Un aplauso para el llorador

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El G20 terminó y “el mundo sigue andando”. La foto más recordada de este álbum será la de Macri emocionado en la fiesta de gala del teatro Colón. Alguien debería aclarar por qué lloró como una heroína de telenovela. Nadie puede decir que los gases de Gendarmería provocaron su llanto, porque esta vez no hubo. Las manifestaciones contra el G20 fueron en paz, sin pintadas, piedras ni destrozos, lo que demuestra que la violencia se “infiltra” cuando los amarillos quieren.

El G20 terminó y “el mundo sigue andando”. Lo más escuchado en estos días fue el latiguillo del mundo complejo. ¿Cuándo no lo ha sido? Más aún si los participantes son los pergeñadores de la tan cacareada complejidad, con bombas, depredaciones y el empeño de profundizar la desigualdad. Quien espere que este tenso cumple de 15 modifique el escenario global quedará enredado en las telarañas de la ingenuidad. Si ninguno de los mandatarios presentes puede resolver los problemas de sus países, ¿no es absurdo aguardar algo bueno de esta pantomima? ¿Qué puede enseñar Donald Trump, con un déficit que alcanza el 10 por ciento y una pobreza monstruosa? ¿O Emmanuel Macron, que enfrenta una revuelta envidiable por el aumento de los combustibles? Y ni hablar del anfitrión que, entre desplantes, papelones y súplicas, se sintió en la gloria por ser el mayordomo de los conquistadores. El sueño de pertenecer al Mundo terminó y es momento de continuar con la pesadilla que el Cambio desplegó por estas tierras.

El anecdotario es extenso y podrá nutrir cuantiosas comedias de enredos. Desde los derrapes políglotas de la Vice Michetti hasta el sospechoso mal funcionamiento del Wifi en los espacios destinados a la prensa; desde el cipayo embelesamiento de los voceros mediáticos hasta “los chinos son todos iguales”; desde la discriminatoria expulsión de los ciudadanos en situación de calle hasta la comparación con el Mundial ’78 de Hernán Lombardi. Hasta las amenazas de la ministra de in-Seguridad, Patricia Bullrich, que habilitó a los policías para usar balas de plomo quedarán para la historia de la Revolución de la Alegría.

Sin embargo, la foto más recordada de este álbum será la de Macri emocionado en la fiesta de gala del teatro Colón. Alguien debería aclarar por qué lloró como una heroína de telenovela, si fue por el desmesurado kitsch de la obra Argentum, por el video del país que está destruyendo o porque su asesor de imagen incorporó un gotero con jugo de cebolla a su vestuario. Algunos dicen que el hielo de su corazón se está derritiendo, pero no hay pruebas científicas que confirmen esa versión. Nadie puede decir que los gases de Gendarmería provocaron su llanto, porque esta vez no hubo. Las manifestaciones contra el G20 fueron en paz, sin pintadas, piedras ni destrozos, lo que demuestra que la violencia se “infiltra” cuando los amarillos quieren.

Sobran los motivos

Lo cierto es que Macri lloró y todos lo vimos. Tal vez ‘los buenos augurios’ de Christine Lagarde motivaron esa catarata de llanto. Que la directora del FMI celebre “el compromiso de Macri por reforzar la economía argentina”, aunque todo se esté yendo a pique, hace llorar a cualquiera. Quizá el diálogo “franco, en un clima positivo” mantenido con la primera ministra británica, Theresa May, conmovió al empresidente, aunque ni hayan mencionado la soberanía de Malvinas.

Muchas cosas pudieron ocasionar el llanto del Gerente, menos el deterioro que está provocando en gran parte de la población. Mientras él se preocupa por “nuestra gente”, el poder adquisitivo de trabajadores y jubilados pierde por goleada ante la escalada de los precios. Mientras preside el encuentro de los países más desarrollados, el cierre de fábricas y negocios es la postal cotidiana. Pero él no llora por eso, ni por las víctimas de la violencia policial o del abandono del Estado. Tampoco por la descripción poco amable –pero certera- que The New York Times realizó de Macrilandia. Quizá saboree de manera anticipada el triunfo de Boca en las tierras del “querido rey” o la emoción sea fruto de los negocios que hará con sus empresas cuando lleguen las inversiones tantas veces prometidas.

Como sea, Macri lloró porque todos gritaban “Argentina, Argentina” y él se sintió como un goleador de la Selección. A pesar de las mentiras mediáticas que lo condujeron a La Rosada SA, de las promesas incumplidas, de la Pesada Herencia que dejará se emociona porque la élite que asistió al Colón lo ve como un héroe, como un titán que combate el populismo a fuerza de doblegar las instituciones, como un líder artificial que pisotea los valores para imponer los intereses de una clase a la que no pertenece.

Macri se emociona porque los dueños del mundo ven cómo ejecuta la venganza encarcelando opositores y eliminando a la competencia gracias a jueces cómplices; porque logra construir enemigos a la medida de sus necesidades marketineras; porque logra imponer sus patrañas como verdad con la parafernalia mediática que compra con el dinero de todos.

Macri se emociona porque el juez federal de Rawson, Gustavo Lleral congeló a Santiago Maldonado en un río helado, “como Walt Disney”, en el maldecir de Carrió. En la antesala del G20, el magistrado tranquilizó los espíritus organizadores con un fallo tan sumiso como obsceno. Tan exageradamente funcional al relato amarillo que está redactado para recibir el rechazo de las instancias superiores. Tan servil que elimina la violencia estatal de un operativo ilegal en el Pu Lof Cushamen, donde irrumpieron sin orden judicial a cazar mapuches y secuestrar y destruir sus bienes.

Macri se emociona en el Colón porque “nadie fue penalmente responsable” de la muerte de Santiago, a pesar de estar rodeado de gendarmes a orillas del Chubut, de no más de un metro de profundidad. Macri se enternece porque su cuerpo fue hallado en un lugar que había sido registrado seis veces y 600 metros río arriba de donde se lo vio vivo por última vez. El empresidente lagrimea porque una “sumatoria de incidencias” terminó con su vida y “él solo, sin que nadie lo notara, se hundió”. Una novela muy PRO que lo libera de una culpa más y que habilita el exterminio de cualquiera que se oponga a sus planes vampíricos.

Una pieza literaria que inspira a la Bullrich para que escriba un tuit memorable: “la verdad le ganó al relato”. Justo ella habla de relato, la que defendió a los efectivos con uñas y dientes para no “arrojarlos por la ventana”, la que mintió descaradamente ante los miembros del Congreso, la que ubicó a Santiago en los puntos geográficos más delirantes sugeridos por los voceros del establishment.

¿Cómo no va a emocionarse tanto el Ingeniero, si está a punto de cumplir tres años de su infausto gobierno? ¿Cómo no va a llorar, si con su incapacidad para representar a un pueblo logró conquistar las urnas y mantenerse en la presidencia a pesar de los pésimos resultados de sus medidas? ¿Cómo no va a estar conmovido, si las calles no se pueblan para exigir su renuncia por los daños que está produciendo? Así cualquiera se emociona, aunque tenga que oler cebolla o pellizcar una parte sensible para destilar alguna lágrima. Pero hay lágrimas más reales que harán naufragar su cinismo cuando la mayoría convierta su llanto en la voluntad necesaria de transformar esta realidad que provoca dolor en serio.

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