Una espiral de desastres

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Para no reconocer que el gobierno amarillo opera para deteriorar nuestro bienestar hay que ser muy fanático. Una economía atada al dólar e integrada al peor mundo no puede ocasionar otra cosa. Un modelo que transfiere recursos de los que menos tienen hacia los que más tienen no provoca más que empobrecimiento. Un plan de negociados que involucran millones sin producir nada no derrama más que miseria. Un candidato que aseguró bajar la inflación en dos minutos y que al cabo de dos años y medio de medidas inflacionarias la llevó a casi 35 por ciento debería reconocer su incapacidad. O la pésima intención de empeorar todo.

Las discusiones cotidianas cada vez se tornan más tensas entre los que siguen aplaudiendo al Gran Equipo sin saber muy bien por qué y los que ya consideramos que esto es una hecatombe histórica. Los colonizados se trepan a la mala broma de los flanes mientras la asistencia a los comedores comunitarios crece de manera alarmante. Aunque miren con preocupación cuánto se llevan de sus ingresos las facturas de los servicios públicos y el vacío que deja en la billetera llenar el tanque del coche, siguen pensando que esto es mejor que lo anterior. Aunque consideren pedir un préstamo para tener una heladera surtida o planear unas vacaciones más modestas, el orgullo de haber optado por el Cambio entorpece hasta los razonamientos más simples.

Tan obnubilados que creen que las cosas se enderezarán en este enredado sendero, que de golpe aparecerá la bonanza y el neoliberalismo más bestial endulzará la vida con su beatífica miel. Tanto, que convencerlos de lo contrario nos puede arruinar la mañana. Más aún cuando alguien, en una charla ocasional, sugiere con picardía que el PBI que se robaron los K debe estar escondido en el ARSAT. Ni por su peso ni por su volumen pueden entrar los más de 500 mil millones de dólares de un PBI en un satélite de dimensiones similares a un dormitorio y que no alcanza las tres toneladas. Además, ¿quién sería tan tonto de esconder semejante botín en un aparato que se autodestruye sin poder recuperar nada?

Para ocultar dinero ilícito no hay que recurrir a tecnología espacial ni artilugios arquitectónicos, pues con las guaridas fiscales basta y sobra. Los PRO pueden dar cátedra sobre eso, ya que sus nombres abundan en las filtraciones de Panamá, Bahamas y demás paraísos fiscales. Como ningún kirchnerista aparece como titular de cuentas off shore, esperan que una bóveda o un par de bolsos fundamente los prejuicios que orientaron su voto. Mientras aguardan en vano tal novedad, se consuelan con la persecución política, los mecanismos medievales de desesperación judicial y la salvaje destrucción de símbolos.

El caso más obsceno es el de la estatua de Morón, que ilustra los tres tópicos mencionados: el acoso, la condena y la aniquilación. Después de la decisión municipal de retirar el busto de Néstor Kirchner de la plaza, el intendente convocó a la policía para impedir el homenaje que muchos ciudadanos hacen en el lugar con flores y cartas. La prepotencia de los que no hacen nada para mejorar la vida de la mayoría no puede borrar el recuerdo de los que sí lo hicieron.

La espalda para el pueblo

Para no reconocer que el gobierno amarillo opera para deteriorar nuestro bienestar hay que ser muy fanático. Una economía atada al dólar e integrada al peor mundo no puede ocasionar otra cosa. Un modelo que transfiere recursos de los que menos tienen hacia los que más tienen no provoca más que empobrecimiento. Un plan de negociados que involucran millones sin producir nada no derrama más que miseria. Un candidato que aseguró bajar la inflación en dos minutos y que al cabo de dos años y medio de medidas inflacionarias la llevó a casi 35 por ciento debería reconocer su incapacidad. O la pésima intención de empeorar todo.

Mientras tanto, la mayoría que padece la impiedad de un plan que no está pensado para ella debe escuchar al empresidente Macri que suplica a los especuladores que dejen de comprar dólares. En un mensaje desesperado, anunció un nuevo acuerdo con el FMI para un desembolso que sólo alimentará la fuga de divisas, que supera los 52 mil millones de dólares. Tanto el Ingeniero como los analistas incluyen en la escena la idea de “la confianza de los mercados” que “le dieron la espalda”. Eso que llaman ‘Mercado’ no hace más que jugar al único juego que sabe con las herramientas que el Gran Equipo habilitó desde el inicio de La Revolución de la Alegría. El resultado era previsible: ante un mandatario suplicante, un dólar imparable.

Mientras no frene el drenaje ocasionado por el descontrol cambiario, la importación desbocada, la exportación angurrienta y la acumulación de utilidades en el exterior, la inestabilidad económica y el riesgo país seguirán estando entre nosotros. La ‘Libertad de Mercado’ es el libertinaje de las corporaciones especulativas y no produce más que opresión y miseria para el pueblo. Y el candidato que prometió Pobreza Cero, anuncia nuevos ajustes fiscales que no solucionarán los problemas del frente externo y empeorarán la realidad interna.

Ante un panorama tan calamitoso, una respuesta tardía comienza a articularse. Las organizaciones sociales y los desempleados hace tiempo que reclaman un socorro ante la acuciante situación de los más vulnerables. Ahora se suman los trabajadores de la Educación, que claman por una recomposición salarial que alcance para hacer frente a la inalcanzable canasta familiar. Mientras la inflación promete superar el 35 por ciento, el oficialismo sólo ofrece un mísero 15 y más estigmatización con eso de la alianza kirchnerotroskista, una tontuela etiqueta que sólo puede agradar a los odiadores empecinados. A todo esto se suman las CTA y la CGT que convocaron a una marcha y paro general para finales de septiembre. Una protesta bienvenida, aunque debería ser mucho antes porque este desastre ya no merece tanta tregua.

Si el Mercado le da la espalda a una gestión que ha hecho todo para satisfacer su avidez, ¿qué debería darle el resto de la población, acosado por tarifazos y una dolarización de todo menos de los salarios? Este breve período de la historia será recordado por la excesiva paciencia ante una receta que tiene el objetivo de desigualar de la peor manera, ante una banda de egoístas que supo aprovechar la incomprensión de una porción del electorado que se dejó llevar de la nariz hacia el iceberg más duro y previsible.

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