Un mundo sin viejos

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Christine Lagarde, directora del FMI declaró recientemente que “había que hacer algo urgente y tajante con los adultos mayores porque iban en camino de convertirse en un problema superlativo” dada la extensión de la expectativa de vida. Quizás la opción para ella sea emular a ciertas comunidades esquimales, donde, ante la imposibilidad de contribuir al sustento de la familia, y sirviendo los viejos tan sólo para comer, son abandonados a su suerte en las nevadas estepas en espera del momento final.

Recientemente Christine Lagarde, una abogada francesa de sesenta y tres años, designada en 2009 por la revista Forbes como la decimoséptima mujer más poderosa del mundo aconsejó, desde sus roles de Directora Gerente del FMI y copropietaria del universo, sus bienes, sus habitantes y afines, que “había que hacer algo urgente y tajante con los adultos mayores porque iban en camino de convertirse en un problema superlativo” dada la extensión de la expectativa de vida.

Antes de abocarme de lleno a la señora Lagarde y sus dichos, quiero refrescar un poco la memoria refiriéndome a sus dos antecesores inmediatos en el cargo.

En un momento determinado del pasado reciente de la historia del organismo, el propio FMI se negó a aclarar la detención de quien fuera su máximo directivo entre 2004 y 2007, el español Rodrigo Rato, a la sazón vicepresidente del gobierno español, detenido bajo los cargos de fraude, blanqueo de capitales y alzamiento de recursos.

Luego, seguidamente, su sucesor (al igual que la señora Lagarde también francés) Dominique Strauss-Kahn, sufrió una grave acusación de índole sexual por parte de una empleada de un hotel de Nueva York, de la que fue –naturalmente- absuelto.

A su turno, ya dentro del ciclo Lagarde, la misma es investigada por una corte francesa a raíz del papel desempeñado (durante la presidencia de Nicolás Sarkozy) en un arbitraje a favor de un importantísimo empresario parisino por 403 millones de euros, indagación que concluyó en 2016 con la “liberación” de todas las imputaciones en su contra pero aconsejando, a su vez, que tal hecho figure en su historial profesional “dada su estatura política y su contribución en la resolución de graves crisis mundiales”.

La exposición de tales sucesos, fue al efecto de mostrar cómo un ínfimo puñado de habitantes del planeta, viven vidas infinitamente diferentes a los millones de millones de gentes de “a pie” para lo cual –no solamente- se crean los organismos necesarios a tales efectos sino que, de paso, suelen presidirlos.

No le debe escapar a la benemérita funcionaria, que muchísimos de los que ella designa como “problema mayúsculo”, arribaron a tal condición luego de décadas de trabajo, generalmente míseramente recompensadas, en condiciones de explotación, carentes de coberturas sociales, bajo dictaduras civiles o militares (como acontece ahora con Argentina y Brasil “socios del Fondo”) y recibiendo como jubilación sumas indignas.

Esos “problemas”, a lo largo de sus vidas, fueron médicos, obreros, agricultores, aportaron esfuerzos, conocimientos, siendo permanentemente exhortados, por empresas o empresarios amigos del poder, a través de publicidades engañosas o falsos periodistas, a consumir “tal producto que va a prolongar tu vida, comprar tales aparatos que van a elastizar el cuerpo o a hacerte ESA cirugía que te va a rejuvenecer” para luego, a la hora del fatal ocaso, descartarlos ya que han dejado de ser útilmente rentables (salvo para las funerarias).

Tampoco debe desconocer que aportaron por décadas a un sistema jubilatorio (sumas no siempre depositadas por los empleadores), que fueron engañados por las famosas AFJP o como hayan sido designadas a nivel mundial, consumieron, viajaron, en definitiva, hicieron lo suficiente para no ser imaginados como una carga o un estigma para el Estado.

Últimamente, con toda razón, se instaló en la sociedad el tema del quebrantamiento de derechos o arbitrariedades sobre ciertos grupos, pero nadie se inmuta por las violaciones que a diario sufren quienes salen de la farmacia sin sus medicinas, reducen sus comidas, visten ropas miserables, revuelven la basura, no pagan servicios ni impuestos, están generalmente desdentados y que sobreviven de la ayuda que pueda brindarle algún familiar, de la caridad vecinal, municipal o de algún comedor comunitario, vicisitudes por las que no creo haya transitado jamás la señora Lagarde.

Dado la vastedad y la complejidad del tema, y al haberlo desarrollado moderadamente, quiero ponerle punto final a la nota con dos ejemplos. En Japón, (a diferencia de los cuidados que reciben los ancianos en África), ha aparecido recientemente un nuevo tipo de delincuencia conformada por individuos –generalmente- mayores de 60 años y que se hacen encarcelar tras cometer pequeños hurtos en tiendas y comercios, siendo precisamente ese su objetivo final: estar en un sitio que les brinde casa, comida, luz, agua y acompañamiento pero… a cambio de la libertad.

Si bien no se le puede restar a tales decisiones su cuota de dramaticidad, no es comparable con la actitud adoptada por ciertas comunidades esquimales, donde, ante la imposibilidad de contribuir al sustento de los miembros más jóvenes de la familia, y sirviendo los viejos tan sólo para comer, son abandonados a su suerte en las nevadas estepas en espera del momento final.

Bueno sería recomendarle a la ya sexagenaria señora Christine Lagarde, que vaya pensando en tomar algo sin pasar por facturación por ejemplo en alguna joyería famosa de París que bien podría ser Boucheron, Scherlé o Cartier o alguna casa de alta costura como Coco Chanel, Christian Dior, Yves Saint Laurent o vacacionar –por citar un sitio- en Groenlandia a efectos de ir acostumbrándose (o no) a la rigurosa temperatura.-

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