todos los derechos civiles del ciudadano”, a su vez la ley 25871, asegura a los extranjeros el acceso igualitario a los mismos derechos de que gozan los nacionales. ¿Debemos enseñar comportamientos que además de demostrar falta de sensibilidad y compasión humana manifiesten también rechazo a lo legal?

Pero el respeto o valorización del otro, no solo se refiere a diferentes culturas, naciones, o religiones. También se refiere al papel que juega la mujer en la sociedad, largamente postergada. Pero de nuevo caemos en la contradicción de este clima de época. A pesar de las masivas movilizaciones y expresiones de las mujeres, aún persisten los discursos dominantes en contra de sus reivindicaciones y derechos. Se equipara el feminismo con ideologías totalitarias y sexistas. Lo que provoca el interrogante: Si el feminismo es una doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los varones y es un movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los varones; ¿No se dificulta su enseñanza si se emiten mensajes desde el poder y los medios que refuerzan la cultura patriarcal y machista?

Los derechos deben ser respetados y garantizados por el Estado. Para ello, el Estado ejerce su poder soberano sobre determinado territorio. En el caso argentino, ese territorio abarca no sólo la porción continental, sino también, como se viene reclamando desde hace tiempo, las islas del Atlántico sur y el sector antártico. Sin embargo, es asombroso para mí constatar que desde el mismo Estado se propagan mapas de nuestro país, en donde las Islas Malvinas no aparecen. Las dependencias estatales que los publicaron tienen llegada a muchos argentinos: Anses, Ministerio de Desarrollo Social, Ministerio de la Producción. El Ministerio de Defensa y la Radio Televisión Argentina difundieron un mapa con las islas Falkland. La pregunta por demás inquietante es obvia: ¿Seguimos enseñando en las escuelas los derechos irrenunciables de Argentina sobre las islas Malvinas? ¿Colocamos nuevos mapas donde no puedan observarse y así ocultamos y nos olvidamos la cuestión del reclamo territorial? ¿Aceptamos que pertenecen al Reino Unido de Gran Bretaña y las llamamos Falkland? ¿De qué podremos hablar cuándo conmemoremos la fecha del 2 de abril?

Pareciera ser que el clima de época que mencionaba se refiere también a desconectar todo asunto con el pasado. El presente no tiene así conexión con lo que ocurrió.
Por todo lo expuesto, y para dejar una pequeña síntesis, la zozobra que manifiesto desde el título de la nota se refiere a muchas cosas más de las aquí contadas, pero podríamos resumir diciendo que el actual clima de época profundiza la discriminación y el odio hacia el otro; retrocede lo avanzado en materia de derechos humanos; omite la enseñanza que dejaron anteriores generaciones y hasta tergiversa la historia. Planteo la dificultad de enseñar y la sobrecarga emocional que esto implica para un docente, cuando se trata de explicar en un aula los derechos humanos en un contexto social comunicacional y cultural hostil hacia los inmigrantes, los pueblos originarios y los reclamos de mujeres, LGBT u otras minorías. Asimismo, lo difícil que es enseñar temas históricos que visualicen la conflictividad social y valoricen tanto la lucha como los reclamos populares a través de expresiones colectivas organizadas, cuando estamos inmersos en una globalización de la exaltación de lo individual y se criminaliza toda expresión colectiva.

Claro, el ex ministro de educación del actual gobierno dijo algo que sigue vigente lamentablemente: «Debemos crear argentinos capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla”. Francamente, debo decir que no puedo seguir esa filosofía educativa. No estoy disfrutando nada esta incertidumbre que me provoca la dicotomía de enseñar la importancia de los movimientos sociales, las revoluciones históricas, el alcance de los derechos humanos, el clamor de los que sufren en un clima de época que impone el desprecio a lo diferente, el miedo al otro, la exaltación del individualismo y el éxito sin ningún valor ético. Pero sé que no será siempre así. Espero que el clima mejore. Vale la pena recordar las palabras de Pepe Mujica: “toda la historia del hombre arriba de la tierra es una constante oscilación entre visiones más conservadoras y visiones diríamos, más humanísticas. La sensibilidad hacia el dolor de los más débiles no es moderna, es tan vieja como que el hombre anda arriba de la tierra. Y este debate ha estado permanente. Y ha estado en una lucha permanente. Por eso, esta ola reaccionaria va a fracasar, nunca va a triunfar definitivamente, porque la nuestra tampoco triunfa definitivamente. Creíamos que luchábamos por el poder, en realidad nuestra lucha es por mejorar el contenido de esa herencia que se llama civilización.”

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